Dicen que en una campaña presidencial en Estados Unidos 8 meses son 8 siglos y como en las carreras de caballos no hay nada escrito, en el último minuto, cualquier cosa puede suceder, séase porque la bestia está mal dopada o porque el jockey atraviesa una crisis de neurosis. Por eso Newt Gingrich y Rick Santorum se niegan a retirarse de la contienda a pesar de la indignación de la élite del Partido Republicano, y se niegan, porque el diablo son las cosas.
Sin embargo, mire usted, la campaña presidencial de las primarias demócratas para el año 2016 acaba de comenzar, algo inusual, y el campanazo que sube el telón de la epopeya han sido las declaraciones de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, anunciando que aunque su esposo lo hará, ella no apoyará a Barack Obama en las próximas elecciones de noviembre con apariciones públicas porque eso compromete su dignidad de secretaria de Estado. A otro perro con ese hueso. ¿Podrá tener eso como dice una simpática presentadora de televisión dominicana “Cocorico”? Lo cierto es que el intercambio de disparos entre Hillary y Obama, para aquellos que no tengan buena memoria, en las pasadas primarias demócratas del 2008 ni tuvieron menos pólvora ni menos intenciones de hacer correr la sangre del oponente que en las actuales primarias del Partido Republicano. Ella pidió la cabeza de Barack al pueblo norteamericano, como pidió Salomé a Herodes la de San Juan Bautista, no por motivos racistas ni ideológicos, sino solo que hasta en la Cochinchina saben que ella siempre ha tenido en mente una idea fija: ser presidenta de Estados Unidos.
Su edad carece de importancia: en noviembre del 2016 Hillary tendrá 69 años, una niña si la comparamos con Ronald Reagan, que ascendió a la Oficina Oval en su segundo período a los 74.
Aunque ser mujer en el mundillo machista de la política norteamericana no ha sido para ella nada fácil. Ha puesto siempre muy claro que está junto a su esposo Bill, pero halando parejo, y nunca ha caminado como una sumisa geisha japonesa tres pasos detrás de él rindiéndole vasallaje. En una ocasión dijo: “Supongo que me podía haber quedado en casa y hornear galletas y tomar té, pero lo que decidí fue cumplir con mi profesión en la que entré antes de que mi marido estuviese en la vida pública”.
Tiene una agilidad mental particular que le hace decir cosas profundas tales como: “Tengo un millón de ideas pero el país no se puede permitir todas”.
Su feminidad a veces la coloca en situaciones casi humillantes, como cuando en ocasión de la captura de Osama Bin Laden, en una foto oficial de las principales figuras gubernamentales el periódico judío ortodoxo Der Tzitung, de tradición jasídica, borró la imagen de Hillary, que en un gesto de evidente tensión se cubre la boca con la mano.
Más tarde el diario dio la excusa surrealista de que la había borrado porque “nunca publican fotos de mujeres”.
En la investidura de Dilma Rouseff en Brasilia el tarado de Hugo Chávez le preguntó que cómo andaba “su esposa”, a lo que sin perder un segundo el aplomo ella le respondió “mi esposo, mi esposo” mientras lanzaba una fuerte carcajada.
Pero la anécdota que mejor la retrata es apócrifa y se ha repetido hasta el cansancio. Cuentan que una vez paseaban por Nueva York Bill y Hillary en el auto presidencial, cruzan frente a una gasolinera y ella alegre dice: “Mira, Bill, ¿ves ese hombre que despacha combustible en la bomba? Fue mi novio en el Wellesley College”. Bill, sonriente, le responde: “Ves, mi amor, si te hubieras casado con él tu esposo sería hoy el empleado de una estación de gasolina”. Y Hillary rápida como un rayo le replica: “No seas tonto, Bill, de haberse casado conmigo hoy sería el presidente de los Estados Unidos”.
Una metáfora, que no fue cierta pero que pudo haberlo sido, y a los republicanos un mensaje: despierten de una pesadilla de extrema derecha alucinante, porque si en las presidenciales del 2012 la tienen lejos, en las del 2016, con Hillary, una centrista excepcional de hechos y no de palabras, la pueden tener en China.
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