Frente a la violencia que vive México, mucho ayuda mirar a otras experiencias históricas y tratar de comprender las pasiones humanas a través de la literatura y el teatro. Acabo de leer un magnífico libro del gran diplomático y negociador norteamericano, el recién fallecido Richard Holbrooke, Terminar una guerra. El libro es magnífico, lo mismo lo puede disfrutar un lector de novelas que un especialista. Tiene la mayor actualidad para comprender por qué se llega a una guerra y esclarecer las dificultades a las que se deben enfrentar quienes intentan detenerla.
La obra se refiere a las guerras que ocurrieron al momento de la disolución de Yugoslavia después de la era de Tito. “Esa tragedia no estaba predeterminada. Fue el producto de malas decisiones o incluso decisiones criminales de líderes políticos que fomentaron la confrontación étnica por razones políticas o de obtener un beneficio financiero”. “En vez de enfrentar sus problemas de gobernanza, llevaron a sus pueblos a la guerra”. Las diferencias venían de tiempo atrás. Allá empezó la Primera Guerra (“otra marcha de la estupidez”), pero aun así, la guerra no era inevitable. Los odios fueron auspiciados por los propios líderes, desde arriba, y se propalaron por medio de la televisión.
Una vez que empezó la guerra, se pensó que sería corta. Las partes pensaron que la podían ganar. Creció el número de muertos hasta llegar a cientos de miles. Europa se quedó paralizada frente a las prácticas de aniquilamiento que asemejaron a las de los nazis. Estados Unidos temió involucrarse después de la experiencia de Vietnam. Finalmente, bajo la presidencia de William Clinton, se logró generar la iniciativa política necesaria para intentar un proceso de paz. Richard Holbrook, quien de joven había sido parte del equipo que negoció el fin de la guerra de Vietnam, coordinó el esfuerzo.
La tarea fue excepcionalmente compleja. Para empezar, hubo que hacer converger a los intereses de las diferentes agencias y poderes norteamericanos, empezando por el Pentágono y las agencias de seguridad. Hubo que mantener a los europeos en el proyecto, pero a la vez tomar la iniciativa en un asunto que estaba podrido. Holbrook explica con excepcional lucidez cómo se toman este tipo de decisiones dentro del gobierno norteamericano. Eso ayuda a salirse de las respuestas fáciles a las que estamos acostumbrados. Es un gran texto para estudiantes de política exterior y de política.
La dificultad de construir un proceso de paz se vive a lo largo de su lectura. Así es. ¿Qué hacer para que los medios ayuden y no echen a perder? ¿Cómo contrarrestar los obuses que vienen de las propias filas? ¿Cómo construir confianza entre quienes se odian y se han matado? ¿Cómo diseñar soluciones y arreglos que sean aceptados y se puedan sostener a lo largo del tiempo? ¿Con quién se puede contar hasta el final y a quién, incluyendo a quienes se rechaza por completo, se necesita para poder avanzar? Es todo un arte, una experiencia y, también, una aventura que recuerda a los navegantes de otros tiempos que estaban dispuestos a correr riesgos con tal de arribar a un nuevo destino.
En una cita de Eurípides, Las suplicantes, se resume todo:
Cuando el pueblo vota ir a la guerra, nadie vislumbra su propia muerte; es demasiado pronto.
Él piensa, algún otro hombre se encontrará con el fatal destino.
Pero si la muerte lo encarara a la hora de depositar su voto, seguro que no se dejaría arrastrar por la locura de la batalla.
Y sin embargo, nosotros los hombres, todos, sabemos cuál de las dos palabras es mejor, y podemos medir lo bueno y lo malo que traen.
¡Cuánto mejor es la paz que la guerra!