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24/08/2015 | La irrupción del trumpismo

América Economía Staff

Poco más de 800.000 mexicanos, legales e ilegales, emigraron a Estados Unidos en el cuatrienio 2008-2012, según cifras de la Oficina del Censo estadounidense. En los cuatro años previos, fueron 1,9 millones. El número de inmigrantes mexicanos a Estados Unidos en el último cuatrienio medido, entonces, disminuyó 57% respecto del período anterior.

 

La creciente avalancha de mexicanos ilegales, que según el billonario Donald Trump hay que detener con una muralla de 3.200 kilómetros de largo, simplemente no existe.

Pero la realidad no parece importarle a Trump. Falsas son prácticamente todas las cifras económicas, financieras, demográficas y sociales que ha esgrimido como armas de guerra tras lanzar su candidatura en junio. Y con total soltura de cuerpo inventa cifras, insulta a compañeros de partido, deja en ridículo a otros candidatos republicanos, menosprecia a un héroe de la guerra de Vietnam como John McCain, acusa a una entrevistadora televisiva de haberle hecho preguntas hostiles porque estaba menstruando y opina que los mexicanos son unos narcotraficantes violadores.

Cuando le preguntan por cualquier tema de relaciones internacionales o de políticas públicas, desde el presupuesto de educación y la amenaza de ISIS hasta el cierre de plantas manufactureras o el reciente acuerdo nuclear con Irán, su respuesta es siempre la misma: las cosas están pésimo y yo las voy a arreglar.

Trump no explica por qué están pésimo las cosas ni cómo las va a arreglar. Pero cuándo lo presionan, tiene la respuesta instantánea. El problema de los inmigrantes ilegales lo va a solucionar terminando de construir una muralla en la frontera y hará que los mexicanos paguen por su construcción. Y cambiará la legislación y la Constitución si es necesario, para impedir que los hijos de mexicanos tengan ciudadanía por el mero hecho de nacer en Estados Unidos.

Populismo demagógico y racista acompañado de ángel televisivo: Trump habla sin filtros e inventa cifras y datos con tal espontaneidad y seguridad en sí mismo que parece estar diciendo la verdad. Y le está dando buenos resultados.

De populismo, los latinoamericanos sabemos algo. Trump no es primer político que escuchamos que usa el torrente de conciencia como herramienta para ganar partidarios. El ex presidente venezolano Hugo Chávez gobernó a punta de exabruptos de espontaneidad radical y sus adeptos se los celebraban todos. Cristina Kirchner también dice lo primero que se le ocurre , combinando a la perfección la ignorancia y el aplomo. Pero estos antecedentes latinoamericanos del trumpismo no fueron buena noticia para sus países.

Trump tampoco es buena noticia para Estados Unidos. No es bueno que encabece las encuestas un señor que lanza granadas y habla estupideces mañana, tarde y noche.

Nadie en su sano juicio piensa que llegue a ser presidente y no llegará a serlo. Encabeza las encuestas iniciales, pero Trump es demasiado díscolo para cualquier partido político y no entiende que gobernar significa diálogo, negociación y acuerdos. Si el partido no lo nombra candidato, podría postularse como candidato independiente. Si lo hace, dividirá a los republicanos y dará la presidencia en bandeja a los demócratas, cuya candidata casi segura es Hillary Clinton.

El talento mediático ha ayudado a Trump, pero no explica su irrupción en el escenario presidencial. Que el 20% de los republicanos lo vean como una opción viable es síntoma de una dolencia de fondo en la sociedad estadounidense.

Trump atrae principalmente a gente que desconfía de los políticos. En especial a esa masa de blancos que han pasado de la clase media a la pobreza tras perder sus empleos por causa de los inmigrantes dispuestos a trabajar por menos dinero y a las fábricas que han emigrado hacia otros países por causa de la globalización.

La economía estadounidense se recuperó bien tras la recesión de 2008-2009, pero esa recuperación no se ha notado en el empleo ni en las remuneraciones de los trabajadores norteamericanos. Y el estrato demográfico más golpeado ha sido ahí el de los hombres blancos sin educación. Trump se ha hecho eco del resentimiento de este grupo, que una generación atrás tenía empleo seguro, una mujer obediente e hijos que podía modelar, y que hoy se ha quedado sin empleo, sin dinero, con una esposa que se divorció e hijos que no lo respetan.

Los hombres blancos sin educación y que además se han quedado sin trabajo por lo general son simples, desinformados, opinantes y belicosos. Como Donald Trump.

Para ellos, Estados Unidos equivocó el camino hace mucho tiempo. El hecho de que las fábricas se hayan ido al extranjero, y que extranjeros sean quienes los han reemplazado como trabajadores agrícolas, choferes de taxi, cocineros, obreros de la construcción, los ha vuelto xenófobos. Y su resentimiento es comprensible: hay tantos extranjeros en los trabajos manuales que los pocos blancos que se emplean allí se sienten totalmente fuera de lugar.

Esa xenofobia o racismo hace que para este grupo, los dos candidatos más representativos de la máquina política republicana -Jeb Bush y Marco Rubio- sean vistos como parte de la invasión de extranjeros que les quitó su lugar. Rubio es el sueño americano by way of Havana y Bush habla en español con su esposa mexicana.

Otra fuente de resentimiento para este grupo es la división de clases sociales existente. Y no se trata de la creciente brecha de ingresos entre ricos y pobres, sino la diferencia entre las élites que manejan la política, los medios de comunicación, internet, el espectáculo, que tienen estilos de vida ultra liberales y que parecieran mirar con desprecio a los demás.

Estas élites tienen dinero pero pareciera que no le dan importancia. No son ostentosos ni hacen gastos extravagantes. Trump, que heredó una fortuna de su padre y podría integrar esa élite, ha optado por portarse como el tipo que recién se ganó la lotería. Pongamos láminas de oro por todas partes y mi nombre grabado en mármol por favor. Esa actitud está mucho más cerca de las clases bajas, que ven el decoro de las élites como hipocresía condescendiente.

Trump ha convertido a los hombres blancos sin educación de victimarios en víctimas. Se ha atrevido a vocear sus quejas. Y cuando Trump dice que todo está mal en Estados Unidos, está diciendo que las cosas están mal para ellos. Y ellos están de acuerdo en que todo está mal.

A Trump hay que leerlo como un síntoma de los ajustes por lo que está pasando la economía y la sociedad estadounidense a medida que se profundiza la globalización y países emergentes como China toman un lugar relevante. Su racismo y Méxicofobia, que se extiende al resto de los latinos, revela una corriente al interior de la sociedad estadounidense que es preocupante, pero minoritaria. Es un fenómeno similar al del ascenso de la extrema derecha en Europa, racista y anti-inmigración. Y revela que Estados Unidos no ha podido adecuarse a la globalización de sus empresas, que no ha sabido suavizar las diferencias sociales que la globalización ha producido en su propio territorio.

Hay que ver hasta dónde llega este malestar del que hoy se aprovecha Trump. Pero este payaso con dinero, como lo ha llamado Mario Vargas Llosa, no llegará a ser presidente. Lo más probable es que el candidato republicano sea Jeb Bush y la candidata demócrata sea Hillary Clinton.

Pero que sean el tercer Bush y el segundo Clinton que van a la presidencia tampoco habla muy bien de la igualdad de oportunidades. Estados Unidos tiene tareas pendientes.

América Economía (Chile)

 



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