| 06/08/2012 | Venezuela - La comedia propagandista del régimen
Miguel Bahachille
La intensa y costosa propaganda electoral oficialista, carente de sustancia y llena de ofrendas para ilusos, está evidenciando lo que muchos analistas vaticinaron desde el momento en que el grupo de militares capitaneados por el perenne candidato asumió el poder en 1999: un gran fracaso por ineptitud.
Al gobierno no le bastan 14 años de publicidad y control de todos los poderes, nadando en colosales recursos petroleros, para engañar al pueblo. ¿Para qué tanta propaganda? Bastaría con exhibir un pedacito del gran trabajo publicitado en casi tres lustros para ganar cualquier consulta pública. Queda por dilucidar dónde está esa obra y el dinero gastado.
El aspirante a repetir nada tiene que ofrecer como gobernante más allá de su violencia y de ocupar buena parte del tiempo fantaseando con imágenes inducidas como por ejemplo los rasgos mestizos del Libertador. Sus ratos libres, que son muchos, sirven para arremeter contra el enemigo con epítetos como apátrida, burgués, pitiyanqui majunche, traidor, vende patria, la nada, entre otros. ¿Y la obra de gobierno? Los factores que dan forma e influyen en la producción de la difusión oficial vienen anticipados no por una acción cívica de quien presume ser la primera autoridad sino por la agresión verbal e ineptitud para gobernar.
Mientras nuestros vecinos, como Colombia y Brasil, pendientes de la prosperidad de sus pueblos, protegen toda oportunidad de inversión para los grandes capitales, nuestro presidente se vale de eufemismos majaderos dizque revolucionarios para salvar al planeta. Aunque ha habido en la esfera oficial algunas revelaciones inclinadas a apaciguar a los inversores privados, lo cierto es que la acción efectiva se percibe a ojos vista, entre otros desatinos, en las confiscaciones.
Lo cierto es que no hay una acción constructiva del gobierno. En sustitución la jefatura embustera se esparrama en difundir a través de libros, películas, videos, revistas y periódicos, una utopía inclinada a atiborrar al pueblo de ilusiones y vaciar de entendimientos sobre todo a los más humildes. El régimen trata de edulcorar su estrategia patrañera de igualdad y recuperación de la soberanía perdida colisionando con los inversionistas nacionales y extranjeros; reales creadores de empleos. Como si fuera poco, el presidente se ha condenado a ser la piedra de escándalo de conflictos nacionales e internacionales como la salida de Venezuela de la Comisión de Derechos Humanos (OEA).
Esta jornada electoral revela cómo el gobierno deniega del deber que tenía, y tiene, de informar sobre el avance y costo de su supuesta obra pública. Como esta no existe pero la repartición sí, y transcurridos 14 años, cuando la gente pide cuentas y siente las carencias provenidas de la ineficacia y corrupción, el régimen recurre al despilfarro y publicidad falaz a través de los excesivos medios que controla y malgastando el erario de todos los venezolanos. La suma, cualquiera sea su monto exacto, es muy grande; sin embargo, nadie la conoce con probidad.
¿A qué juega el gobierno con tanta propaganda? Si la conciencia mayoritaria está embotada y la atención frenada, la sensibilidad del individuo ante los conflictos disminuye mientras su bienestar, lejos de mejorar, empeora drásticamente. En cambio una conciencia perspicaz, última potencia de la existencia humana, es quizás la única fuerza idónea para producir el cambio que requerimos de nuestro entorno material-institucional. Si la razón se debilita, como lo pretende el régimen, significa que nuestra sociedad está gravemente enferma.
Por ese motivo la gestión de los organismos estatales está más consagrada a las relaciones públicas que a la acción, lo cual debe causarnos más inquietud que pasividad. Miraflores, en la voz del candidato repetido, por efecto de las cadenas se ha convertido a la brava en el agente de prensa más divulgado del país. De allí el valor de la campaña de Capriles casa a casa y pueblo a pueblo destinada a desmontar la pasividad patológica que el régimen amenaza con instaurar como forma de vida. En esta elección se decide si deseamos una sociedad enferma y pasiva o un pueblo vigoroso y progresista. El asunto está en nuestras manos.
El Universal (México)
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