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26/12/2013 | El Papa de los zapatos viejos y gastados

Irene Hdez. Velasco

Ha renunciado a la pompa y esplendor propios de un Pontificado de corte imperial para acercarse a la gente. Sus simbólicas decisiones están cargadas de significado.

 

Gestos, son solo gestos. Pura demagogia, populismo mediático». Ésa es la principal crítica, repetida casi como un mantra, que conservadores y católicos tradicionalistas lanzan incansablemente desde hace nueve meses contra Francisco. Porque, a pesar de la oleada generalizada de ilusión desatada tras su elección como Papa el 13 de marzo de 2013, Bergoglio también tiene su grupito de incondicionales y enconados enemigos, quienes le acusan de ser un folclórico, el típico populista argentino, una especie de nueva versión de Evita Perón, un frívolo que con sus malditos gestos está desacralizando la figura del Sumo Pontífice.

Lo que no entiende toda esa gente es que eso que califican despreciativamente como «meros gestos mediáticos» son en realidad proclamas cargadas de significado. Nunca como con este Papa la estética y la ética se han complementado tan bien. Francisco es un ejemplo de coherencia absoluta: lo que se ve es lo que hay, lo que practica es lo piensa, el medio es el mensaje. Así que todos esos gestos que le acompañan desde la noche del Habemus Papam –cuando se asomó al balcón de la Basílica de San Pedro presentándose a sí mismo como simple «obispo de Roma», sin la pomposa muceta roja, con una sencilla cruz de plata sobre el pecho y con sus zapatos gastados de patear la calle, en lugar de los de fina piel roja tradicionales de los pontífices, tienen casi tanto valor programático como una encíclica y están marcando un cambio profundo. «Sin cambiar la letra, está logrando cambiar la música en el Vaticano», sentencia la revista Time, que no ha dudado en nombrarle también Hombre del Año.

«Los que dicen que son sólo gestos es que no han entendido nada», asegura con una sonrisa cómplice Elisabetta Piqué, corresponsal en Roma del diario argentino La Nación que conoce a Bergoglio desde que hace 12 años le entrevistara por primera vez y autora de Francisco. Vida y Revolución, la mejor y más completa biografía sobre Bergoglio, que en marzo saldrá a la venta en España de la mano de La Esfera de los Libros. «Renunciar al apartamento pontificio no es un gesto, es una acción que rompe con una tradición centenaria. Llamarse a sí mismo Obispo de Roma no es un gesto, es una decisión que marca un cambio profundo en la relación de la Iglesia católica con las demás Iglesias cristianas que no reconocen la supremacía del Papa y con los episcopados de todo el mundo. Abrazar a enfermos, besar a personas con graves deformidades, no son simples gestos, es tocar la carne de Cristo. Llevar su cruz de plata de siempre, su anillo de siempre, supone renunciar a la pompa y esplendor característico de un papado parecido a una corte imperial, alejado del pueblo de Dios e inaccesible a la gente. Y así podría seguir y seguir. Con Francisco termina una era y comienza otra», sentencia.

«El Papa no dice tanto cómo se deben de hacer las cosas: lo que dice es cómo vive él. Hace hablar la historia, su historia, y eso explica por qué conecta tan bien con personas alejadas de la fe. La gente ve en Francisco un hombre creíble, que no hace la lista de la doctrina sino que testimonia lo que dice», nos cuenta Dario Viganò, director del Centro Televisivo Vaticano (CTV). «Cada uno de sus gestos tiene gran impacto porque es verdadero, no es un actor».

Porque Francisco ya era así antes de ser Francisco. Cuando era arzobispo de Buenos Aires se cocinaba él mismo la comida, vivía en un apartamento normal y corriente en lugar de hacerlo en la sede del Arzobispado, renunciaba a cenas elegantes para estar junto a los más desfavorecidos y calzaba exactamente los mismos zapatos negros gastados que lleva a ahora. Se pateaba los barrios de chabolas, como hizo durante su viaje en julio a Brasil. Y dados sus antecedentes a nadie le debería sorprender que en la pasada Semana Santa, su primera como Papa, acudiera a un lavarle los pies a 12 chavales de un centro de reclusión de menores. En sus tiempos de arzobispo de Buenos Aires ya lo hacía.

Francisco, cuando era el cardenal Bergoglio, se movía en autobús. Así que también resulta congruente que haya renunciado al papamóvil con cristales blindados. Se desplaza por la plaza de San Pedro en un simple jeep abierto de color blanco, vehículo que también usó en su viaje a Brasil en julio pasado. Ya la misma tarde en la que fue elegido Papa llevó a cabo un pequeño acto de rebeldía: se negó a subirse al Mercedes reservado al Pontífice, prefiriendo ir en el autobús con todos los cardenales. Y cuando se tiene que desplazar tampoco hay manera de que use el Mercedes: se mueve en un simple utilitario, un Ford Focus azul metalizado. Y últimamente hasta se sienta en el asiento delantero, en plan copiloto... Por no hablar de lo que hizo el pasado 17 de este mes, cuando cumplió 77 años: lo celebró desayunando con cuatro sintecho, incluido el perro de uno de ellos.

Pero la prueba irrefutable de que Bergoglio sigue siendo el mismo es que continua siendo amigo de sus amigos. Les llama para felicitarles por su cumpleaños, para saber de su vida, para preguntarles cómo están, para saber cómo crecen sus hijos... La propia Elisabetta Piqué no se lo podía creer cuando al día siguiente de la elección de Francisco recibió en su teléfono móvil la llamada de un número desconocido. Estaba convencida que sería alguna cadena de radio que la quería entrevistar, ya que había sido la única periodista que publicó que Bergoglio tenía serias posibilidades de salir del Cónclave convertido en Pontífice. Pero se equivocó: quien la llamaba era el Papa en persona.

Los gestos de Francisco son innumerables y no dejan de crecer, porque constituyen su propia vida. Comienzan con su humildad personal, por presentarse siempre al mundo como uno más: como un pecador que necesita que los demás recen por él. Y continúan con la simplicidad de su mensaje, accesible a todos, directo. «Buenas noches», fue lo primero que dijo al asomarse aquella noche del 13 de marzo pasado al balcón de San Pedro, dejando boquiabierto al mundo. Por no hablar de sus ya famosos «Buenos días, hermanos y hermanas» con que arrancan sus catequesis y el «Buen almuerzo y hasta la vista» con que ya es tradición que se despida después de los Ángelus de los domingos. Pero, además de ser esencial y comprensible, el mensaje de Francisco tiene otra característica: es alegre, optimista. El Papa ha repetido en numerosas ocasiones que no quiere fieles ni curas «con cara de pepinillos en vinagre».

Y otra gran particularidad de Bergoglio: su mensaje no es una entelequia teológica. Francisco es un Papa que habla de asuntos de la realidad de hoy, de cuestiones cercanas que tocan a diario la realidad de la gente: un Papa que un día sí y otro también clama contra el desempleo, denuncia las injusticias, critica la corrupción, da la cara por los excluidos, pone el grito en el cielo contra el «escándalo» del hambre en un mundo que desperdicia comida, que nos recuerda el drama de la inmigración, carga contra las guerras, arremete contra la droga, despotrica contra el tráfico de seres humanos... Además, Francisco habla, se esfuerza por dar a conocer su mensaje. Desde su elección como Pontífice ha dado cuatro entrevistas, por no hablar de la rueda de prensa de ¡hora y media! que ofreció en el vuelo de regreso a Roma desde Brasil y en la que aceptó todo tipo de preguntas sin ningún filtro previo. Además, su decisión de vivir en la residencia Santa Marta en lugar de hacerlo en el apartamento pontificio ha provocado otro pequeño terremoto: en lugar de oficiar misa diariamente en la capilla privada de los Papas, a puerta cerrada, Francisco dice misa en la capilla de la Domus Santa Marta, abierta a todos los empleados vaticanos. Y no sólo eso: Radio Vaticana retransmite a diario esas misas, por lo que a diario hay una homilía del Papa cargada de contenido y de titulares.

Los gestos de Francisco se están traduciendo en cambios. En el Vaticano, por ejemplo, ya no se ven cardenales a bordo de automóviles de lujo, ni llevando en el pecho una de esas aparatosas cruces de oro y piedras preciosas. Al fin y al cabo éste es un Papa que practica la austeridad y que casi a diario alza su voz contra el fetichismo del dinero y contra la perversidad del sistema capitalista, lo que le ha valido ser acusado de marxista por algunos sectores conservadores estadounidenses. Aunque Bergoglio solo lleva nueve meses como Papa la sensación generalizada es que es como si hubieran pasado años, dado el nuevo espíritu que está consiguiendo inculcar a la Iglesia y que consiste precisamente en una vuelta a sus orígenes, a sus principios esenciales.

"Misericordina"

El nuevo estilo de Francisco está introduciendo innovaciones a la hora de trasladar las enseñanzas del Evangelio jamás vistas antes en la Iglesia.


  • - El Papa argentino no duda en utilizar las estrategias de la mercadotecnia y el humor para lograr que su mensaje cale entre los fieles.
  • - Hasta el punto de inventar el "marketing espiritual" al repartir cajas de "Misericordina" en la plaza de San Pedro, un "medicamento contra los males del mundo", que no era otra cosa que un rosario y una estampa.
  • - El "tirón" mediático de Francisco ha llegado a tal nivel que su nombre ha sido la palabra más comentada en Facebook en 2013.

Estilo de impacto

Por José María Gil Tamayo*

Raro es el día en el que el Papa no nos ofrezca un generoso titular y suscite con él una nueva curiosidad en esta corriente de aire tan peculiar que llamamos opinión pública. Francisco es mirado con asombro y simpatía. Pero esta luna de miel del Papa, y por ende de la imagen de la Iglesia en los medios no puede interpretarse en clave de ruptura hasta contraponerse con la trayectoria de los papas anteriores. Al contrario, aunque hay una gran novedad y renovación en este Papa, lo es en la continuidad. Así ocurren las cosas en la Iglesia. El texto es el mismo; cambian los acentos. Es lo que está ocurriendo con el Papa en algo tan esencial en la misión de la Iglesia como la evangelización. Así en la continuidad de la sucesión apostólica en el servicio Papal, el Beato Juan Pablo II habló en 1983 de «nueva» evangelización y de la necesidad de llevarla a cabo con «nuevo ardor, nuevos métodos y nuevas expresiones». Benedicto XVI recogió el testigo y destacó de la necesidad de una Iglesia misionera, en la que la nueva evangelización se pusiese en práctica con la frescura y la fascinación que irradia el redescubrimiento de Dios en una sociedad secularizada.

Y antes de ellos el Papa Pablo VI, bebiendo directamente de las fuentes del Concilio Vaticano II, reactivó en toda la Iglesia un verdadero empeño evangelizador con su Evangelii Nuntiandi, de la que el Papa Bergoglio ha llegado a comentar que es el documento pontificio más importante para la Iglesia en los últimos 100 años y que constituye una importantísima fuente inspiradora de su Pontificado, como se comprueba en su Evangelii Gaudium. Aunque el Papa no usa apenas el término «nueva» referido a la evangelización, sí es esta tarea la más urgente para él, a la que incorpora, con gran originalidad, las referidas tres dimensiones, tan comunicativas, («ardor» «métodos» y «expresiones») en la novedad del estilo pontificio que introduce.

Nuevo ardor en cada una de sus palabras, sobre todo en sus homilías en Santa Marta, que desgranan, con su decir cálido, directo e interpelante, los textos bíblicos de la misa de cada día, transformándolos en el tono preciso de vibrante exigencia apostólica. Nuevos métodos en una especie de sermo humilis (discurso humilde), con un lenguaje coloquial, de la calle, sintético y diáfano, desconocido en los ambientes curiales y que, a la vez posee gran facilidad para su difusión masiva. Y nuevas expresiones, que han venido en llamarse los bergoglismos, en esas mismas palabras y frases: la Iglesia baby-sitter, Dios-spray, primerear, balconear, hacer lío, misericordiar… Nuevos términos que traen de cabeza a los traductores y que impactan a la sociedad de la información, que pide estos golpes de efecto, y los exige en 140 caracteres. Pero sobre todo, el gancho comunicativo de Francisco está en que ha logrado hacer coincidir de forma natural la identidad del Papa con su margen pública, la que percibe la gente sin trampa ni cartón. Es como aparece.

* José María Gil Tamayo es portavoz de la Conferencia Episcopal Española.

El Mundo (España)

 



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