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17/05/2010 | Colombia - Antanas Mockus:´A las FARC les va a ir mejor con Uribe que conmigo´

Víctor Flores García

El candidato a la presidencia de Colombia por el Partido Verde, sin recursos publicitarios onerosos y con apoyos logrados en las redes sociales de internet, pone en aprietos a la vieja política.

 

Debutaron como “los tres tenores”, pero ninguno de ellos canta ni baila: los tres ex alcaldes que le devolvieron la vida a la capital colombiana fueron el filósofo Antanas Mockus, el sindicalista Lucho Garzón y el liberal pro empresarial Enrique Peñalosa. Ellos disputaron la candidatura verde a la presidencia de Colombia en una original campaña primaria: dulce, amigable, dedicada al elogio mutuo y no a la confrontación. Cuando apenas rozaban 10 por ciento de preferencias, en marzo pasado, el recuerdo de los episodios chuscos y hasta bochornosos que ha protagonizado Mockus, trajo de nuevo la mofa y éstos fueron rebautizados como “los tres chiflados”.

Así, nadie los tomaba en serio hasta que Lucho convenció a Mockus de que “juntos podemos más”, y le pidió que se pusiera al frente del trío, que había sumado casi dos millones de votos en una elección interna; éste convocó a otro ex alcalde —Sergio Fajardo, famoso por haber pacificado la capital del narcotráfico, Medellín— quien contuvo su vanidad y aceptó ser el número dos en la fórmula. Se convirtieron así en “los cuatro fantásticos”, desatando una marea verde que podría convertirse en un tsunami para la política tradicional colombiana.

Hace dos meses, cuando las elecciones del 30 de mayo parecían lejanas en la corta campaña presidencial colombiana, las apuestas de los analistas oscilaban entre Juan Manuel Santos —delfín del presidente Álvaro Uribe—, y Noemí Sanín, del opositor Partido Conservador, la mujer que hace una década dio la sorpresa en las elecciones al lograr tres millones de votos, casi la mitad de los obtenidos por el triunfador Uribe, pero que ahora aparece relegada y desgastada.

El mundo apenas se recuperaba de la sorpresa del fallo de la Corte Constitucional que prohibía al hombre más popular de Colombia, el correoso presidente de espejuelos y baja estatura, buscar la reelección por un tercer mandato consecutivo. La independencia del poder judicial dejaba de ser un mito en Colombia y cobraba una dramática realidad con lo sucedido a Uribe. En una tersa respuesta, el ambicioso mandatario aceptó el fallo, se hizo a un lado, pasó la estafeta a Santos y se esfumó de la escena nacional. Nadie habla más en Colombia de Uribe, estandarte del oficialismo, sino de su ministro de Defensa, un graduado de la London School of Economics que cobró notoriedad al comandar la operación de engaño a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en la que se liberó a la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt junto con tres agentes antidrogas estadunidenses y otros rehenes de la guerrilla.

LA SEDUCCIÓN DE LA IRREVERENCIA

Aurelijus Rutenis Antanas Mockus Sivickas llegó al mundo en 1952, en Bogotá, como hijo de una pareja de expatriados lituanos que huían de la expansión soviética. Ella era escultora y él un ingeniero, ambos le enseñaron a hablar la lengua de Lituania antes que el español... y a andar en bicicleta, “el símbolo de la individualidad”. Su melancólica madre, Nijole, le enseñó a llorar sin pudor, “porque —dice— en un mundo sin emociones la vida sería demasiado gris”. Y así lo hace de adulto, sin tomarse en serio, como cuando se casó en un circo montado en un elefante y se fotografió en una jaula con felinos.

Su expresividad le ha costado caro, pero lo volvió una celebridad: siendo rector de la Universidad Nacional de Colombia, Mockus trató de dirigirse a la asamblea de unos 500 estudiantes en huelga que le impedían hablar. Impaciente, el señor rector hizo callar el bullicio estudiantil cuando dio la espalda, se bajó los pantalones y se inclinó mostrando al auditorio algo más que sus nalgas: “La lección académica —dijo— era que si no utilizamos el mismo lenguaje no nos podemos comunicar”.

La escena del rector de la “máxima casa de estudios” en un templo del campus, el histórico Auditorio León de Greiff, fue captada por una cámara y el video fue repetido en cámara lenta una y otra vez en la televisión nacional colombiana aquella noche de octubre de 1993. La ocurrencia le costó el cargo, renunció; pero lo hizo tan popular que fue electo alcalde de Bogotá en la siguiente elección. Una vez al frente de la capital de un país violento, convocó al desahogo con una extraña campaña de “vacunación”, que consistía en pinchar un globo con la cara de alguien que le hubiera hecho daño al pinchador. Cerca de 45 mil bogotanos lo siguieron. Luego, despidió a tres mil 500 agentes de tránsito y los reemplazó por mimos para que pusieran orden en el tráfico de la capital colombiana, argumentando que sus compatriotas temen más al ridículo que al castigo. Y funcionó. Otra vez señaló a la educación, o a su ausencia, como clave del desastre nacional, cuando inventó la “noche de las mujeres”, en la que los bares no podían atender a los hombres: esa noche de la semana la capital se volvía menos violenta.

LA CAMPAÑA MÁS DIVERTIDA DE LATINOAMÉRICA

No es la primera vez que lo intenta. Ya en una ocasión dejó la alcaldía para buscar la presidencia y fracasó. Regresó luego, juntando sus manos en señal de arrepentimiento bajo una pancarta que decía: “Pido perdón, permítanme reparar”. Para “purificarse”, se hizo una “limpia” y se bañó con traje y corbata en una fuente bogotana. Lo dieron por muerto otra vez, pero se vistió de súper héroe estilo Chespirito; los electores lo perdonaron y lo volvieron a elegir en su ciudad.

Las encuestas de finales de abril lo colocaron adelante del ex ministro Santos, y todas las apuestas lo ponen en la segunda vuelta para desafiar a la vieja clase política. El más sorprendido parecía ser Santos, quien a un mes de los comicios cambió su lema, su color y hasta su equipo de campaña para ponerlo en manos del asesor venezolano Juan José Rendón, temido por sus campañas negras. Entre los corresponsales hay consenso en que Mockus tiene la campaña electoral más sorpresiva y divertida de la última década en Latinoamérica, sobre todo si se le compara con las convencionales campañas mexicanas.

Sin recursos, basado en las redes sociales de internet como Facebook y Youtube, a pura imaginación y creatividad colectiva, “los cuatro fantásticos” instalaron su cuarto de guerra en el modesto comedor bajo la biblioteca del filósofo, y a golpe de bromas idearon renovar la antigua sabiduría popular del “uno para todos y todos para uno” de Los tres mosqueteros y D’Artagnan, por un lema que no sólo se grita, sino se susurra, se pasa de boca en boca o se dice suave al oído: “¡La unión hace la fuerza; la unión hace la fuerza!”.

Imbatible en internet, Mockus ha reunido a casi 600 mil seguidores en la red electrónica, llegando a la lista de los 10 políticos más populares de esa red en el mundo, que encabeza Barack Obama, mientras que Santos apenas junta 33 mil y Noemí seis mil. Ahora todos en Colombia hablan del fenómeno Obama pero al estilo ético, auténtico y hasta pintoresco de Mockus, levantado sobre la ilusión del cambio. Hasta un diagnóstico de la enfermedad de Parkinson, que podría ser letal, lo catapultó. “Yo me enfermo y ellos tiemblan”, fue la nueva marca.

Con una mezcla de filósofo, profeta, predicador y cómico, Mockus practica muy poco las movilizaciones y mítines clásicos. En cambio, se apoya en las súbitas convocatorias mediante la complicidad de las redes sociales denominadas Flash-Mobs de la “marea verde”, donde sus seguidores toman por sorpresa hasta los centros comerciales donde están prohibidas las campañas. Cientos llegan para jugar a las estatuas en todos los rincones, para después mostrar su camiseta verde y ponerse a gritar, a cuchichear o a susurrar que “la unión hace la fuerza”. La creatividad de los colombianos explotó de tal manera que Mockus no tiene un emblema oficial porque son demasiados los eslóganes: Carlos Vives dejó de cantar “tengo la camisa negra” y apareció de verde bajo el lema “tengo la camisa verde”; el elenco mexicano de El Chavo del Ocho se vistió de verde; Homero Simpson se puso la barba sin bigote y los lentes del filósofo; la manzana de Nueva York dejó de ser roja y se puso verde; Los Beatles prestaron sus rostros a “los cuatro fantásticos” colombianos que volvieron a cruzar la cebra de la famosa avenida Abbey Road, con Mockus como John Lennon, y la evolución de los primates no terminó con elhomo erectus sino con el homo bicicletus.

Ya nadie duda que Antanas Mockus sacudió el mapa electoral de las grandes ciudades colombianas, como Bogotá y Medellín, y sobre todo de los colombianos educados. Su destino se juega ahora en los pequeños municipios de las zonas rurales, donde aún campea la ignorancia.

Milenio (México)

 


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