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25/07/2011 | EEUU. Deuda nacional, presupuesto y el dinero de otros

Armando Gonzalez

El problema con los socialistas, ha dicho Margaret Thatcher, es que “siempre se les acaba el dinero de otros”. En nuestro país no hemos llegado a ese punto pero sí hemos llegado al límite legal de crédito, $14.3 trillones (14,300,000,000,000).

 

Para muchos estadounidenses esto es absurdo y humillante: el país más rico en la historia del mundo está al borde de la bancarrota porque nuestros gobernantes gastan el dinero de los contribuyentes con el mismo sentido de responsabilidad de un puñado de marineros borrachos. No nos debe sorprender entonces que más del 60 por ciento de la ciudadanía, de acuerdo a una reciente encuesta de CBS News, cree que el Congreso no debe aumentar el “techo de la deuda”, su límite superior. Esto no quiere decir que deseen ver a su país en bancarrota. Pero sí expresa un deseo popular muy fuerte de que el gobierno federal ponga freno a esta orgía de gastos que nos puede llevar a la ruina.

Muchos líderes políticos concuerdan con este sentimiento, pero entienden que rehusar el aumento del techo de la deuda creará más problemas que los que resolverá. Por lo tanto buscan otras soluciones como la idea de los republicanos de aumentar el techo de la deuda apareado a reducciones equivalentes en el presupuesto.

Aun con lo prudente que la idea suena, el presidente Obama está en desacuerdo e insiste en un aumento de impuestos en adición. Hace dos semanas Obama declaró: “No se puede reducir el déficit sin tener ingresos en la mezcla” (“ingresos” es el eufemismo político para “impuestos”). Técnicamente, claro está, sí se puede reducir el déficit sin aumentar impuestos. El presidente, simplemente, no quiere hacerlo.

Obama habla de la “necesidad de aumentar impuestos” en términos de moralidad. Ese es el viejo clamor socialista de “redistribución de riqueza”. En la mente de este presidente, los que no creemos necesario aumentar impuestos para reducir el déficit somos gente de moral cuestionable. Y, en nuestro lado, no hemos hecho un buen trabajo en presentarle a la ciudadanía nuestra convicción que tratar de conservar lo más posible del dinero ganado con nuestro trabajo no nos hace moralmente degenerados.

Los que nos oponemos al aumento de impuestos debemos hacerlo con argumentos prácticos y argumentos morales. El argumento más práctico de todos es el de imitar, con el presupuesto federal, lo que hace una familia típica con su presupuesto familiar cuando determinan que están gastando más allá de sus posibilidades. La primera y básica reacción es limitar y reducir los gastos. ¿Por qué? Porque esto es lo que ha probado ser más efectivo a través de la historia. Y el gobierno federal podría aprender una lección elemental del núcleo familiar.

Pero, aún más allá, el gobierno federal puede aprender de otros países que han afrontado situaciones similares en las últimas décadas. Kevin Hassett, Andrew Biggs y Matt Jensen, del American Enterprise Institute, llevaron a cabo un estudio de 21 países desarrollados que, en los últimos 37 años, se han visto en necesidad de controlar sus finanzas. Unos tuvieron éxito, pero otros fallaron lamentablemente.


Los países que fallaron, como promedio, basaron su plan en 53 por ciento en aumento de impuestos y 47 por ciento en reducciones de gastos. Los países que tuvieron éxito basaron su plan en 85 por ciento en reducciones de gastos y 15 por ciento en aumento de impuestos. Este es el caso práctico en darle a la reducción de gastos la primacía sobre los aumentos de impuestos.

¿Y el caso moral? Al buscar respuesta recordemos esto: el 5 por ciento de los americanos de más altos ingresos ya están pagando el 59 por ciento de los impuestos federales sobre ingresos. Casi la mitad de la ciudadanía no paga impuestos federales sobre ingresos. Si nuestro sistema no es aún suficientemente equitativo, ¿qué se tomaría para que lo fuera? ¿Qué el 5 por ciento pague el 75 por ciento? ¿O el 95 por ciento?

Esos no son los Estados Unidos que crearon los Padres Fundadores. Ellos no lucharon para crear la nación de llorones en que nos estamos convirtiendo. Ellos no reconocerían la definición de “equidad” en términos de redistribución forzada. Y, ellos ciertamente, no estarían de acuerdo en responder a gastos gubernamentales irresponsables aumentando impuestos a los ciudadanos.

Para los Padres Fundadores, “equidad” ( fairness) era una cuestión de “premiar el mérito”. Thomas Jefferson habló de la necesidad de garantizarle a cada ciudadano “el libre ejercicio de sus capacidades y los frutos así adquiridos”, y en carta a John Adams se refirió al ideal que ambos compartían de “una aristocracia natural entre los hombres”. Pero la base de esa jerarquía no era “la nobleza de la cuna” sino estaba basada en “virtudes y talentos”. Alexander Hamilton alentaba una comunidad en que “cada individuo pueda encontrar su nicho y poner en actividad el vigor de su naturaleza”. Y, casi un siglo después, Abraham Lincoln aseveraba: “No creo en una ley que prevenga a un hombre de hacerse rico sino en una ley que le permita al hombre más humilde la misma oportunidad de los demás de hacerse rico”.

Los cubanos que nos vimos forzados a abandonar nuestro país de origen llegamos aquí para ganarnos el éxito, no para beneficiarnos de grandes programas gubernamentales como cash for clunkers. En los próximos días oiremos más retórica sobre lucha de clases, jets corporativos, gente rica y la “necesidad” de aumentar impuestos. Ojalá que nos mantengamos fieles a los principios en que se fundó este gran país.

Miami Herald (Estados Unidos)

 



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