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19/04/2005 | La mitología de Oriente Medio

Caroline Glick

Que el rechazo a Israel forma aún una base sólida de la unidad árabe e islámica quedó claro una vez más en una conferencia de Malasia de la semana pasada, dedicada a “la paz en Palestina”. La conferencia se dio un impulso psicológico invitando a cinco israelíes antiisraelíes y a cinco activistas judíos a participar en los prolegómenos

 

El martes pasado fue publicado el Informe de Desarrollo Humano Árabe 2004 de la ONU. El informe coloca una gran parte de la culpa de la falta de progreso económico y ausencia de libertad política en el mundo árabe en la creación de Israel en 1948 y el continuo apoyo norteamericano a la existencia continuada de Israel, así como a la presencia militar de Estados Unidos en Irak.

Las conclusiones del informe acerca de Israel y Estados Unidos fueron rechazadas inmediatamente por Estados Unidos e Israel. Greg Sullivan, el portavoz de la Oficina de Oriente Próximo del Departamento de Estado de Estados Unidos declaró “creemos que echar la culpa a Israel de los problemas y desafíos que encara el mundo árabe es erróneo”.

Marque Regev, el portavoz del Ministerio de Exteriores, fue igualmente claro, “durante mucho tiempo, mucha gente del mundo árabe ha utilizado a Israel como excusa para justificar el comportamiento que no se puede justificar. Israel no puede ser la causa de que no puedas celebrar elecciones democráticas, ni de que no puedas dar los mismos derechos a las mujeres en Arabia Saudí. Esto por supuesto está fuera de toda duda”.

Las denuncias norteamericanas e israelíes del informe eran, por supuesto, enteramente razonables. La noción de que 300 millones de árabes viven bajo opresión porque 5 millones de judíos en Israel viven en libertad y América apoye su derecho a vivir en libertad es patentemente demente. De igual manera, es simplemente ilusorio creer que 300 millones de árabes estén tan doblegados por el hecho de que 2,3 millones de árabes palestinos tengan presuntamente sus libertades contenidas por Israel, como para aceptar el derecho de sus regímenes a esclavizarlos y empobrecerlos económica y espiritualmente.

Pero la mayor ironía que sale a la superficie del informe UNDP es que a pesar de la capacidad de los gobiernos tanto norteamericano como israelí de diferenciar entre chispeos y tormenta, a la hora de la verdad, tanto Israel como Estados Unidos basan sus políticas hacia los palestinos y el mundo árabe en general específicamente en el hecho de una internacionalización de las ridículas afirmaciones del UNDP.

¿Cómo se manifiesta esto?.

La visión entre los legisladores americanos y los tipos de exteriores israelíes, ambos empujados por sus niñeras ideológicas de Europa y la izquierda internacional, se basa en dos presunciones. La primera es que el conflicto palestino contra Israel es la base del conflicto árabe israelí. La segunda es que los palestinos son débiles y los israelíes son fuertes, y que el modo de solucionar el conflicto es reforzar a los palestinos y debilitar a Israel.

La segunda presunción es lo que lleva tanto a los legisladores americanos como a las élites políticas israelíes a defender la rendición de Israel de tierra y derechos a los palestinos, y apoyar la adquisición de armamento, dinero y soberanía a los palestinos.

La primera premisa es lo que lleva tanto a Israel como a Estados Unidos a ignorar la dependencia directa del conflicto de los palestinos contra Israel del apoyo de los miembros de la Liga Árabe liderados por Egipto. Egipto, al igual que el resto del mundo árabe, nunca ha aceptado el derecho inherente de Israel a existir como estado judío de levante. Pero a lo largo de los años, el foco retórico cambió de los llamamientos abiertos a la destrucción de Israel mediante la guerra, a los llamamientos abiertos a la destrucción de Israel mediante el establecimiento de un estado palestino y la inmigración ilimitada de millones de árabes nacidos en el extranjero a Israel. Estos llamamientos son ocultados completamente por una fijación pública de una percepción de debilidad y miseria real de 2,3 millones de palestinos de Judea, Samaria y Gaza – culpando a Israel de ambas causas.

Pero la realidad sobre el terreno es enormemente distinta de la imagen pintada por los informes de la ONU, cuyas premisas básicas, aunque erróneas, conforman la base de la política norteamericana e israelí en la región. La mugre en la cual los palestinos residen se premedita por completo. Desde 1949, la Liga Árabe decidió que ningún miembro concedería ciudadanía a los árabes que abandonaron la tierra de Israel como resultado de la invasión árabe del estado judío naciente. Y así, estos desgraciados, sus hijos y nietos llevan encarcelados en campamentos de internamiento de la ONU durante casi 60 años. Cuando a comienzos de los 80, el entonces primer ministro Menachem Begin intentó desmantelar los campamentos de Samaria y Gaza y dar albergue decente y permanente a los residentes, los "refugiados" fueron alertados, bajo pena de muerte, por la dirección pan-árabe de la OLP, de rechazar las ofertas de Israel.

El motivo de esto estaba claro: si se permitía a los palestinos desarrollarse libremente, un mito nuclear, – que la soberanía judía está jalonada de pecado original – un mito creado para justificar el contínuo rechazo árabe a Israel, desaparecería. Y así sigue siendo el caso a pesar de que en los últimos diez años, la Autoridad Palestina ha recibido más ayuda internacional per cápita que cualquier autoridad nacional de la historia de la ayuda internacional, mientras los palestinos permanecen hoy en la pobreza despreciable. Más madera al fuego, el estándar de vida entró en caída libre poco después de que se estableciera la AP en 1994. Yasser Arafat y sus esfuerzos frustraron los intentos de desarrollo robando los billones que se les daban.

Que el rechazo a Israel forma aún una base sólida de la unidad árabe e islámica quedó claro una vez más en una conferencia de Malasia de la semana pasada, dedicada a “la paz en Palestina”. La conferencia se dio un impulso psicológico invitando a cinco israelíes antiisraelíes y a cinco activistas judíos a participar en los prolegómenos. Liderados por el Primer Ministro de Malasia, Abdaláh Ahmed Badawi, los participantes pidieron una campaña internacional de “apartheid anti-israelí” que exija el boicot internacional de Israel hasta que se establezca un estado árabe con capital en Jerusalén y fronteras inundadas de árabes producto de la inmigración ilimitada árabe. El hecho de que los participantes árabes y musulmanes, (y judíos) expresaran sus opiniones, aún más radicales que la retórica que emana de la AP es indicativo de que la fuente de la presión continua en favor de la prolongación indefinida del conflicto palestino contra Israel es la Liga Árabe.

Volvamos ahora a las premisas que forman la base de la política americana e israelí hacia los palestinos en particular y hacia el mundo árabe en general. Vemos que al racionalizar la visión de que el conflicto palestino es la fuente del conflicto árabe contra Israel, y de que el modo de solucionar el conflicto es dar poder a los palestinos a expensas de Israel, Israel y Estados Unidos inician políticas que distancian más que impulsan sus objetivos declarados de paz y seguridad mediante la democratización de la sociedad palestina y del mundo árabe a lo grande. Esto se debe a que las propias directrices no están sólo equivocadas, sino que son diametralmente opuestas a los hechos sobre el terreno.

Estos hechos son que el conflicto palestino contra Israel es en gran medida el resultado directo del rechazo árabe al derecho de Israel a existir. Y el debilitamiento de Israel, al reforzar a los palestinos o mediante cualquier otro modo, no impulsa ninguno de los otros objetivos.

La fuerza árabe reside en el control de las mayores reservas de crudo del mundo; las irredentes comunidades árabes inmigrantes por todo Occidente y por Europa en particular exigen que sus gobiernos receptores adopten políticas estridentemente antiisraelíes o afronten la violencia y la inestabilidad en casa o en los mercados de petróleo; y en el terrorismo y el militarismo árabe islámico, que es financiado en el mundo árabe autoritario del petróleo.

El hecho de que más que la debilidad palestina, lo que alimenta el conflicto es el poder árabe queda manifiesto en la política europea en Oriente Medio. Como deja tan claro como el cristal Bat Ye'or, la destacada académica especialista en ideología de la jihad y política euro-árabe en su nuevo libro Eurabia: El Eje Euro-Árabe, el progresivo abandono por parte de Europa occidental de su apoyo primigenio a Israel, no llegó en la víspera de la sorprendente victoria de Israel en la Guerra de los Seis Días de 1967, sino como consecuencia del embargo petrolero de la OPEC en 1973.

Fue el ataque pan-árabe concertado contra las economías de Europa Occidental en 1973, no la adquisición de territorio en 1967, lo que causó que Europa abrazara la causa de los palestinos. Y es el poder de los votantes inmigrantes y de los activistas blandido contra el electorado europeo y la amenaza de violencia enarbolada por los terroristas árabes lo que garantiza que año tras año, sin importar la brutalidad de la retórica y la violencia árabes, los europeos continúen fieles a la ideología de la criminalidad israelí y el victimismo palestino.

Los legisladores americanos e israelíes por igual han afirmado repetidamente que al reforzar al líder de la AP, Mahmoud Abbás, él ganará legitimidad entre los palestinos para moverse a continuación hacia la paz con Israel. También afirman que tras la eliminación planeada de sus fuerzas por parte de Israel y la expulsión de sus ciudadanos del norte de Samaria y Gaza este verano, la AP se consolidará, y como resultado, las oportunidades de paz se incrementarán.

Una vez más, los hechos sobre el terreno dejan esta visión por mentirosa. Al final del verano, sin duda, los precios del crudo saltarán del margen de los 60 dólares por barril. Egipto tendrá dos pelotones desplegados en la frontera de la península del Sinaí. Israel, despertando de sus heridas auto inflingidas y lastrando el extraordinario peso económico, político y social de asentar a miles de refugiados israelíes, estará más débil, y en consecuencia, menos capaz de mostrar la voluntad y la capacidad de parar los pies a más atentados terroristas. Finalmente, no hay motivo para asumir que Abbás, que ha dedicado la mayor parte de este tiempo a reemplazar a Arafat a la hora de mimar a los terroristas y ganarse el favor de sus estados patrocinadores, no tendrá ninguna prisa por mejorar la situación de las áreas palestinas. De hecho, de nuevo, impulsar la fortuna política y económica es antitético para los intereses de la OLP y del mundo árabe.

Dado el hecho de que tanto el gobierno americano como el israelí basan sus políticas en las mismas falsas premisas que forman el informe UNDP que tanta prisa se dieron en rechazar, quizá la verdadera cuestión sea, ¿por qué molestarse?. Y la segunda pregunta es, ¿son aún capaces de diferenciar entre chispeo y tormenta, cuando adoptan las políticas que reflejan lo contrario?.

El Reloj (Israel)

 


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