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13/08/2011 | Las excusas de la ira

Roberto Casin

Resulta que se ha puesto de moda que toda la parafernalia moderna de las redes sociales no sólo cumplan la función para la que se les creó, que la gente pueda vivir más deprisa y acortar las distancias, que las horas se abrevien y que los amigos se acerquen. Ahora, después que los egipcios y los sirios las han usado contra los tiranos, los artistas del desorden descarnado, los vándalos universales, han optado por incorporarlas a su arsenal. Las mismas tecnologías con fines opuestos. ¿Y qué pensaban? Las armas nunca tuvieron filiación política ni social.

 

Lo hemos visto en estos días en las calles de una de las ciudades más agradablemente apacibles y ordenadas del mundo. La violencia y el pillaje se propagaron como brotes de cólera desde zonas pobres y multirraciales de la periferia hasta áreas residenciales de Londres, donde el silencio, las fachadas urbanas y la conducta de la gente siempre han tenido una aureola genuinamente señorial. Demonizando Internet, Blackberry en mano, los disturbios se extendieron a otras partes de Gran Bretaña después que una protesta por la muerte de un joven negro a manos de la policía dio lugar en el barrio de Tottenham a un tiroteo que degeneró en hechos de violencia.

Esta vez no fue como cuando los disturbios de Brixton, hace 30 años, o los de la misma Tottenham en 1985, y quien sabe cuántos más. En aquella ocasión la pobreza y las efervescencias raciales fueron las espoletas para el estallido, en un desborde de ira de visible trasfondo político y social. En cambio, no han sido manifestantes en pro de una causa ni el anónimo rostro de multitudes rebeladas en reclamo de derechos sociales los que han desatado las revueltas, sino turbas dedicadas a agredir a los policías por verlos sangrar, a asaltar comercios para llevarse lo que pueden. “Estamos mostrándole a la gente rica que podemos hacer lo que queremos”, dijo uno de los revoltosos.

Algunos alegan que ha sido la crisis económica la que en última instancia desencadenó la tormenta, algo que no me queda claro puesto que las presuntas víctimas no se abalanzaron sobre los supermercados sino sobre las tiendas de teléfonos móviles, de ropa, de prendas deportivas, de electrodomésticos y de otros artilugios electrónicos, en una suerte de vendetta consumista movida por las ansias de apropiarse de lo que sea, sin urgencias de curarse primero el hambre o la pobreza en la cocina.

Los bancos, que bien pudiesen haber sido los que pagaran las cuentas de la rabia por todo el provecho con que han engordado la crisis, tampoco estuvieron en el tiro al blanco de los alborotadores. Ni una sola bomba incendiaria fue dar contra sus arcas. Sin embargo, las hordas desataron su furia lo mismo contra una casa de empeños, un local de beneficencia que una peletería. Como lo describió un reportero: saqueo para revender, a menos que otros periodistas de barricada persistan en llamarlos –me parece estar leyéndolos–: brotes de desesperación popular debido al alto desempleo y las penurias de los sectores menos favorecidos.

Póngalo como lo pongan, lo que se vio en las calles británicas han sido pupilas dilatadas de placer por destrozar la decencia, delincuencia sin cédula, una furia juvenil arropada de desencanto y brutalidad irrefrenables. Algo diferente a lo ocurrido por ejemplo en Grecia, donde fueron las clases medias las que se lanzaron a la vía pública para echarle en cara al gobierno su desgracia, y demandar justicia por sus estrecheces y sus penas.

Lo que ha quedado demostrado en Londres es que el odio de clases como el de raza, junto a todas las demás miserias humanas, duermen del mismo lado y se manifiestan igual. Desgraciadamente, alguna gente sigue sufriendo con más facilidad las tragedias clichés de las telenovelas que viendo destrozada la tienda de electrónicos de un pobre comerciante de barrio, el automóvil de un mísero empleado hecho una pira o arder el negocio de una decente familia a manos de una caterva de vándalos. En muchos sitios se ha perdido la compasión. Y también el sentido de la equidad.

Miami Herald (Estados Unidos)

 



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