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06/12/2014 | Tabaré, Michelle, Evo, Dilma y etc.

América Economía Staff

El sólido triunfo de Tabaré Vásquez en las recientes elecciones presidenciales de Uruguay, con casi 54% de los votos en segunda vuelta, frente al centro derechista Luis Lacalle, es un espaldarazo para el gobierno de su inigualable antecesor, José “Pepe” Mujica.

 

El triunfo de Vásquez se debe en gran parte al amor que una gran mayoría de los uruguayos siente por el saliente Mujica, quien desde que asumió la presidencia en 2009 dio la espalda al protocolo y a los símbolos del poder, prefiriendo su casa de techo de zinc al palacio presidencial; conduciendo su Volkswagen escarabajo en lugar de los vehículos oficiales y donando el 90% de su salario a organizaciones de caridad. Famoso mundialmente por liderar la legalización de la marihuana en su país, Mujica presidió también la legalización del aborto y logró reducir la pobreza en un país de pobreza ya reducida. Pero no sólo eso: la tasa de crecimiento de Uruguay el año pasado fue de 4,4%, casi el doble del promedio regional.

La mayoría que tiene el Frente Amplio en el Congreso también ayudó a inclinar la balanza a favor de Tabaré: los pragmáticos uruguayos no favorecerían a un candidato cuyos proyectos no se iban a poder concretar.

Pero hubo un tercer motivo para que Tabaré tuviera el favor de los votantes, y no se trata de un motivo menor: el candidato ya había sido presidente entre 2005 y 2010. Dirigió los destinos del país durante los mejores años del boom de los commodities que impulsó el crecimiento de toda América Latina durante la década pasada. Y sus programas sociales ayudaron a repartir, de modo que hay de él un buen recuerdo de bonanza y crecimiento. Y ahora que las cosas ya no se ven tan bien, Tabaré encarna la nostalgia de las vacas gordas que con él podrían regresar.

Pero Vásquez no es el único presidente sudamericano que se repite el plato. De hecho, con él son siete los presidentes de países de América del Sur que están hoy en el poder por segunda vez: Tabaré Vásquez en Uruguay, Michelle Bachelet en Chile, Evo Morales en Bolivia, Dilma Rousseff en Brasil, José Manuel Santos en Colombia, Cristina Fernández en Argentina y Rafael Correa en Ecuador. En Sudamérica hay diez países (si dejamos fuera a las Guayanas), de modo que el 70% de los jefes de Estado de la región son reincidentes. Y dos de ellos, el boliviano Evo Morales y el ecuatoriano Rafael Correa, ocupan la presidencia por tercera vez

No es mucho lo que tienen en común estos jefes de Estado. Los hay izquierdistas, como las tres mujeres; derechistas como el colombiano Santos. Los hay autoritarios como Correa y Morales; bonachones como el uruguayo Tabaré.

Lo que sí tienen en común muchos de estos países es que en la feliz década pasada de boom de commodities, varios presidentes reformaron sus sistemas políticos para instaurar la reelección y reelegirse ellos mismos, como sucedió con Álvaro Uribe en Colombia. Una reforma similar le ha permitido a Evo Morales ser presidente por tres períodos consecutivos, aunque él mismo diga que han sido solo dos. Y el sistema permite que ex presidentes que recién dejaron el poder, como el chileno Sebastián Piñera, ya estén planificando su regreso al poder.

Nada de esto habla bien de las democracias latinoamericanas. La falta de rostros nuevos en las cúpulas del poder político muestra cuán poco permeables son los partidos tradicionales a renovar a sus líderes e incorporar nuevas ideas. Ver que la mayoría de los presidentes de la región están en el poder por segunda o tercera vez hace pensar más en dinastías monárquicas que en regímenes democráticos.

Tampoco se puede decir que los pueblos han estado felices con sus gobernantes. En Brasil y Colombia, por ver los ejemplos más recientes, los presidentes candidatos tenían más gente a favor que en contra, y el resultado de las urnas se volcó finalmente en su favor a causa de la incertidumbre que surgía de los candidatos opositores. En ambos países se votó con el viejo adagio de más vale diablo conocido.

Y no son sólo ellos mismos: algunos caen en la tentación dinástica, como el peruano Alberto Fujimori, que nombró a su hija Primera Dama y luego la postuló a la presidencia. Néstor Kirchner, por su parte, logró que lo sucediera su esposa Cristina. O quizá fue ella quien logró que su marido la antecediera y le pavimentara el camino. Algo parecido habría sucedido en Uruguay si hubiera ganado el contendor de Tabaré Vásquez, Luis Alberto Lacalle, hijo del ex presidente del mismo nombre que gobernó el país entre 1990 y 1995.

Es cierto que un período de cuatro años puede ser corto para un mandato presidencial, como lo prueba Estados Unidos, donde casi todos los presidentes cumplen dos períodos sin trauma para la democracia. Pero en América Latina las reformas constitucionales y legales que se han visto para permitir reelecciones por tres o cuatro veces -como hizo Chávez con éxito en Venezuela- no huelen bien.

Tal vez el camino sea períodos presidenciales de seis años sin reelección. Ni consecutiva ni intercalada. Colombia acaba de dar un ejemplo democrático al eliminar la reelección presidencial y muchos altos cargos públicos, claro que al poco tiempo de que Juan Manuel Santos haya asegurado su reelección.

Lo otro sería mirar a las excepciones, los tres países donde los presidentes son nuevos: Paraguay, Perú y Venezuela. Pero quizá no sea ésta una buena idea. Nicolás Maduro es simplemente una reencarnación -y peor, una reencarnación con todo lo malo y nada de lo bueno- de Hugo Chávez. Y en Perú, los ex presidentes Alejandro Toledo y Alan García (dos veces ex presidente) hacen cola para retornar en 2016. Habría que descontar, entonces, a Perú y Venezuela. Nos queda como única honrosa excepción de nuevo liderazgo, Paraguay.


América Economía (Chile)

 



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