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01/12/2015 | Argentina - Bienvenido, Mauricio Macri

América Economía Staff

Habría que ser ciego para pensar que el argentino Mauricio Macri (56) es un líder carismático. Desapasionado, sonríe poco y en las reuniones parece distante. Sin mayores entusiasmos ni odios, no confrontacional en un país polarizado, deslucido en sus discursos, a veces parece más anti candidato que candidato. Y, sin embargo, fue elegido diputado primero, luego alcalde de Buenos Aires, reelegido como alcalde. Y ahora, el 10 de diciembre, asume como presidente de la nación.

 

La noticia es buena para la Argentina. AméricaEconomía concuerda con la visión liberal, favorable a los negocios y a la iniciativa privada que trae Macri y celebra su victoria.

Buscador de consensos y del trabajo en equipo, Macri ganó por estrecho margen -con 1,5% de votos de ventaja frente a su contendor, el kirchnerista Daniel Scioli- y eso no es malo porque tendrá que buscar consensos para gobernar. 

Su victoria es también una derrota del continuismo. El autoritario gobierno de Cristina Fernández optó por la intervención estatal de la economía, la automarginación de los mercados internacionales de capital, el proteccionismo; un Banco Central controlado por la Casa Rosada, altos impuestos a las exportaciones y quizá hasta manipulación de las estadísticas oficiales. Pero no fue eso lo que convenció a los argentinos de votar en su contra. Lo que sí dio vuelta la balanza a favor de Macri fue el resultado visible de esas políticas: inflación, dólar negro, inversiones en picada y el fantasma de una recesión.

Si el gobierno de Cristina Kirchner ha mantenido hasta ahora niveles más que respetables de popularidad ha sido porque fue generoso y astuto en materia de pan y circo. El gobierno ha gastado bien en publicitados bonos, gratificaciones y dádivas. Por ejemplo, compró los derechos de transmisión televisiva del fútbol de primera división para que todos los partidos se transmitieran gratuitamente por televisión abierta.

Pero para ser justos, no todo ha sido malo en los gobiernos de Cristina Fernández y su marido, Néstor Kirchner, quien murió de un ataque cardíaco en 2010. Él tuvo que enfrentar una grave crisis económica heredada y logró derrotarla tan bien que consiguió que su primera dama lo sucediera en el período presidencial siguiente. 

Cristina también ha tenido sus logros. Pocos, pero los ha tenido. Hace pocos meses, por ejemplo, se aprobó su ley de promoción de energías renovables, que permitirá a la Argentina seguir los prometedores pasos de Chile en energía solar, atrayendo además inversión extranjera, en competencia con el país vecino. También puso en marcha un programa de transferencias condicionadas de dinero a familias en extrema pobreza, que da subsidios directos a las madres a cambio de que envíen a sus hijos a la escuela y a controles médicos. 

Mauricio Macri es hijo de un inmigrante italiano que llegó a la Argentina después de la Segunda Guerra Mundial para convertirse en uno de los hombres más ricos del país. El futuro presidente fue secuestrado, a principios de los años 90, en su juventud -por un grupo de policías, que más que policías eran delincuentes- y su familia pagó un  rescate de varios millones de dólares por él. Profesa el credo liberal de economía de mercado, apertura comercial, iniciativa privada, equilibrios fiscales y libre competencia. Durante largo tiempo fue presidente del popular club de fútbol Boca Juniors.

Su formación empresarial y su riqueza son su activo y su pasivo. Durante su campaña, Macri tuvo cuidado de asegurar que no desmantelará los programas sociales de los Kirchner ni revertirá la estatización de los fondos de pensiones y la petrolera YPF, medidas que cuentan con apoyo popular. Lo que sí hará, ha dicho, será flotar el dólar, poniendo fin a las distorsiones y la corrupción que trae el mercado informal del dólar negro. También tendrá que equilibrar las cuentas nacionales, lo que significa apretarse el cinturón tras una década de derroche kirchnerista. Y además busca volver a los mercados internacionales de capital, para lo cual deberá negociar con los holdouts -los acreedores que no aceptaron la rebaja de la deuda externa que propuso la administración Kirchner y se quedaron con los pagarés esperando recuperar algún día el 100% de lo adeudado, lo cual incluye a los polémicos fondos que se dedican a comprar esos bonos en mercados secundarios y, luego, demandar a los países que se declararon en default.

No le será fácil. Los argentinos quieren que Macri mejore la economía y ponga fin a la inflación, pero no quieren pagar los costos de haber gastado más de la cuenta durante más de una década. Y la Argentina, como casi todos los países latinoamericanos, ha sufrido un fuerte revés por la caída en los precios de los commodities. No se puede culpar a Cristina Fernández de eso -fue producto de la desaceleración china-, pero sí es responsable de haber gastado los dólares extra que llegaron durante la década de bonanza, sin ahorrar nada para los previsibles años de vacas flacas que habían de venir. Adicionalmente, la flotación del dólar que hará Macri impulsará la subida del precio de la divisa en el mercado formal, encareciendo los productos importados y los insumos que la industria argentina compra en el exterior. En el corto plazo, por lo tanto, la flotación del dólar acarreará un peligro inflacionario. Macri, entonces, tiene que apretar el cinturón de los argentinos por dos razones: porque el país está gastando demasiado y porque la baja en los precios de los commodities equivale a una baja de sueldos. La inflación, adicionalmente, erosiona el poder adquisitivo de la gente, afectando mucho más a los pobres que a los ricos. Con Macri llega la austeridad y los argentinos lo saben. Lo que ignoran es cuántos centímetros habrá que apretarse el cinturón y durante cuánto tiempo.

La recomendación de AméricaEconomía para el presidente electo es que ponga en marcha la austeridad cuanto antes. En primer lugar, porque casi todo presidente tiene al comienzo los votos que lo eligieron, el beneficio de la duda de que gozan los recién llegados y la buena voluntad de la comunidad internacional, incluyendo a los acreedores. Macri es visto con simpatía en Occidente por el sólo hecho de haber puesto fin al obcecado gobierno de Cristina Fernández y, además, entiende de negocios, tiene vocación liberal y lo ha hecho bien en la alcaldía de Buenos Aires. 

En segundo lugar, y no menos importante, debe moverse rápido porque los cabecillas del kirchnerismo ya han comenzado a reagruparse y aprovecharán las vacas flacas que ellos mismos trajeron para hacerle oposición. Cristina Fernández, para empezar, ya anunció que no se retirará de la política.

Debe tener cuidado eso sí de no tocar las medidas redistributivas que no distorsionan el mercado: sí a los bonos y a los subsidios al consumo; no a la intervención de precios y los subsidios a los sectores productivos.

Hay que decir que Macri tiene a su favor la buena disposición de Estados Unidos, país que además de ser un socio natural de la Argentina, se ha convertido nuevamente en motor de la economía mundial por sus saludables tasas de crecimiento en años recientes. 

El presidente electo también tiene la buena disposición de Wall Street y de los holdouts, quienes debieran estar dispuestos a conceder a Macri más que lo que concedieron a los Kirchner. El nuevo hombre de la Casa Rosada ha dicho que buscará recuperar la amistad con Estados Unidos, lo cual significa distanciarse un poco de aliados tan poco rentables como Rusia o Venezuela. Ya anunció, el día de la elección, que en la próxima cumbre del Mercosur en diciembre pedirá suspender a Venezuela de ese pacto, invocando la "cláusula democrática" (un país no democrático no puede pertenecer al bloque). También anunció que se acercará a la Alianza del Pacífico, que conforman México, Colombia, Perú y Chile, todos países de economía abierta. Y ha declarado públicamente su admiración por Chile, el primer país que optó por la apertura de su economía.

Macri está a la derecha de sus contrincantes, pero no se puede decir honestamente que sea de derecha. Por cierto no es la derecha conservadora y autoritaria que descree de la democracia y dio sustentación implícita a la ola de golpes militares que vivió la Argentina durante los años 70 y comienzos de los 80. Macri no representa a esa derecha bajo ningún punto de vista. El presidente electo representa a un grupo que hasta ahora en Argentina no había sido representado porque, también hasta ahora, no existía orgánicamente. O existía en la periferia, sin articulación y sin votos: los argentinos liberales en lo económico y liberales en lo social. Eso no es la derecha latinoamericana "clásica", pero si alguien insiste en ponerle ese nombre, tendrá que conceder al menos que se trata  de una derecha democrática y progresista.

El triunfo de Mauricio Macri es también una victoria de su partido, el PRO, que surge como una tercera vía en un país que -sin contar las dictaduras militares- sólo ha tenido como opciones al camaleónico peronismo y a la anticuada Unión Cívica Radical. El PRO partió hace diez años con un equipo y un discurso derechista, pero en el camino se le han ido incorporando personajes más de centro, además de algunos notables ex radicales y ex peronistas.

Entre el dictador Rosas y el sagrado Perón, pasando por Carlos Menem, los Kirchner y muchos otros, la Argentina ha estado gran parte de su historia en manos de caudillos populistas, nacionalistas, que han fomentado el clientelismo en beneficio propio o de su propia continuidad.

Mauricio Macri es el primer presidente argentino democráticamente elegido que no es peronista ni radical en 99 años.. Eso no garantiza nada, pero al menos da una señal de cambio que viene de la mano de apertura económica, confianza en el poder enriquecedor de la empresa privada e integración a la comunidad internacional. Habrá que ver si cae en la tentación y termina también convertido en caudillo. Ojalá que resista ese canto de sirena. Si lo hace, se forjará un lugar en la historia de su nación.

Con el triunfo de Macri cabe la pregunta -y la esperanza- de si acaso el fin del kirchnerismo presagia el fin de los populismos latinoamericanos de comienzos del siglo XXI. Con Dilma cediendo a la exigencia de los mercados en Brasil, Venezuela al borde del caos, los problemas de Correa y Cuba coqueteando con Estados Unidos, es como para preguntarse si es camino ya no está siendo transitado. Y más rápido de lo que alguna vez se esperó.

América Economía (Chile)

 


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