Ollanta Humala es a Chávez lo que Chávez es a Fidel Castro y Castro fue a Nikita Kruschev lo que éste a Stalin. ¿Será, por lo tanto, Humala, en caso de ganar las elecciones, un émulo del tirano georgiano? Obviamente no, porque Nikita renegó de Stalin (cuando éste ya estaba a buen recaudo en su tumba), durante celebérrima intervención en el XX Congreso del Pecu (1956). Castro, lo hizo de Nikita, ("Nikita, Nikita, lo que se da no se quita", a propósito de las crisis de los cohetes y su retiro en 1962). Chávez, con su cara bien lavada y todavía libre del abotagamiento que ahora le adorna, reconoció que lo de Fidel Castro era una dictadura (1998), mentirijilla "piadosa" buscando votos en la clase media. Ahora Humala, para liberarse de esa sombra pesada de Chávez, lo niega en público para ganar las elecciones, aunque su maletincito, al estilo Cristina, no debe haberle faltado, mientras el mentor se muerde la lengua para no mandarlo al fondo de las encuesta como lo hizo en el 2006.
A estas altura ya es un signo inescapable que los aspirantes a dictadores deban pasar por el filtro electoral. Si los soviéticos abortaron el sufragio universal, secreto y directo y los cubanos lo refrendaron a su manera, Fujimori fundó la institución de ganar por métodos democráticos para destruir la democracia. Estrategia que Chávez llevó a refinamientos inéditos también. Todo lo cual hace diferencias sustanciales, de forma al principio, porque a la larga, con el desmantelamiento de las instituciones, la impunidad consiguiente y la repetición, no ya sólo de la violación de los derechos humanos, sino del fracaso económico y la violencia del hampa, se generan tsunamis sociales como el que aventó a Fujimori hacia el lejano Japón de sus ancestros.
Pero no se equivoquen, los antecedentes hablan del Comandante Humala, militar como Chávez, (pero con antecedentes turbios) acusado de crímenes y abusos contra la población civil (caso Madre Mía), militar, además golpista y como si fuera poco, hijo de un dirigente seudosocialista (Isaac Humala) quien proclamaba el etnocaserismo, suerte de doctrina racial que predica el desplazamiento de las élites blanca-criolla, así como de las asiáticas; la legalización de la coca, la nacionalización de la industria peruana, el rechazo a la intervención extranjera y la recuperación de los territorios que llegó a dominar el imperio inca.
Curiosa ideología del racismo al revés que ahora Humala pretende desconocer bajo la fórmula de propuestas conciliadoras, repartir la riqueza acumulada (el crecimiento económico peruano es impresionante) y convocar una Constituyente al estilo de la franquicia Chávez, porque aunque haya exiliado de su discurso al patroncito venezolano, su método es imposible de ocultar.