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14/04/2005 | Lecciones de Juan Pablo II Magno - La moral, la cultura y la prensa

Martiniano Alcocer Álvarez

La moral, como el trapío de los toros, todo el mundo sabe qué es, pero pocos aciertan a la hora de definirla. Recientemente (D. de Y., 10/abril/2005), George Weigel, biógrafo de Juan Pablo II Magno, en entrevista con la agencia Zenit, nos planteó que la gran contribución del difunto Pontífice en el ámbito internacional fue recordarnos que “los asuntos mundiales no pueden eximirse de un atento examen desde el punto de vista del juicio moral”.

 

El Santo Papa —su santidad de vida está fuera de discusión y si alguien lo dudara sólo tendría que leer su impresionante testamento—, uno de los hombres paradójicamente más poderosos de su tiempo a despecho de su minúsculo poderío militar y económico, se convirtió durante su largo pontificado en “una referencia mundial unipersonal para el mundo entero”.

A jefes de Estado, reyes, dictadores, católicos, protestantes, islamistas y mahometanos, a todos por igual, les recordó con su ejemplo, su palabra y su vida que “nada humano queda fuera de los límites de la razón moral, ni siquiera los asuntos políticos entre estados”. Nosotros agregaríamos, pensando en México, que tampoco pueden escapar a ese juicio moral los asuntos “intraestados”.

Los hombres de fe, y quienes para mala fortuna, por avatares de la vida que no viene al caso exponer ahora, la hemos perdido o nunca la hemos tenido, tienen un espejo en la actuación dentro de la Iglesia y como estadista de Juan Pablo II.

Toda su larga existencia, desde la pequeña parroquia polaca en la que inició su ministerio hasta el Trono de Pedro, es un juicio moral para el mundo.

Individuos, instituciones, corporaciones empresariales, gobiernos, sociedades pías y de las otras, el mundo entero, pueden hallar una referencia moral en ese hombre, una de las cumbres de la acción y el pensamiento humanos del siglo XX, de poderosa mente, profundo amor y avasalladora sencillez que marchó confiado al regazo de su Padre sin dejar atrás ningún bien material.

Por ello, a despecho de definiciones —en cuya elaboración racional nunca habrá un acuerdo unánime—, quien quiera saber qué es la moral mire la vida de Juan Pablo II.

Quien quiera —sea un hombre o una nación— que pretenda medir con la vara de la humanidad sus logros, sus proyectos y su actuación, conozca el legado de este Magno santo y sabio que desde la grandeza de su debilidad hizo caer sistemas políticos y transformó la visión anquilosada de una Iglesia que caminaba sobre la historia con paso de elefante reumático.

Un hombre que sin transigir en lo esencial, sin falsas posturas redentoristas, sin poses de liberador de oprimidos ni escandalosas posturas dizque progresistas, supo poner a la Iglesia a la altura de los tiempos.

Un hombre que, entre otras muchas cosas, con su muerte también puso al descubierto la ignorancia —en éste y otros temas, incluido el del idioma, en el cual deberían ser maestros—, de muchos periodistas y “comunicadores”, como ahora pomposamente se llaman algunos, no sólo en las cosas de la Iglesia sino en los de la cultura más elemental.

Así hemos visto en estos últimos días cómo, adoptando poses de expertos que no admiten réplica, reporteros de prensa, locutores de radio y televisión avanzan conjeturas sobre quién será el próximo papa y si, entre sus proyectos, tendría en mente suavizar las leyes del divorcio, despenalizar el aborto, dar vía libre al uso del condón o los anticonceptivos, bendecir las investigaciones sobre el genoma humano, la clonación y el uso de embriones con fines terapéuticos.

O también haciendo cábalas sobre si el sucesor de Juan Pablo II será negro o latino, si será un continuador de su obra, si alcanzará a llenar las sandalias que deja el difunto papa.

Todo lo cual sólo revela gran ignorancia de la historia y la doctrina de la Iglesia, una institución que, a pesar de los católicos en muchas ocasiones —lo cual incluye a sus jerarcas y a los fieles de a pie— y de borrascosos episodios, ha sobrevivido a los siglos y a sus propios humanos errores y vicios, gracias a una misteriosa fuerza interior que ha sabido dar luz a los electores para escoger a quien pueda llevarla a cumplir su misión en el aquí y el ahora de la humanidad de cada siglo. Y esto no es de ningún modo una cuestión de fe, sino que está documentado y es evidente para quien conozca aunque sea por encima la vida de la Iglesia desde el momento de su fundación hasta este día.

Los hombres de hoy, incluidos quienes tienen el don de la fe y quienes carecemos de ella, estadistas y personas comunes, tendremos que meditar pausadamente en la riqueza documental heredada de Juan Pablo II, en su vasta creación filosófica y su acción política si queremos conservar la humanidad en este mundo cada vez más inclinado a los bienes materiales, a la adoración del mercado y a olvidar que “el hombre es la medida de todo”.

Y los periodistas haríamos bien en estudiar un poco más la historia de la Iglesia, sus ritos, su bagaje cultural y ocuparnos menos en cálculos políticos —que quizá, es cierto, existen en algunas mentes vestidas de púrpura— y no olvidar aquella máxima: “Quien entra papa (al cónclave) sale cardenal”.— Mérida, Yucatán.

malcocer@dy.sureste.com

Yucat (México)

 


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