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11/07/2010 | Jornadas damascenas

Juan Goytisolo

Obama parece haber comprendido que Siria es un peón indispensable en el complicado juego de ajedrez que puede conducir algún día a una paz justa en la zona.

 

Al solicitar el visado de la República Árabe de Siria el pasado mes de mayo, rellené el formulario que me entregaron en el consulado y firmé la casilla en la que afirmaba que mis respuestas y datos se ajustaban estrictamente a la verdad. A la pregunta de si había visitado los Territorios Ocupados de Palestina -léase Israel- respondí con un sí, pero el amable funcionario que tramitaba mi entrada la tachó y dijo que mi respuesta debía ser negativa. Le expliqué que había ido tres veces a Gaza y Cisjordania: primero con el equipo de televisión de Alquibla para filmar la primera Intifada; luego, con la acreditación de EL PAÍS, para el que escribí los seis capítulos de Ni guerra, ni paz, y por fin con el Parlamento Internacional de Escritores que en 2002 visitó en Ramala al poeta Mahmud Darwish. Pero el funcionario se mantuvo en sus trece: debía borrar el sí y poner no, sin tener en cuenta la falsedad documental en la que yo incurría.

Sabía por una triste experiencia que el sello israelí impide la entrada en Siria y en la República de los Cedros. Por dicha razón, los viajeros que recorren Oriente Próximo suelen pedir a la policía del aeropuerto de Tel Aviv que no estampen el timbre en su pasaporte. En 2002, el agente que examinaba atentamente mis visados de distintos países árabes se detuvo en la página marcada por el de la República Islámica de Irán (¡para colmo, "de cortesía"!) y estampilló el suyo con una indefinible sonrisa. El hecho no habría tenido la menor importancia de no haber recibido poco después la invitación a participar en el homenaje organizado en Beirut a mi amigo Edward Said. Aunque había prevenido a los responsables del acto que no podía asistir al mismo porque mi pasaporte era "réprobo", me aseguraron reiteradamente que en mi caso no habría problemas. Hecha la ley, hecha la trampa: un funcionario me aguardaría al pie de la escalerilla del avión y se encargaría de tramitar la entrada. La víspera del viaje telefoneé aún para cerciorarme de que todo estaba en orden. Mis huéspedes libaneses me tranquilizaron: podía emprender el periplo por Marraquech-Casablanca-Roma-Beirut sin temor. Me embarqué así confiado y, al aterrizar en la capital libanesa a las tres de la madrugada, descubrí que no me esperaba funcionario alguno. En el puesto de control de la policía, el inspector que manoseó mi pasaporte, sin atender a mis protestas y explicaciones, me forzó a reembarcarme en el mismo avión en el que había venido. ¡Veintidós horas de vuelo y aeropuertos que son el origen de mi actual avionofobia! Según me contaron luego mis frustrados anfitriones, el encargado de acogerme habría olvidado el encargo o, según otra versión, asistido a un cóctel del que salió borracho. La negativa de enfrentarse a la realidad que impide distinguir entre amigos y enemigos es algo frecuente en la mayoría de Estados árabes. El plantón de Beirut es un buen ejemplo de ello. Pero a dicho negacionismo funesto volveré más tarde.

No ha sido la primera vez que visito Siria. En otoño de 1968 cogí el llamado Toros Exprés que circulaba desde la orilla asiática de Estambul hasta Bagdad y me apeé en Alepo. El país se reponía aún del trauma provocado por la derrota de los ejércitos árabes en la Guerra de los Seis Días y la ocupación israelí de los Altos del Golán, Siria había roto sus relaciones diplomáticas con las potencias occidentales y, tras una breve visita a Damasco y una estancia de varios días en Palmira (en donde corregí el manuscrito de Don Julián que llevaba conmigo), entré en contacto a través de mis amigos de París con la resistencia palestina y proseguí el viaje a Jordania en donde entrevisté a un comandante de Al Fatah en uno de los campamentos militares asentados entonces en las proximidades del río Jordán. El texto de la interviú apareció semanas más tarde en el semanario Le Nouvel Observateur.

Desvanecido el sueño de la unidad árabe con el Egipto de Gamal Abdel Nasser, el partido nacionalista Baaz y, detrás de él, los militares controlaban ya el poder en Damasco. La amarga derrota y posterior represión de las milicias palestinas apoyadas por Siria en 1970 por el ejército del rey Hussein de Jordania -episodio magistralmente narrado por Jean Genet en Un cautivo enamorado- aupó al poder al entonces ministro de Defensa Hafez el Asad. Mi segundo viaje a Siria en compañía del conocido dibujante Siné y el periodista Pierre Demeron se realizó en el marco de una invitación oficial de su Gobierno. Recorrí así con mis colegas la casi totalidad del país, de la costa mediterránea a las llamadas "ciudades muertas" de la Alta Siria y a la presa gigante del Éufrates construida por ingenieros y técnicos soviéticos. Recuerdo que en el complejo residencial de éstos, al que nos asomamos a tomar un café, tronaba una foto gigante, no de Bréznev ¡sino de El Cordobés! Inútil decir que la inesperada afición a los toros en circunstancias tan insólitas me regocijó.

Dueño de todos los resortes del poder, Hafez el Asad miembro de la minoría alauí marginada hasta entonces por la mayoría suní, gobernó Siria con mano de hierro por espacio de treinta años. Su dictadura, bastante similar pero diametralmente opuesta a la de su enemigo Sadam Husein, actuó de forma expeditiva contra los opositores del interior. En febrero de 1982 una rebelión de los Hermanos Musulmanes en Hama fue aplastada con tanques y bombardeos aéreos a costa de arrasar el casco antiguo de la ciudad y ocasionar 25.000 víctimas. Si la prensa es un poder, la ausencia de unos medios de información libres refleja un poder todavía mayor. La noticia de lo acaecido apenas trascendió y, a través de las graves tormentas que sacudieron Oriente Próximo -invasión israelí de Líbano, agresión de Sadam Husein a la República Islámica de Irán, primera guerra del Golfo- Hafez el Asad condujo con firmeza el timón de su Gobierno hasta su fallecimiento, hace ahora diez años.

Volver a Siria después de tan larga ausencia era para mí emprender un viaje en el tiempo y descubrir los contrastes entre la memoria del pasado y la visión del presente. Según pude observar, la situación económica de la población ha mejorado notablemente. Las calles y pasajes de la Ciudad Antigua han sido remozados y, a diferencia de otras capitales árabes, no se acumulan detritos ni basuras. Las motos no obstaculizan como en Marraquech el medineo de los viandantes: su uso se reserva a los agentes de policía... Esta primera visión puede resultar engañosa y debe ser matizada. Según pude comprobar en mis conversaciones con observadores y periodistas, Bachar el Asad ha aflojado la mano y el sentimiento de opresión de décadas anteriores ha disminuido. Las actividades culturales y artísticas atraviesan una fase de mayor apertura y libertad. Los distintos componentes étnico-religiosos del país conviven pacíficamente. El pluripartidismo es de fachada y no hay libertad de prensa, pero dentro de unos límites cuidadosamente marcados se toleran las críticas. Los cibercafés son escasos y el número de internautas es bastante inferior al de Marruecos o de Turquía.

La antigua élite afrancesada y laica de hace unas décadas ha cedido paso a unas generaciones nuevas que se expresan preferentemente en inglés y asumen la creciente islamización identitaria de las sociedades musulmanas. Mi amiga Hanan Kassab-Hassan, traductora y editora de la obra teatral de Genet y actual directora de la magnífica ópera de Damasco que acoge estos días el ballet de Antonio Gades, hija de padres comunistas y defensora ardiente de la secularización de las costumbres, me comentó con tristeza que algunas jóvenes de su familia, educadas conforme al laicismo, se cubren hoy la cabeza con el hiyab.

El logro más positivo del régimen laico presidido por Bachar el Asad es la pacífica convivencia religiosa de la mayoría suní (el 60% de la población) con la rama alauí del chiismo (que actualmente copa el poder) y las demás minorías islámicas y cristianas. En la bellísima mezquita Omeya, numerosos peregrinos chiíes venidos de Irán rezan y se dan golpes de pecho en torno al mausoleo que supuestamente custodia la cabeza del imán Husein, nieto de Mahoma, martirizado en Kerbala por el Ejército del califa damasceno Muáwiya. El mismo fervor se repite alrededor del panteón que contiene la de san Juan Bautista (bueno, una de sus cabezas, según un estudioso del tema), considerado profeta por los musulmanes.

El barrio cristiano de la Ciudad Antigua, habitado por una próspera comunidad de comerciantes, aloja en su espacio a diversas ramas de la cristiandad: maronitas, armenias, ortodoxa siria, católica de rito oriental, ortodoxa griega... En el laberinto de sus callejuelas, el número de imágenes y capillitas de la Virgen supera al de las existentes en Sevilla o México. Entre las llamadas a la oración de los almuédanos se escucha con agrado el discreto repique de campanas de alguna iglesia. El desastre ocasionado por la invasión de Irak en 2002, con el subsiguiente enfrentamiento comunitario entre suníes, chiíes y kurdos, ha provocado el desplazamiento a Siria de un millón y pico de refugiados, entre ellos el de numerosos cristianos amenazados de muerte por Al Qaeda.

La inclusión de Siria por Bush en ese chapucero y estrafalario cóctel llamado Eje del Mal -en razón de su intransigencia frente a Israel por la ocupación de los Altos del Golán, de su apoyo a la milicia chií del Hezbolá y de su alianza estratégica con Irán- fue una vez más un puro disparate del peor presidente de la historia estadounidense. El actual empantanamiento del Ejército norteamericano en Irak, del que Obama trata de salir airosamente (no lo tiene fácil), y el nuevo papel de Turquía como potencia emergente en la región y como intermediario imprescindible en los distintos conflictos y rivalidades étnicorreligiosos de Oriente Próximo han dado en éste un vuelco completo a la situación y han arrinconado los planteamientos de la guerra contra el terror del Gobierno de la ultraderecha israelí y de sus aliados en Washington.

Las nuevas relaciones de amistad entre Turquía y Siria -anteriormente enfrentadas por el apoyo de ésta a la guerrilla kurda del carismático Abdulá Oçalan-; la retirada por Damasco de las fuerzas de ocupación del país de los Cedros; y el callejón sin salida del conflicto palestino-israelí a causa de la colonización imparable por Tel Aviv de Jerusalén este y Cisjordania, y del indignante apartheid impuesto a los palestinos exigen un nuevo enfoque del que dependerán la paz y la estabilidad en Oriente Próximo.

Las inflamadas bravatas de Ahmadineyad, con su negacionismo del Holocausto y de la existencia del Estado judío, y la política represiva y expoliadora de Netanyahu y de los colonos ultraortodoxos convergen en su ceguera a admitir la legalidad internacional de las fronteras del armisticio árabo-israelí de 1948 y se alimentan recíprocamente. Negar la existencia del adversario y taparse los ojos para no verlo no conduce a nada. Muy al contrario, hay que conocerlo a fondo para actuar frente a él con provecho y sagacidad. Siria no es un Estado terrorista ni la encarnación del Mal. Obama parece haber comprendido, muy al revés, que es un peón indispensable en el complicado juego de ajedrez que puede conducir algún día a una paz justa. Durante mi estancia en Damasco coincidí en la puerta del ascensor de un conocido restaurante con el ex candidato presidencial demócrata John Kerry, discretamente venido a Siria para negociar con Bachar el Asad. Ignoro, claro está, el tenor de sus conversaciones, pero no dudo que contribuirán de algún modo a desenredar la madeja del negacionismo y el peligro nuclear que amenazan la paz mundial.

El País (Es) (España)

 



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