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07/03/2017 | La Europa de los Congresos

Pablo Rodriguez Suanzes

Entre finales de 1814 y mediados de 1815, con Napoleón casi derrotado y Europa recomponiéndose de años de guerras y levantamientos, los líderes de las potencias victoriosas (Austria, Prusia, Rusia, Reino Unido) se reunieron en Viena.

 

Allí celebraron, durante nueve meses un larguísimo Congreso bajo la batuta del genial Klemens von Metternich. El Congreso de Viena sentó las bases de la Restauración, de la vuelta a los principios conservadores del Antiguo Régimen que la Revolución Francesa había hecho saltar por los aires.

El de Viena fue el más importante y decisivo, pero no el último. Las siguientes décadas, como poco hasta las revoluciones liberales de 1848, se conocen desde entonces como la Europa de los Congresos. Los monarcas absolutistas se unieron contra el emerger de una clase burguesa y con aspiraciones. Pactaron y actuaron para garantizar la "estabilidad" por todos los medios, incluyendo los militares. Desde Hungría a los 100.000 hijos de San Luis enviados para acabar en España con el Trienio Liberal.

A su manera, salvando todo tipo de distancias, la UE de 2017 ha reaccionado al Brexit y las numerosas crisis abiertas de una forma parecida. Maniobrando para que las decisiones se tomen desde fuera hacia el centro en reuniones periódicas de sus líderes. Con tres o cuatro países  a la cabeza y el resto orbitando alrededor. Quitando autoridad, voz y la iniciativa a Bruselas. Privando a las instituciones de su rol asignado. Decidiendo, reunión tras reunión de jefes de Estado, el siguiente paso. Hablando continuamente del futuro pero apelando a los métodos del pasado.

La escenografía y el lenguaje no pueden ser más claros. Las Cumbres para fijar posición ya no se hacen siquiera en Bruselas. La primera cita a 27, sin Reino Unido, tuvo lugar en septiembre del año pasado en Bratislava. Continuó en el mes de febrero en La Valeta, Malta, y proseguirá en marzo en la de Roma, en el 60 aniversario de la firma de los Tratados de 1957, también con la ausencia de Theresa May.

Cumbres las ha habido siempre, pero la intención de ahora no queda oculta: ir saltando de declaración en declaración para pavimentar la nueva UE. Una hoja de ruta de mínimos y en constante evolución, sin la batuta de la Comisión y ninguna atención al Parlamento Europeo. Coordinada a nivel de los embajadores y los ministros, con mucha diplomacia, secretismo, alianzas y el entendimiento francoalemán.

En 1814, Londres, París, Viena o Moscú entendieron bien que era tan deseable como necesario para su estabilidad un sistema multipolar, en el que ningún Estado o ejército fuera lo suficientemente poderoso como para derrotar a los demás. Un sistema, tosco y nada democrático, de pesos y contrapesos en la escena internacional. Después de Viena (1815) llegaron Aix-la-Chapelle (1818), Karlsbad (1819), Troppau (1820), Laibach (1821) o el de Verona, en 1822, donde se decidió la intervención de las tropas francesas en nuestro país.

La Europa del año 2016 tiene muy poco que ver con la de dos siglos antes. El sistema es mucho más sofisticado, no hay guerras ni un Napoleón que haya puesto patas arriba el statu quo. La Troika nada tienen que ver con los Hijos de San Luis. Pero el equilibrio de poderes es frágil, las dudas tras casi una década de crisis económica son multitud y la incertidumbre sobre el futuro de una Unión que se rompe por primera vez, más grande que nunca.

El sistema surgido de Viena no tenía estructuras fijas, papeles fundamentales, reglas claras. Si surgían problemas, riesgos para el equilibrio, se concertaba una reunión. Ahora tenemos las estructuras, las instituciones y las leyes. Pero igual que hace exactamente dos siglos, los 27 han optado por ir resolviendo los problemas entre ellos, organizando reuniones regulares, aprovechando efemérides o las presidencias rotatorias de la UE, como se hacía hasta hace unos años.

De Bratislava a Roma

En 2017 los principios de legitimidad y restauración de entonces no están sobre la mesa. La nueva Europa de las cumbres sí busca en cambio el mismo equilibrio, el control, el orden. Tras el referéndum del Brexit, en la Declaración de Bratislava, los 27 se comprometieron a "ofrecer a nuestros ciudadanos en los próximos meses la visión de una UE atractiva que pueda inspirarles confianza y ganar su apoyo"."Tras las guerras y profundas divisiones vividas por nuestro continente, la UE afianzó la paz y la democracia, e hizo posible que nuestros países prosperasen. Estamos decididos a conseguir que la UE de veintisiete Estados miembros sea un éxito, apoyándonos en esta historia común", dice aquel documento.

Hasta ahora Bruselas, como ciudad y símbolo de las instituciones, era la que en teoría marcaba el ritmo. Corresponde o correspondía al presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, hacer las propuestas técnicas, legislativas, económicas. Los números y mirar los reglamentos y las constituciones. Y al presidente del Consejo, Donald Tusk, coordinarlo todo desde su despacho en la Rue de la Loi.

Desde hace años, la UE avanza a trompicones, logrando precarios equilibrios y acuerdos entre el Parlamento Europeo, la Comisión y el Consejo. De parche en parche, de crisis en crisis.

Juncker, un político de la vieja escuela y de gran talento, no llega a la talla de Metternich ni tiene la capacidad de supervivencia y adaptación de Talleyrand. El luxemburgués siempre ha querido más integración, más rápido y comandarla desde el edificio Berlaymont de Bruselas. Y los Estados Miembros no están para nada dispuestos.

Quieren la vía intergubernamental. A 27, a su ritmo. En constantes y lentas discusiones de embajadores, con documentos de conclusiones que nadie lee ni entiende fuera de Bruselas. Con negociaciones hipertécnicas y con los ministros y los jefes de Estado y Gobierno decidiendo en grandes cumbres, cara a cara, a la vieja usanza. Sin debates filosóficos, sin verse obligados a pensar en una única vía o a tomar decisiones que marquen a las próximas generaciones. 

Cuando París estornuda

De Bruselas no han salido estos meses soluciones a una "crisis existencial" y a "un momento crítico" y, al final, Juncker ha tenido que ceder. El Informe de los cinco presidentes, publicado en 2015, ha sido ignorado y despreciado absolutamente por las capitales, que jamás siquiera llegaron a "tomar nota" de él en las conclusiones oficiales de ningún Consejo. Y el Libro Blanco publicado hace unos días ha quedado en una producto descafeinado para no herir sensibilidades ni parecer demasiado ambicioso.

Francia y Alemania decidieron hace unos meses coger el timón en este momento de impasse. Y han seguido de la mano en un calendario que llevó ayer a Versalles, con la inclusión simbólica de España e Italia. Una minicumbre para dejar claro que creen y defienden esa idea de la Europa de las dos o de múltiples velocidades. Sin experimentos revolucionarios. Que los quieran, avancen, y los que no estén preparados, se queden atrás.

Los próximos meses o años dependerán de esta nueva Europa de los Congresos. De hacer lo mínimo en la capital comunitaria y "sacar músculo" en una serie de declaraciones. Es fiar demasiado a un sistema multipolar más que imperfecto y a medio construir. Al final, mucho dependerá de la salud política de Merkel y de quien gobierne en Francia a partir de este verano. Ahora, como hace dos siglos, todos los ojos vuelven a estar en las capitales. Ya se decía en el siglo XIX y algunos se lo atribuyen al propio Metternich: "Cuando París estornuda, Europa se resfría".

El Mundo (España)

 



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