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20/01/2015 | Grecia - De teniente a 'sin techo'

Irene Hdez. Velasco

Dimitri es inquilino del Hotel Ionis, reconvertido en albergue para indigentes en Atenas. La crisis 'degradó' al militar, al que el ejército denegó una pensión.

 

El viejo hotel Ionis, en los alrededores de la plaza Omonia en Atenas, es feo, destartalado y sin ningún encanto. Sin embargo, la lista de espera para poder alojarse en una de sus tristes y deslucidas habitaciones es interminable. Pero, por desgracia, el Ionis tiene la clientela más fija y estable del mundo. Hasta el punto de que es más fácil que alguno de sus 140 huéspedes salga de allí muerto, con los pies por delante, antes de que abandone el lugar caminando sobre sus dos piernas.

El último cliente en irse del Ionis fue Nikos Muyurif: en noviembre pasado ya no aguantó más y se suicidó tirándose desde el quinto piso del hotel. Tenía 45 años, estaba separado, con dos hijos... Llevaba tiempo en paro, condenado a la miseria absoluta a causa de la crisis que desde hace siete años se ceba con Grecia. Le habían prometido un trabajo, estaba ilusionado, creía que tal vez esta vez lograría por fin volver a salir a flote. Pero al final la cosa no cuajó. Nikos se hundió y decidió poner el punto final a su vida.

El Ionis, situado en el número 41 de la calle Chalkokondili, fue una vez fue un bullicioso hotel de tres estrellas repleto de turistas despreocupados y felices. Hoy es un lugar sombrío y absolutamente deprimente: después de que echara el cierre en 2012 (su página web, www.ionishotel.gr, aún sigue pululando como un fantasma por el ciberespacio), fue reconvertido en uno de los cinco albergues puestos en marcha por el Ayuntamiento de Atenas para acoger a los 'sin techo', y que se quedan pequeños ante la enorme magnitud del problema. Al fin y al cabo uno de cada tres griegos vive por debajo del umbral de la pobreza, según publicó en julio pasado la agencia nacional de estadística Elstat.

Todos los que viven en el Ionis sueñan con que un día encontrarán un empleo y podrán abandonar el lugar con paso firme para irse a vivir a su propia casa. Pero el tiempo pasa y los sueños no se cumplen. "La cruda realidad es que son muchos más los que salen del hotel porque se mueren que porque han encontrado trabajo", nos cuenta en su bastante decente inglés Dimitri Goygoy. "Muchos más", enfatiza. "Porque se suicidan, como Nikos, o porque están enfermos y fallecen. Por lo que no se va casi nadie es porque ha logrado encontrar un trabajo y salir de la pobreza".

De la clase media a la mendicidad

Dimitri tiene 38 años y lleva uno y medio en el Ionis. Hasta no hace mucho era un señor teniente del Ejército griego, un respetable militar con un sueldo, un perfecto representante de eso que se llama la clase media. "Entré en el Ejército en 2003, pero en 2010 empecé a tener problemas en la rodilla y tuve que dejarlo", asegura mientras comienza a desgranar el relato de su viaje a las profundidades de la indigencia. Se metió en juicios para tratar de conseguir que el Estado griego le concediera una pensión por invalidez. Pero perdió. "Ya sabes, es la historia de siempre: el grande gana al pequeño. Y yo era nada ante una maquinaria como la del Ejército. Me liquidaron en un abrir y cerrar de ojos. Los abogados cuestan dinero, y yo no tenía", asegura, chasqueando la lengua.

No le quedó otra que irse a vivir con su madre. Pero la mujer no sólo tenía graves dificultades económicas, no sólo a duras penas conseguía mantenerse ella misma. Además, tenía problemas psicológicos. "Tres intentos de suicidio", resume Dimitris. Hizo la maleta y estuvo durante un tiempo viviendo de la generosidad de los amigos. En especial de uno de ellos, un guardia de seguridad que le abrió las puertas de la casa que compartía con su madre. "Estuve con ellos tres años. Pero a él acabaron echándole del trabajo y con la pensión de su madre no llegaba para vivir los tres, así que me tuve que ir a buscarme la vida". Cinco meses estuvo durmiendo en un coche abandonado. Hasta que acabó aquí, en el Ionis. Tuvo suerte: se calcula que en el área metropolitana de Atenas hay unas 2.500 personas que duermen en la calle. Al menos en el Hotel Ionis Dimitri tiene una habitación (que comparte con otro 'sin techo'), agua caliente y tres comidas al día.

"Mi sueño es poder mirarme al espejo antes de irme a la cama y decirme a mí mismo que he tenido un buen día, que lo he pasado bien", confiesa. Porque, por ahora, los días de Dimitri son una pesadilla que se repite idéntica jornada tras jornada: se levanta, busca trabajo, no lo encuentra, se va a dormir tratando de pensar que mañana tal vez cambie su suerte... y vuelta a empezar, en una espiral sin fin. "Poder acostarme un día sintiéndome una hombre satisfecho, eso es todo lo que pido", remacha". ¿Qué a quién voy a votar el próximo domingo en las elecciones generales griegas? No pienso votar. No me fío de ninguno, no me creo lo que dice ninguno. Ya no".

El Mundo (España)

 



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