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15/06/2013 | Irán, desgarrado por poderes intransigentes

Antoni Segura

La verdadera lucha no se libra en las calles, sino en el corazón del núcleo religioso-militar que se consolidó tras la revolución de 1979. Entre unos y otros pueden ahogar las aspiraciones de una población en gran parte joven.

 

La primavera árabe empezó en Irán, un país musulmán pero no árabe. Fue en junio de 2009, tras la discutida reelección de Mahmud Ahmadineyad, cuando la oposición reformista utilizó las redes sociales para convocar manifestaciones denunciando el fraude electoral. Pero los manifestantes fueron reprimidos por los matones del régimen (basiyís) y por los Guardianes de la Revolución (pasdarán), un cuerpo paramilitar creado por el ayatolá Jomeini tras la revolución de 1979 y cuyo Consejo tiene la facultad de decidir los candidatos que finalmente pueden presentarse a las elecciones presidenciales.

De los 686 aspirantes inscritos solo ocho han pasado el filtro, aunque la última palabra la tiene el líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei. Dos de los excluidos, el expresidente del Parlamento (1980-1989) y de la República (1989-1997) Ali Akbar Hachemi Rafsanyaní, uno de los hombres más ricos del país y determinante en la consolidación del régimen a principios de los ochenta —pero que abrió las puertas al reformismo y apoyó a Mir Hosein Musavi (primer ministro entre 1981 y 1989) en las elecciones de 2009—, y Esfandiar Rahim Mashaei, el protegido de Ahmadineyad, indican que el núcleo duro del régimen ha cerrado filas en torno a Jamenei, cuyo poder absoluto había sido contestado en los últimos años por el actual presidente. Al final han quedado solo cinco candidatos de demostrada fidelidad al líder supremo, los denominados principalistas, y tres candidatos con pocas opciones y entre los que destaca Hasan Rohani, que habían ocupado cargos durante la presidencia del reformista Mohamed Jatamí (1997-2005) y gozan de su confianza. De los ocho, Said Yalilí, actual jefe de las negociaciones del programa nuclear iraní con los organismos internacionales, es quien cuenta con el apoyo más claro de Jamenei, hasta el punto de que el resto de candidatos principalistas posiblemente se retirarán. Rafsanyaní y Mashaei han anunciado que recurrirán su exclusión ante el líder supremo.

En Occidente, la historia política de Irán de las dos últimas décadas se ha interpretado como la de un creciente enfrentamiento entre conservadores y reformistas. Sin embargo, los reformistas (Rafsanyaní, Musavi) ocupaban puestos claves en la década de los ochenta coincidiendo con la guerra contra Irak, la represión de la oposición, la consolidación del régimen de teocracia colectiva liderado por Jomeini y la creación de la Guardia Revolucionaria (pasdaran). La desaparición de Jomeini en 1989 abrió una lucha por el poder entre los que más propiamente cabría denominar ultraconservadores y los pragmáticos. La verdadera lucha por el poder en Irán no se libra en las calles, sino en el corazón mismo del poder religioso-militar que se consolidó tras la revolución de 1979.

En 1989, ese bloque de poder se fracturó. Los dirigentes más pragmáticos, después identificados con el reformismo, creían que, tras una guerra que había arruinado al país, había que poner fin al aislamiento internacional ofreciendo una cara más amable y aperturista del régimen —función que asumieron Rafsanyaní y Jatamí entre 1989 y 2005— para no renunciar a lo esencial: preeminencia del poder religioso, control político y discriminación de género. Por el contrario, los dirigentes más inmovilistas pensaban que cualquier apertura acarrearía el final del régimen y, tras la experiencia reformista de Jatamí, cerraron filas apostando por un candidato ultraconservador, antioccidental y populista para cerrar el paso al retorno de Rafsanyaní. Y Ahmadineyad supo movilizar la frustración de los sectores más pobres de la población y las redes clientelares del grupo conservador Abadgaran, que tenía la mayoría en el Parlamento, para convertirse en el primer presidente que no era un ayatolá. Contó también con la inestimable ayuda (se supone que involuntaria) de los neocons que incluyeron a Irán en el “Eje del Mal” y que con las ocupaciones de Afganistán e Irak contribuyeron a aislar todavía más a Teherán.

En este nuevo escenario, los reformistas se convirtieron en sospechosos de favorecer los intereses de Occidente y de traicionar la revolución, el icono del martirio para millones de excombatientes pobres de la guerra contra Irak. Pero en 2009, la apelación a los mártires de la guerra, a la vieja retórica del discurso islamista radical, pero conservador, y a una revolución que 20 años después se mostraba incapaz de mejorar la economía del país y el nivel de vida, ya no servía. Hizo falta, pues, utilizar todos los mecanismos del Estado para garantizar la reelección de Ahmadineyad, que fue contestada con denuncias de fraude por los reformistas, cuyos principales candidatos (Musavi y Mehdí Karrubí) permanecen en arresto domiciliario desde 2011.

Tras el segundo mandato de Ahmadineyad, la situación ha empeorado. Su obstinación en continuar con el programa nuclear iraní —supuestamente con finalidades civiles, para lo que cuenta con un apoyo no incondicional de Rusia y China— y, sobre todo, los efectos económicos derivados de las sanciones impuestas por Estados Unidos y la UE a las exportaciones de petróleo y a los seguros de los fletes, ya no permiten garantizar la paz social mediante una combinación de subsidios y puritanismo (Gilles Kepel). Las exportaciones de petróleo han caído de los 2,5 millones de barriles diarios en 2011 a los 1,5 millones de mediados de 2012, lo que supone una pérdida de casi 3.000 millones de dólares mensuales. La UE, que representaba el 20% del mercado de petróleo iraní, ha sustituido esas importaciones por las de otros países; también India y China, de donde proceden la mayoría de productos manufacturados que consume Irán, han reducido sus importaciones de crudo. Paralelamente, el precio del petróleo descendió en la primavera de 2012 y, tras una leve recuperación, se presenta a la baja desde febrero de 2013 (en abril, el barril de Brent se cotizaba por debajo de los 80 euros). En consecuencia, la inflación y el paro han crecido en los últimos años, al mismo tiempo que disminuía la productividad agrícola y el crédito, según reconocía incluso el principalista mejor situado, Yalilí.

Además Teherán también se enfrenta a un contexto regional cada vez más desfavorable. Sus dos principales aliados, el régimen de Bachar el Asad y Hezbolá, se juegan el futuro en Siria, conflicto que también está repercutiendo en las relaciones de Teherán con Ankara; mientras que Benjamin Netanyahu amenaza con una intervención militar —impensable sin Estados Unidos— para acabar con el programa nuclear iraní.

En definitiva, las elecciones se celebrarán en un marco de creciente malestar social: el pasado 5 de junio, en el funeral del ayatolá Jalaledin Taheri, se oyeron proclamas a favor de Musavi y Karrubí, y en contra del régimen. En contrapartida, el cada vez más reducido bloque de poder ha endurecido la represión y la censura, ha prohibido las antenas parabólicas y ha obstaculizado el acceso a Internet. La exclusión de Rafsanyaní ha indignado a la oposición e incluso una hija de Jomeini, Zahra Mostafavi, simpatizante de los reformistas, refiriéndose a Jamenei y Rafsanyaní, ha denunciado que, en lugar de trabajar juntos como deseaba su padre, “la gradual separación entre ustedes dos será el mayor golpe a la revolución”.

No hay duda de que las elecciones del 14 de junio son trascendentales para un bloque de poder cada vez más reducido e intransigente y para el futuro del país. Como tampoco hay duda de que en ese río revuelto donde colisionan el régimen y la oposición intentan pescar actores externos que, desde Riad a Washington, pasando por Tel Aviv y otras capitales árabes y occidentales, desearían reducir el poder regional y la influencia de Irán en Oriente Medio y Asia Central. Sería trágico que entre unos y otros ahogaran las legítimas aspiraciones de una población, mayoritariamente joven (edad media de 26,3 años; un 60% de la población tiene menos de 30 años), para la que la revolución de 1979 queda ya muy lejos y el régimen ha dejado de colmar sus expectativas de futuro.

Antoni Segura es catedrático de Historia Contemporánea y director del Centre d’Estudis Històrics Internacionals (CEHI) de la Universidad de Barcelona. Autor de Estados Unidos, el islam y el nuevo orden mundial. De la crisis de los rehenes a la primavera árabe (Alianza, 2013).

El País (Es) (España)

 


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