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23/03/2013 | Papa Francisco. Rebelde legado jesuita en AL

Víctor Flores García

Su entronización en el Vaticano sirve como punto de partida para revisar el papel de la Compañía de Jesús en los movimientos sociales de nuestro continente, donde se evidencia la pluralidad de la orden en la que conviven progresistas y conservadores como el ex arzobispo de Buenos Aires.

 

El cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio, de 76 años, se ha convertido en el primer pontífice jesuita, origen que lo pone ante un legado de tradición rebelde en América Latina y en México, gigantescos enclaves de catolicismo. Es también el primer máximo jerarca latinoamericano de esa religión y el primero en escoger el nombre de Francisco —para muchos inspirado en Francisco de Asís, el santo italiano de la Edad Media que, siendo hijo rico, eligió vivir en la pobreza y la austeridad.

El voto de pobreza de San Francisco es cercano a dos jesuitas fundadores de la Societas Jesu, la poderosa y mítica Compañía de Jesús: San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier. No está claro aún qué tanto abrirá la puerta el nuevo Papa a la influencia del superior de los jesuitas, el Papa Negro. Así se conoce al trono del superior general de los Soldados de Cristo, ahora comandados por Adolfo Nicolás Pachón, por sus sotanas negras.

Muchos jesuitas alistados para la misión han llevado vidas rebeldes y esa orden tiene la mayor cantidad de mártires cristianos, como el filósofo vasco Ignacio Ellacuría, quien fue el cerebro de una comunidad de seis jesuitas que fueron asesinados a mansalva por tropas especiales del ejército salvadoreño en 1989, en el campus de la Universidad Centroamericana (UCA), el mismo mes que caía el Muro de Berlín. Aquellos jesuitas fueron librepensadores que criticaron todo lo que impidiera el acceso a la libertad y a la justicia, pero eso incluye sus críticas severas a las izquierdas dogmáticas y autoritarias que intentan ahora hacerse eco exclusivo de su martirio.

Por esa razón, resulta equivocado y una simplificación brutal pensar que el nuevo Papa, dotado de la sólida formación intelectual que caracteriza a esa orden religiosa donde predomina el pluralismo, pueda ser un simple continuador de los jesuitas que murieron por hacer una opción preferencial por los pobres en América Latina.

Sin embargo, contrario al estilo de vida de líderes autocráticos, Bergoglio habitaba un modesto departamento junto a la Catedral de Buenos Aires, cuya ventana está frente a la Plaza de Mayo, desde donde presencio y denunció ante el gobierno de Fernando de la Rúa una masacre que lo llevó a su dimisión. Pero también ha sido frontal crítico de la incapacidad del peronismo de izquierda de los esposos Néstor y Cristina Kirchner para enfrenar las crisis económicas y la pobreza en medio de una abundante corrupción.

HERENCIA DE SANGRE EN AL

Tanto Bergoglio como el grupo de Ellacuría son referentes de los jesuitas en América Latina; pero mientras aquellos fueron artífices de la teología de la liberación que los llevó al martirio en la era de los autoritarismos militares, Bergoglio ya era desde 1979 un soldado de Juan Pablo II en su determinación de cerrar espacios a cualquier simpatía por las rebeliones sociales en América Latina durante la guerra fría. En los últimos años, se colocó junto a Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, en contra de las bodas gay y la legalización de las drogas.

En México el legado jesuita tiene un componente en aquel movimiento de derechos humanos iniciado a mediados de los años ochenta. En 1985, un grupo de refugiados políticos salvadoreños que había tenido contacto con el arzobispo Óscar Arnulfo Romero —asesinado de un tiro al corazón mientras elevaba la hostia en una misa el 24 de marzo de 1980— fue auspiciado por los dominicos y fundó el Centro de Derechos Humanos Fray Francisco de Vitoria. Fue una semilla que pasó de difundir la persecución de la “Iglesia de los pobres” en Centroamérica a examinar las violaciones a los derechos humanos en México. Ese bloque se vinculó en 1988 con los jesuitas que fundaron el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro, el jesuita fusilado con su hermano durante la Guerra Cristera, acusado de sabotaje y terrorismo.

En el mismo año, el obispo de la Tarahumara, José Llaguno, se unió al movimiento humanitario para hacer frente a la represión contra los rarámuris y fundó la Comisión de Solidaridad y Defensa de los Derechos Humanos. Un año más tarde, en 1989, el obispo Samuel Ruiz fundó en San Cristóbal las Casas, Chiapas, el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas como foco de denuncia de las miserias y la violencia contra las comunidades indígenas en ese estado. Otro colectivo similar fue abierto por los Misioneros del Espíritu Santo en su parroquia de Comalcalco, Tabasco, mientras los jesuitas creaban organismos humanitarios para ese estado y la Sierra Norte de Veracruz.

Este recuento es parte del libro en homenaje al teólogo jesuita vasco-salvadoreño Jon Sobrino, El puño y el verbo: El legado jesuita de Centroamérica al mundo, que las universidades jesuitas Iberoamericana campus Sana Fe y Puebla, junto con la Universidad Centroamericana (UCA) de San Salvador, presentarán el próximo abril (compilado por Víctor Flores García y Óscar Castro). El ex sacerdote jesuita Édgar Cortez, fundador del Centro Agustín Pro, relata en ese libro colectivo: “Para todas las personas comprometidas en estos proyectos, las figuras de los jesuitas, particularmente Jon Sobrino e Ignacio Ellacuría, al igual que la de monseñor Romero, son enormemente significativas. Se puede decir que era una comunidad que inspiraba las causas de la liberación”.

UN JESUITA CASTIGADO

La mirada de los jesuitas rebeldes sobre el mundo actual es pesimista: “Nuestro mundo actual está enfermo”, decía el padre Pedro Arrupe, jesuita español de origen vasco y prepósito general de la Compañía entre 1965 y 1983. “Vivimos en una civilización gravemente enferma, urge un análisis coprohistórico de las heces de la civilización”, dijo Ignacio Ellacuría en su último discurso en Barcelona, en 1989, antes de ser asesinado de un tiro en la nuca en San Salvador. “La realidad de nuestro mundo es sobrecogedora”, afirma Jon Sobrino, quien sobrevivió a la masacre de aquellos jesuitas, porque asistía por casualidad a una conferencia en Sudáfrica.

Lo que sigue son pasajes inéditos del texto de Jon Sobrino que abre el libro homenaje a este teólogo cuyas afirmaciones, recogidas en textos vitales de la teología de la liberación, fueron consideradas “erróneas y peligrosas” por la Congregación para la Doctrina de la Fe del Vaticano, que encabezaba Joseph Ratzinger.

El 11 de marzo de 2007 la Congregación para la Doctrina de la Fe sancionó a Sobrino y le prohibió enseñar en instituciones católicas, lo obligó a dejar de ser profesor en su propia Universidad Centroamericana y ordenó el retiro del nihil obstat, es decir, el visto bueno eclesial a sus obras. Por tanto, lo que sigue son palabras non sanctas.

Sobrino afirma que ahora se sigue usando más el término “mártir” antes que el de “pueblo crucificado”, sin importancia en la vida cotidiana, pero sí por lo que toca al concepto: “Sería una anomalía conceptual hablar de mártires sin tener presente al pueblo crucificado (…). Dicho en forma de tesis, en El Salvador pudo haber mártires porque existía un pueblo crucificado. Desde una perspectiva histórica, no tendría sentido hablar de la cruz de Jesús sin hablar de las mayorías oprimidas a las que defendió”.

Para captar la radical novedad del concepto pueblo crucificado se debe recordar que el Concilio Vaticano II había hecho por primera vez un uso teológico del término “pueblo” al hablar de “pueblo de Dios”: “Con él quería superar siglos de comprensión de la Iglesia como ‘sociedad perfecta’ —dice Sobrino—, tan real como la república de Venecia, que decía Belarmino, de la visión de los teólogos que la comprendían como organismo vivo, y del tímido avance de Pío XII que la concibió como cuerpo místico”.

El teólogo, próximo a cumplir 75 años, uno de los tres sobrevivientes de aquella generación, junto al brasileño Leonardo Boff y el peruano Gustavo Gutiérrez, afirma en el texto de próxima aparición que con Pueblo de Dios, con hondas raíces en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, se quería presentar una Iglesia muy distinta: “Se quería enfatizar el carácter comunal de la Iglesia, que supera el individualismo o la suma de individuos. Su carácter abierto, sin poder absolutizar ninguna de sus concreciones. Su carácter peregrinante, no establecido ni estático. Su carácter humilde y pecador, sin superioridad ni arrogancia. Su caminar humano, entre certezas e incertidumbres, entre gozos y esperanzas. Y su humilde caminar, sin poder controlar el don que se la ha dado. En definitiva, el caminar humildemente con Dios. Y así se hacía la Iglesia santa”.

Tan radical fue la novedad que, tras la muerte de Pablo VI, y en la pendiente de “derechización” inaugurada con Juan Pablo II, según estos jesuitas, la noción de Pueblo de Dios se fue diluyendo en la conciencia de la Iglesia católica, y su significado prácticamente desapareció de jerarquías y curias. Sobrino recuerda que en el sínodo extraordinario de 1985, el cardenal Ratzinger, que sería Benedicto XVI, entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, condenó por “peligroso pensar a la Iglesia en términos de pueblo, pues eso remitía a una realidad sociológica”.

Para Romero y Ellacuría, la noción de pueblo alude ante todo a la realidad histórica concreta: “El término con que se describe su destino remite a una realidad real: la crucifixión. Tiene causas históricas: las estructuras que dan muerte. Y tiene consecuencias históricas: la muerte real, lenta o violentamente, de mayorías”.

Finalmente, hay que recordar también el destino que tuvo en el Concilio Vaticano “la Iglesia de los pobres” seguida por muchos jesuitas. Fue la ilusión de Juan XXIII al convocar el concilio. Pero el cardenal Lercaro dijo dos meses después de comenzado: “Todos sentimos que al Concilio le ha faltado hasta ahora algo. Hoy la Iglesia es especialmente la Iglesia de los pobres”, recuerda Jon Sobrino.

Pronto lo captaron algunos obispos latinoamericanos, y de otras latitudes, que se reunían en secreto en Domus Mariae: “El 16 de noviembre de 1965, pocos días antes de la clausura, 40 Padres conciliares celebraron la eucaristía en las catacumbas de santa Domitila, y firmaron el Pacto de las Catacumbas, siendo Hélder Camara, uno de los principales animadores del grupo. Se comprometían a vivir personal e institucionalmente en pobreza y a servir a los pobres”. Lo llamaron el pacto de las catacumbas.

Finalmente, fue en América Latina donde la Iglesia de los pobres se hizo realidad, tras las conferencias episcopales de Puebla y Medellín. A esa Iglesia los pobres la ponen ante el Evangelio: que opte por ellos. Y la confrontan con su identidad. “Los pobres son su principal sujeto y su principio de estructuración interna”, escribió Ellacuría. Sobrino lo sigue: “Y cuando la Iglesia sale en defensa de los pobres, entonces ex opere operato se enfrenta con los ídolos que dan muerte. Y se convierte en una Iglesia perseguida, sobre lo que el concilio solo habló genéricamente: “La Iglesia va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios”.

Ante ese legado del puño y el verbo jesuita se definirá el cardenal Bergoglio, desde ahora el papa Francisco.

Milenio (México)

 



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