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12/12/2010 | ¿Habla Liu Xiabo por los chinos?

Guy Sorman

«Unos días antes del anuncio del premio Nobel, Liu Xia me decía en Pekín: “Los disidentes chinos somos como los judíos en la Alemania nazi: nos persiguen, nos amenazan de muerte, y los occidentales no os percatáis de ello”».

 

EL Gobierno chino está desorientado por el premio Nobel que ayer recibió Liu Xiaobo: años de propaganda comunista en China y dirigida al resto del mundo resultan de repente inútiles. El Partido trataba de persuadirnos de que los chinos solo aspiraban al desarrollo económico, de que alababan al régimen por la tasa de crecimiento, que no deseaban la democracia y que esta idea era occidental y ajena a la civilización china. Sin embargo, Liu Xiaobo lleva veinte años diciendo lo contrario y es totalmente chino: no es un invento de Occidente, sino un ilustrado clásico, arraigado en una antigua tradición china de resistencia a la tiranía. La propia valentía de Liu Xiaobo y de su mujer Liu Xia se enmarca en la continuidad confucionista: antaño el ilustrado prefería suicidarse a ejecutar una orden injusta. Liu Xiaobo, que podría haber abandonado China, decidió en 1989 —año de la revuelta de los estudiantes en Tiananmen— que había que luchar contra la injusticia in situcon las armas del ilustrado: la escritura y la aceptación del sufrimiento. Hay que destacar que ni los años de cárcel —después de Tiananmen, donde fue un líder pacifista— ni la perspectiva de volver a ella han alterado jamás el carácter apacible de Liu Xiaobo, y tampoco su jovialidad. Por lo tanto, no le podemos reprochar al comité de Oslo el haber seleccionado a un intelectual aislado, a imagen y semejanza de los disidentes occidentales de antaño en Polonia y Rusia.

Si bien Liu Xiaobo está familiarizado, como lo están los intelectuales chinos desde hace dos siglos, con el pensamiento occidental, y aunque se ha inspirado a menudo en las formas de resistencia occidentales, no es un producto de Occidente, ni tampoco está hecho a imagen y semejanza de Occidente. Los propios intelectuales chinos nos lo dicen: como era evidente, desde hace dos o tres años, que el premio Nobel de la Paz se concedería a un disidente chino, Liu Xiaobo fue designado por la comunidad intelectual democrática de Pekín como el más representativo de todos: el jurado del Nobel se ha sumado a la decisión tomada en la propia China. 

Muy a su pesar, los dirigentes chinos también habían designado a Liu Xiaobo al condenarle a once años de cárcel, el día de Navidad de 2008, por «atentar contra la seguridad del Estado». Sin embargo, lo que preocupaba al Partido Comunista no era tanto la Carta democrática «colgada» en la Red por Liu Xiaobo: desde hace varios años, no ha dejado de publicar sus críticas al régimen y sus llamamientos a la libertad política en la Red, el único medio al que tenía acceso. No, lo que desató los temores del Partido y la encarcelación de Liu fue el éxito de su carta. En veinticuatro horas, diez mil firmantes se sumaron a ella antes de que se cerrara el sitio. 


Esto echaba por tierra otra mentira del Partido: el supuesto aislamiento y la falta de representatividad de los disidentes. «¿Cómo pueden interesarse por una única persona que solo se representa a sí misma?», nos repetían machaconamente los portavoces del régimen cada vez que tratábamos de reunirnos con Liu Xiaobo. Resulta que este hombre se presentaba como el líder de hecho de un amplio movimiento de opinión en el propio seno de la población urbana e instruida, la misma que el régimen creía haber anestesiado con la tasa de crecimiento. 


Más allá de Pekín, ¿qué importancia tiene Liu Xiaobo? De hecho, hasta el premio Nobel, casi todos los chinos ignoraban su nombre: pero la torpeza con la que el régimen ha tratado de ocultar la noticia del premio ha hecho que la gran mayoría de ellos lo conozcan ahora. Nada como la censura de internet para que los teléfonos móviles y el boca a boca griten lo que se quería prohibir. ¿Se reconocen estos chinos en Liu Xiaobo? La mayoría no mantienen una retórica elaborada sobre las instituciones de la democracia, pero constantemente, fuera del Partido e incluso a veces en su propio seno, se reclama la libre elección de los dirigentes, con la esperanza de contener la arrogancia del Partido Comunista y la corrupción de sus representantes. Más que democracia clásica, lo que reclaman los chinos, y simboliza Liu Xiaobo, es la justicia: la justicia como sentimiento moral. El mensaje que Liu Xiaobo ha hecho llegar a los chinos y al mundo a través de Liu Xia, que pudo reunirse con él en su cárcel, es extraordinariamente significativo: les dedica su premio (y la suma que lleva aparejada) a las «almas olvidadas» de Tiananmen.

Desde Tiananmen, fecha de nacimiento histórica del movimiento democrático en China, las autoridades niegan que hubiera víctimas, a pesar de que la Cruz Roja haya contado seis mil muertos. Se desconocen los nombres, los cuerpos han desaparecido: los familiares nunca pudieron celebrar las exequias, y las almas —según la religión china— vagan sin paz. Liu Xiaobo es de los que, a pesar de la censura más absoluta sobre este tema, tratan de recoger testimonios para elaborar la lista de fallecidos y salvar su memoria y su alma. Los fondos se destinarán, por lo tanto, a la Asociación de las Madres de las Víctimas de Tiananmen. Ninguna tasa de crecimiento puede borrar esta injusticia.

¿Tomará conciencia el Partido Comunista de su error de apreciación? De momento, reina la confusión: Liu Xia, a la que no permitían reunirse con su marido, encarcelado en secreto lejos de Pekín, fue repentinamente conducida hasta él por la Policía. Pero cuando salió de esta visita la sometieron a un arresto domiciliario, y le han prohibido cualquier contacto con el exterior. Algunos dirigentes chinos han amenazado a Noruega con represalias, sin llegar a entender que el jurado del Nobel es independiente —la idea de pensamiento independiente en las sociedades libres sigue siendo ajena a los dirigentes chinos, no porque sean chinos, sino porque son prisioneros de su ideología totalitaria.

¿Evolucionará esta ideología bajo el efecto del crecimiento económico y gracias a la llegada de una nueva generación a la cúpula del Estado? Hace diez años que los sinófilos de Occidente, mimados por el régimen de Pekín, nos anuncian esta evolución «natural» hacia la democracia. Pero, como no vemos llegar nada que se le parezca, el jurado del Nobel ha constatado la terrible estabilidad de la dictadura.

¿Vendrá el cambio del exterior de China? Occidente ejerce en China más influencia de la que los dirigentes chinos quieren admitir: China necesita legitimidad internacional para proseguir su expansión comercial. Si por casualidad su reputación se viera perjudicada hasta el punto de que los occidentales boicotearan todo lo que es Made in China, el «milagro» económico chino se vendría abajo y el Partido Comunista, que no tiene más fundamento que la tasa de crecimiento, perdería hasta su razón de ser. Por eso, el mensaje de Liu Xiaobo se dirige también a Occidente. Nos dice: «Dejen de confundir al Partido Comunista con el pueblo chino. Sepan que el partido no es ni el presente de China ni su futuro. Sepan que los chinos no son un pueblo exótico, sino que compartimos los mismos valores y que aspiramos exactamente a las mismas libertades que los occidentales». Unos días antes del anuncio del premio Nobel, Liu Xia me decía en Pekín: «Los disidentes chinos somos como los judíos en la Alemania nazi: nos persiguen, nos amenazan de muerte, y los occidentales no os percatáis de ello. Cuando hayamos desaparecido todos, será demasiado tarde para que os preguntéis qué nos ha sucedido y por qué no habéis intervenido antes». Al final, hemos escuchado: solo falta que no lo olvidemos.

ABC (España)

 


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