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06/11/2016 | Sexo, mentiras y correos pirateados por Moscú

Manuel Erice

Termina la campaña electoral más ruidosa y turbia de la historia reciente de EE.UU.

 

Insultos, escándalos, teorías conspirativas, enfrentamientos personales, partidismo periodístico… Todo esto, que no es ajeno casi nunca al proceso electoral más largo, sonoro y espectacular del mundo, se ha elevado a la enésima potencia en la campaña más atípica, desagradable y pobre en argumentos que se recuerda en Estado Unidos. Un reflejo del panorama que traza Maureen Dowd, columnista de The New York Times y Premio Pulitzer, en su reciente libro «El año de votar peligrosamente». Oportuno y satírico relato que ella misma define así: «Una guía para votantes desesperados en un momento en el que más americanos que nunca están conmocionados y desconcertados con sus dos opciones».

Concluye una campaña marcada por los candidatos más rechazados de la historia reciente, pero sobre todo por la fenomenal irrupción del outsider Donald Trump, que ha hecho saltar en pedazos los esquemas clásicos de la elección presidencial. Baja el telón sobre un periodo electoral zarandeado por las demasías sexuales y acosadoras del controvertido magnate neoyorquino y por la acumulada prepotencia desde el poder de su rival demócrata, que alcanzó su clímax en el caprichoso uso de un único servidor privado durante su etapa de secretaria de Estado (2009-2012). A este apasionante periodo sólo le faltaba la intromisión rusa en territorio enemigo, un redivivo juego de espías propio de la Guerra Fría. Y apareció, supuestamente, en forma de pirateos informáticos insospechados. De ese hackeo masivo que ha traído de cabeza a los servicios secretos, defensores a ultranza de una elección amenazada, derivó un goteo de correos electrónicos con el que el polémico sitio web WikiLeaks ha buscado la derrota de Clinton. Que el presidente Putin, su admirador Trump y el periodista Julian Assange urdieran una conspiración para asaltar las urnas estadounidenses por la fuerza cibernética no deja de ser, por ahora, una de las muchas teorías sin confirmar.

Militancia de los medios

La evolución de ambos candidatos en las encuestas se ha movido en parte agolpe de las revelaciones de los periódicos tradicionales, aunque de una manera desigual. Los mismos medios que durante las primarias contribuyeron a engrandecer el monstruo populista, han buscado después su neutralización. Aunque el peso de los excesos pueda recaer más en las televisiones, también esta campaña pasará a la historia por la militancia de los llamados periódicos serios contra ese peligro llamado Trump. Su comparación con la figura de Hitler, informaciones que incorporaban la palabra «mentira» a su titular, reportajes poco rigurosos sobre exempleadas del magnate, defensas de la candidata Clinton frente a denuncias de medios ajenos… Cuando se disipe la niebla de esta elección presidencial, la prensa descubrirá que se ha dejado pelos en la gatera. Como ratificará también que ha hecho el digno trabajo de desenmascarar los presuntos abusos sexuales del candidato Trump y su descarada renuncia a pagar impuestos.

El verano que siguió a la nominación de ambos candidatos, a finales de julio, pareció ser una balsa de aceite para Hillary Clinton. Un congreso amenazante en sus orígenes, tras descubrirse los e-mails que probaban el juego sucio de la dirección para neutralizar a su rival, Bernie Sanders, concluyó con un cierre de filas prometedor para sus aspiraciones. Semanas antes, el FBI había despejado su camino al no recomendar una investigación penal.

Sin embargo, su «extremadamente descuidada» gestión, calificada así por en el mismo informe de la Agencia, no auguraba nada bueno. La aparición en agosto de otros 15.000 nuevos correos devolvió el foco inquisidor hacia la candidata demócrata. En la memoria colectiva se hallaban los 30.000 que ya había destruido antes de las pesquisas del FBI, alegando que eran «de contenido personal».

Pero el primer aviso serio se produjo en la primera quincena de septiembre, cuando Clinton cometió dos errores de bulto: llamar «deplorables» a «la mitad» de los votantes de Trump y ocultar una neumonía que el médico le había diagnosticado poco antes de que el 11-S hubiera de ausentarse de los actos conmemorativos, aquejada de un mareo. Fue cuando el presidente Obama tocó corneta, y todo el plantel de líderes demócratas, incluida la primera dama, se lanzó a salvar la campaña.

El primer debate presidencial (26 de septiembre) recuperó a la mejor Hillary Clinton. Pero fue la difusión del vídeo sexual de Donald Trump diez días después, con su tremendo impacto mediático y político, la que le permitió distanciarse. Consolidada por un rosario de denuncias de acoso de mujeres contra el magnate y por los desmarques republicanos frente a Trump, los medios convirtieron los asuntos sexuales en un relato casi único. Ciertamente, el escándalo de los e-mails quedaba en segundo plano.

La tormenta perfecta

Hasta que el 28 de octubre la revelación al Congreso del director del FBI, James Comey, de que había nuevos e-mails que afectaban a Clinton apareció en forma de inopinado regalo para el magnate. El revuelo adquirió mayores dimensiones por una suerte de tormenta perfecta. Los nuevos correos procedían del ordenador de Huma Abedin, la asesora personal de Clinton, ya investigada por el FBI previamente, y de su marido, Anthony Weiner. El hallazgo se había producido durante las pesquisas contra el dimitido congresista, aficionado a posar desnudo en las redes sociales y acusado de yacer en la cama con una menor. Que el director del FBI no pudiera determinar el alcance de su contenido ni el tiempo para aclararlo, al tratarse de 65.000 e-mails, echó más gasolina a un fuego que ha llegado hasta las estribaciones del Election Day.

ABC (España)

 



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