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27/09/2014 | Malas noticias para América Latina

América Economía Staff

Generoso ha sido hasta ahora el siglo XXI para América Latina. Entre 2000 y 2012, la región vivió 12 años de sostenido crecimiento que ayudaron a sacar de la pobreza a unos 60 millones de latinoamericanos y convirtieron en billonarios a medio centenar.

 

América Latina no ha sido una excepción: las buenas noticias han llegado de todo el mundo en desarrollo. En los diez primeros años de este siglo, los países de Africa, el Medio Oriente, Europa Oriental, América Latina y Asia -sin contar a China, que distorsiona cualquier estadística- crecieron 4,5 puntos porcentuales por encima del crecimiento de las naciones industrializadas.

De mantener ese ritmo, el mundo en desarrollo alcanzaría la riqueza per cápita de Estados Unidos en 30 años.

Sin embargo, tanta suerte no podía durar. El crecimiento perdió su ritmo hace un par de años y los más recientes pronósticos del FMI, publicados hace unas semanas, volvieron a corregir hacia abajo las expectativas para casi todas las economías latinoamericanas. De acuerdo con la metodología del Programa de Comparación Internacional (International Comparison Program, ICP) del Banco Mundial, las nuevas cifras ponen el crecimiento del muindo en desarrollo -sin contar a China- en 0,39 puntos porcentuales por encima de los países desarrollados. A ese ritmo, tardaríamos 300 años en alcanzar la riqueza de Estados Unidos.

Más allá de los pronósticos de largo plazo, lo cierto es que América Latina crecerá menos de 2% este año. Y no se trata sólo de las economías fiscalmente irresponsables -Argentina, Brasil y Venezuela están en recesión- sino también de las estrellas regionales, como Chile y Perú, que han pasado de velocidad de crucero a paso de tortuga. Hace una semana, el gobierno peruano anunció la renuncia de su ministro de Hacienda, Luis Miguel Castilla, mientras su colega chileno, Alberto Arenas, lograba resistir los embates para que renunciara. Y en México, las prometedoras reformas de Enrique Peña Nieto siguen siendo eso: promesas.

La principal causa del frenazo latinoamericano es la misma que causó la aceleración de la década pasada: la demanda china. Mientras China crecía a tasas de más del 10% anual, construyendo ciudades a un ritmo jamás conocido en la historia y aumentaba a la par el consumo de sus casi 1.400 millones de habitantes, se mantuvieron altos los precios del cobre, el hierro, la soja y otras materias primas que siguen siendo el sustento de los países latinoamericanos.

Tanto duró el boom de las materias primas que el ciclo de precios altos se convirtió en superciclo. Y no faltaron quienes dijeron que los precios altos eran permanentes y que hablar de “valor agregado” para las exportaciones era un concepto tan pasado de moda como la dañina política industrial nacionalista de “sustitución de importaciones” que impulsó la Cepal en los años 60.

La realidad, que a veces tiene la mala costumbre de contradecir a las más inteligentes teorías, ha dado muerte al superciclo de las materias primas. El ciclo puede haber sido más largo que los anteriores, pero era un simple ciclo al fin y al cabo. Y con China creciendo a tasas del 7% o menos, se ha moderado la demanda por las materias primas que exportamos, bajando sus precios y, con ellos, nuestros ingresos.

Es fácil caer en la inacción fatalista aduciendo que las economías latinoamericanas están en manos de variables que no pueden controlar y por lo tanto es poco y nada lo que se puede hacer. El hecho es que algunos países de la región enfrentan los actuales problemas en una posición macroeconómica holgada mientras otros entran a un túnel que pareciera no tener salida.

Lo que marca la diferencia es en primer lugar la responsabilidad fiscal, algo que comparten las economías liberales que miran al Pacífico, como Chile, Perú, Colombia y México. Pero tener las cuentas en orden no es prerrogativa de esas economías liberales.

Los gobiernos de Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia pueden ser criticados por no abrirse al comercio internacional y oponerse al capital privado, pero han puesto en marcha políticas de ahorro fiscal. La gran diferencia entre los gobiernos de Lula y Dilma Rousseff en Brasil ha sido que el primero tuvo voluntad contracíclica. Y la irresponsabilidad fiscal de Chávez y Maduro en Venezuela, y Cristina Kirchner en Argentina, auguraba pan para hoy y hambre para mañana. Venezolanos y argentinos ya dejaron de vivir el hoy porque ha llegado el mañana.

Tener las cuentas en orden no es lo único que se puede hacer para enfrentar los ciclos de vacas flacas y vacas gordas. Otra acción necesaria es la decisión de poner en marcha políticas contracíclicas que permitan ahorrar y moderar el crecimiento durante la etapa ascendente para luego gastar ese ahorro y suavizar la desaceleración durante los años malos. Esto es particularmente importante en los países que dependen en alto porcentaje de la exportación de materias primas y donde la producción y venta de esas materias primas está principalmente en manos del estado. Un buen ejemplo de medida contracíclica se puede ver en Chile, país que hace ya más de dos décadas creó su fondo de estabilización del cobre.

Otra cosa que pueden y deben hacer con urgencia los países latinoamericanos es aumentar la productividad, variable en la cual América Latina se ha estado quedando sostenidamente atrás. En 1960, según cifras del Banco Interamericano de Desarrollo, la productividad en un país latinoamericano promedio equivalía al 73% de la productividad de Estados Unidos. En 2010, la productividad latinoamericana había bajado al 52% de la estadounidense.

Las causas de esta baja son archiconocidas: la educación sigue siendo mala en todos los países de la región, en todos es insuficiente la inversión en infraestructura, en la gran mayoría hay excesiva burocracia e ineficiencia institucional, en muchos falta acceso al crédito y en algunos no hay libre competencia.

Otra cosa que ha fallado es la inacción o inefectiva acción del estado en cuanto a políticas de estímulo para el desarrollo de sectores o empresas de más alta productividad.

Las políticas de fomento vigentes en América Latina hasta los años 80, dice un reciente estudio del BID, fracasaron porque promovían principalmente la sustitución de importaciones, protegiendo a sectores y empresas locales de la competencia de empresas extranjeras. Eso fomentó la ineficiencia y baja productividad.

Ese error ha dado mala fama a la intervención estatal en los sectores productivos, dificultando la puesta en marcha de políticas de estímulo beneficiosas, como las que implementaron los llamados “tigres asiáticos” en los años en que América Latina experimentaba con la sustitución de importaciones. La región necesita hoy políticas que estimulen el desarrollo productivo de sectores con ventajas comparativas o competitivas latentes cuando el mercado no haya logrado hacerlo.

Innovación es lo que se necesita en cualquier sector con ventajas competitivas o comparativas latentes que el libre mercado no ha logrado desarrollar. Lamentablemente, América Latina también está muy atrás en innovación. La región gasta en investigación y desarrollo menos de la mitad de lo que gastan los países desarrollados, que además tienen siete veces más investigadores per cápita que los países latinoamericanos. Una medida relativamente simple para estimular la investigación y el desarrollo sería dar exención tributaria a la contratación de investigadores por parte de las empresas y a los joint ventures entre universidades y empresas.

Los gobiernos de la región debieran también estudiar y replicar casos exitosos de intervención estatal para estimular industrias innovadoras. Un ejemplo es el del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) de Argentina, que ayudó a los agricultores de ese país a desarrollar cepas más productivas de arroz.

La verdad es que muchas de las historias de éxito empresarial latinoamericano de los últimos 30 años han sido casos de intervención estatal. Embraer, la fabricante brasileña de aviones que hoy compite en algunos nichos con Boeing y con Airbus, fue obra de una agencia estatal de desarrollo tecnológico. Chile es hoy el segundo productor mundial de salmones, industria que era inexistente hace 40 años y que ha sido obra de Fundación Chile, una agencia pública para estimular el sector privado.

Es un error subsidiar a industrias o sectores en declinación, no competitivos o sin potencial, como han hecho recientemente Argentina o Brasil, y como hicieron todos los países latinoamericanos en el pasado.

América Economía (Chile)

 



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