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Dossier Francisco I  
 
30/09/2015 | La cultura del descarte

Martín Espinosa

NUEVA YORK.- Ha sido muy insistente el papa Francisco con motivo de su visita a Cuba y EEUU, en lo que él mismo ha llamado la “cultura del descarte”. ¿Y a qué se refiere con ello?, a la discriminación que sufre el ser humano a manos de él mismo y que provoca que los débiles sufran todo tipo de vejaciones, lo cual no es aceptable bajo ningún argumento porque la injusticia no ha tenido justificación.

 

Al hablar el viernes pasado en la ONU, frente a más de 70 jefes de Estado y de Gobierno de los países representados en el organismo Francisco fue contundente al señalar que “hay un imparable proceso de exclusión que impacta a los más débiles”, dijo. “Vivienda propia, trabajo digno y bien remunerado, alimentación adecuada, agua potable, libertad religiosa y más en general de espiritualidad y educación, al mismo tiempo estos pilares del desarrollo humano integral tienen un fundamento común que es el derecho a la vida y al derecho a la existencia de la misma naturaleza humana”. Una agenda cargada de advertencias para la humanidad en el sentido de que si no corregimos el rumbo desapareceremos. Hasta ahí llega la teoría “del descarte” del papa. Y mucha relación tienen los argumentos teológicos de Bergoglio con su Encíclica Laudato si cuando afirma que “para todas las creencias religiosas el ambiente es un bien fundamental. El abuso y la destrucción del ambiente van acompañados de la exclusión. Un afán ilimitado de poder y bienestar familiar lleva a abusar de los recursos materiales disponibles como a excluir a los débiles. Ya sea por tener capacidades diferentes o porque están privados de los conocimientos adecuados”. Y luego expone la contundencia de sus argumentos: “Ante todo, hay que afirmar que existe un verdadero «derecho del ambiente» por un doble motivo. Primero, porque los seres humanos somos parte del ambiente. Vivimos en comunión con él, porque el mismo ambiente comporta límites éticos que la acción humana debe reconocer y respetar. El hombre, aun cuando está dotado de «capacidades inéditas» que «muestran una singularidad que trasciende el ámbito físico y biológico» (Laudato si’, 81), es una porción de ese ambiente. Tiene un cuerpo formado por elementos físicos, químicos y biológicos, y sólo puede sobrevivir y desarrollarse si el ambiente ecológico le es favorable. Cualquier daño al ambiente, es un daño a la Humanidad. Segundo, porque cada una de las criaturas, especialmente las vivientes, tiene un valor en sí misma, de existencia, de vida, de belleza y de interdependencia con las demás criaturas. Los cristianos, junto con las otras religiones monoteístas, creemos que el Universo proviene de una decisión de amor del Creador, que permite al hombre servirse respetuosamente de la creación para el bien de sus semejantes, pero que no puede abusar de ella y mucho menos está autorizado a destruirla. Para todas las creencias religiosas, el ambiente es un bien fundamental (cf. ibíd., 81). La crisis ecológica, junto con la destrucción de buena parte de la biodiversidad, puede poner en peligro la existencia misma de la especie humana. Las nefastas consecuencias de un irresponsable desgobierno de la economía mundial, guiado sólo por la ambición de lucro y de poder, deben ser un llamado a una severa reflexión sobre el hombre: «El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza»”, diría el papa.

Excelsior (México)

 



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