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12/03/2017 | Hitlerismo, estalinismo y populismo

Luis Alfonso Herrera

Luis Alfonso Herrera Orellana considera que es un grave error llamar "populista" a regímenes autoritarios y criminales como Venezuela, pues los termina equiparando con gobiernos que pueden ser aún democráticos.

 

Existen conceptos, caracterizaciones y distinciones que, no obstante tener justificación, pueden en los hechos generar más perjuicios que beneficios en la permanente lucha por defender la libertad individual en las sociedades. “Estalinismo”, “populismo”, “chavismo”, etc., son ejemplos de conceptos y formulaciones que, sin querer, terminan ayudando en casos a encubrir regímenes y doctrinas totalitarias, que son mucho más que desviaciones personales de un tirano, o mera expresión de gobiernos demagogos y corruptos. Veamos.

Si algún académico, investigador o intelectual propusiera en la actualidad el distinguir entre nacional-socialismo y “hitlerismo”, a fin de argumentar que lo hecho en Alemania y más allá por el régimen de Adolf Hitler entre 1933 y 1945 no coincidió exactamente con la doctrina nacional-socialista al modo en que, por ejemplo, la comprendieron pensadores como Martin Heidegger o Carl Schmit, y que por tanto mal se puede condenar al nazismo como ideología política por las ejecutorias del Tercer Reich, seguramente, además de burlas, tal distinción entre hitlerismo y nazismo despertaría en múltiples auditorios, con estupendos argumentos por cierto, rechazo, refutaciones y mucha indignación, ya que tal ensayo estaría, ni más ni menos que intentando exculpar a una teología totalitaria responsable directa del asesinato de millones de personas durante su auge en Europa, durante la primera mitad del siglo XX.

Justo por lo antes indicado, sorprende y causa mucha indignación que, por el contrario, se haya propuesto y aceptado sin mayor reserva, casi a nivel mundial, una distinción que si bien puede tener justificación y utilidad práctica en términos históricos para identificar una época, acaso la más atroz, de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, en términos políticos y morales carece de todo sustento, no obstante lo cual ha permitido que la otra teología totalitaria del siglo XX, la más asesina y exitosa de todas las conocidas hasta la fecha, subsista a través de partidos, centros de investigación y regímenes que promueven abiertamente la violencia —lucha de clases—, la esclavitud —abolición de la propiedad privada— y el Estado total —abolición del Estado “burgués” de Derecho—. Desde luego, se trata de la distinción entre comunismo y estalinismo.

Dejando de lado ahora una distinción previa que también debe ser objeto de revisión por lo que encubre y confunde —la distinción entre socialismo y comunismo, que sólo tiene aceptabilidad si se plantea en término de género a especie—, la distinción entre comunismo y estalinismo justamente ha perseguido y logrado, con la complicidad de muchos en todo el mundo, lo que esa estrambótica distinción entre nacional-socialismo y hitlerismo buscaría, que es exculpar a la doctrina asesina que permitió la existencia de regímenes totalitarios en países como Rusia, China, Camboya, Cuba, Corea del Norte y Vietman, entre otros, de la responsabilidad por los millones de muertos que estos últimos dejaron a su paso, y que en sus variantes neototalitarias, como el caso de Venezuela, siguen causando con nuevos métodos, igualmente siniestros.

Según la doctrina especializada, el estalinismo “es el período en el que poder comunista en la Unión Soviética se consolidó bajo la guía del partido comunista en cuyo vértice estaba como secretario Josif Stalin (…) Desde el punto de vista de la política interior, el aspecto sobresaliente del s. está constituido por una lucha sin tregua contra los reales o presuntos enemigos del socialismo o antipartido” (Bobbio y otros, Diccionario de Política, T 2., p. 1.536) , mientras que el comunismo sería ese noble ideal o utopía política según la cual la sociedad justa es aquella en que tanto la propiedad privada de los medios de producción como las desigualdades sociales que —supuestamente— derivan de ella han desaparecido, haciendo posible la máxima comunista según la cual “el estrecho derecho burgués será superado, y cada uno dará según sus capacidades y recibirá según las propias necesidades” (Bobbio y otros, Diccionario de Política, T 1., p. 276).

Ahora bien, sin el “estalinismo” el comunismo nunca se habría mantenido ni extendido más allá de las fronteras rusas por el tiempo y con la eficacia con que se extendió, lo que entonces permite sostener que la única diferenciación que cabe hacer entre el comunismo y el estalinismo es “fines y medios” ya que el comunismo sería el fin a realizar, mientras el estalinismo uno de los posibles medios para realizar ese propósito. Esto quiere decir, en términos simples, que el comunismo siempre requiere de métodos violentos, contrarios a la libertad, la dignidad y el consentimiento de las personas para poder imponer su visión hegemónica y planificada del ser humano y la sociedad, ya que aquél no puede operar con el ser humano tal cual es, sino que requiere siempre del “hombre nuevo”, uno que no sienta ni piense por sí mismo, que sólo obedezca, sea sumiso y fanático del plan que invariablemente impone el tirano, partido u organización militar que detenta con fiereza el poder en cada caso. Ejemplos literarios de lo que el comunismo requiere del ser humano para existir son las célebres obras de George OrwellRebelión en la granja 1984, y cinematográficos El dador de sueños Equilibirum.

Una teología política como el comunismo, lo mismo que el nacional-socialismo, debe ser combatida y denunciada en su perversidad e ineficacia para hacer mejor la vida humana a través de la filosofía, la ciencia política, la economía, las artes, la literatura y, por supuesto, a través de la política práctica, por cierto, no a través de la represión, del uso del Derecho Penal o de la censura, medios todos inútiles y contrarios a la libertad, sino a través de la educación en ideas, mediante debates, argumentos, evidencias y la memoria del horror que significó el ascenso al poder de esta doctrina que está abiertamente en contra de las instituciones que han permitido, no obstante sus fallas, elevar la condición de vida de millones de personas en el mundo a lo largo de un ya considerable período de la historia universal, como nunca lo habían permitido otras existentes en el pasado, como son las del Estado de Derecho —división de poderesindependencia judicialseguridad jurídica—, de la democracia liberal —sufragio universal, alternancia en el poder, pluralismo político— y economía de mercado —propiedad privadalibertad económicacompetencia—.

¿Por qué preocuparse tanto en insistir en esta alerta sobre la legitimidad que distinciones como la aquí cuestionada, entre comunismo y estalinismo, reporta a una doctrina que no merece la menor aceptación como no la merece el nacional-socialismo o el fascismo? Pues básicamente porque al no llamar las cosas por su nombre, y no centrar el esfuerzo en explicar y convencer sobre lo criminal e inhumano que resulta promover una teología política basada en la eliminación de toda forma de libertad individual con la promesa de una felicidad social plena y permanente, se conceden muchas ventajas a los enemigos de la libertad para seguir engañando, manipulando y confundiendo a las personas de que sí es posible una sociedad sin desigualdades, que sí es posible vivir sin propiedad privada, que hay instituciones mejores que las del Estado de Derecho y la democracia liberal, pues el comunismo no sería en sí mismo violento y totalitario, sino sólo sus erradas ejecuciones en el siglo XX, pero que mantener la esperanza en esa “utopía”, como de algún modo lo ha asomado en entrevistas, por increíble que sea, la notable premio Nobel de Literatura 2015, Svetlana Alexievich, tendría sentido y sería moralmente respetable.

Similar preocupación surge cuando a gobiernos autoritarios, en lugar de llamarlos de ese modo, al describir las acciones que los convierten en tales y denunciar —como lo hacen organizaciones como Human Rights Fundation (HRF)— en forma documentada sus abusos, se los tilda de “populistas”, y se les brinda entonces un marco ambiguo en el cual pueden ellos seguir actuando apelando a tópicos tales como “no todo populista es malo”, o a “veces el populismo es necesario”. No es lo mismo, por ejemplo, alertar y denunciar el aumento de gobiernos populistas en el mundo —que de seguro son también autoritarios en no pocos aspectos y muy peligrosos para la libertad—, que denunciar el auge de regímenes autoritarios, que inequívocamente son contrarios a los derechos humanos, a la alternancia en el poder, a la libertad de expresión y a la libertad económica. Por ejemplo, Venezuela tuvo gobiernos populistas entre 1974 y 1998, pero a partir de 1999 cuando en forma írrita se derogo la Constitución de 1961, ha tenido hasta la fecha un régimen autoritario, con fachada democrática, que desde hace varios años muestra tendencias totalitarias en más de un aspecto de la vida política, económica y social del país.

En un reciente artículo de la referida organización defensora de los derechos humanos se denunció lo siguiente: “Trágicamente, las instituciones y organizaciones mundiales no han logrado abordar adecuadamente el autoritarismo. Los gobiernos occidentales a veces protestan contra las violaciones de los derechos humanos en países como Rusia, Irán y Corea del Norte, pero rutinariamente las ignoran en lugares como China y Arabia Saudita, a razón de mantener acuerdos comerciales y acuerdos de seguridad. La ONU, creada para lograr la paz y la justicia en el mundo, tiene a Cuba, Egipto y Ruanda en su Consejo de Derechos Humanos. Allí, el representante de una democracia electo en elecciones libres y justas, tiene la misma legitimidad que el representante de una dictadura que no fue electa por nadie. El primero actúa en nombre de sus ciudadanos, mientras que el segundo actúa para silenciarlos. El resultado es que, entre junio de 2006 y agosto de 2015, el Consejo de Derechos Humanos no emitió condena alguna a los regímenes represivos en China, Cuba, Egipto, Rusia, Arabia Saudita y Turquía. A pesar del hecho de que la dictadura está en la raíz de muchos problemas globales —mala salud, sistemas educativos fallidos y la pobreza global entre otros— el autoritarismo, como tal, casi nunca es abordado en importantes conferencias en el mundo. Y no es de extrañar: muchos, incluyendo el Foro Económico Mundial y la ya desaparecida Clinton Global Initiative, reciben una amplia financiación de autoritarios. Pocos grupos de derechos humanos se centran exclusivamente en el autoritarismo, y los grupos del establishment de los derechos humanos dedican gran parte de sus presupuestos a criticar a los gobiernos democráticos y sus políticas. De manera que los dictadores rara vez son el centro de la atención”.

¿Quiere lo anterior decir que es incorrecto, inútil o torpe cuestionar el populismo desde la cultura de la libertad? Para nada. Es necesario e importante hacerlo, ya que en muchos casos, por no decir en todos, es gracias al populismo que surgen y se consolidan “democráticamente” regímenes autoritarios y hasta totalitarios, de modo que si bien es importante actuar y públicamente educar sobre los rasgos que, por ejemplo, Enrique Krauze ha identificado en su análisis sobre el populismo iberoamericano, o que Gloria Álvarez señala en su comparación del populismo con la República para evitar que surjan o impedir su consolidación una vez que aparecen.

Pero esa tarea es una distinta a la de identificar, enfrentar y denunciar regímenes autoritarios o totalitarios, como los identificados por HRF, que ya no son populistas, es decir, ya no son sólo carismáticos, ineficientes y corruptos, sino que son criminales, violentos y pretenden mantenerse indefinidamente en el poder, de modo que su identificación, más allá de las etiquetas académicas o publicitarias que usen, debería ser mucho más directa y verificable que la identificación, siempre más compleja y hasta gaseosa como “populista” de un gobierno o régimen que, valga decir, no puede manipular a su antojo las elecciones, no controla a todo el Poder Judicial, no tiene interés en abolir la propiedad privada y mantiene por costo político respeto a la libertad de información y expresión.

Llamar populistas a regímenes criminales y autoritarios como el de Venezuela es un grave error, que los termina equiparando a gobiernos que, nos gusten o no, pueden ser aún democráticos y compatibles con algunas instituciones al menos del Estado de Derecho y de la economía de mercado. Llamar las cosas por su nombre, evitar las simplificaciones o las equiparaciones automáticas, y sobre todo, combatir la propaganda académica y comercial acerca de las supuestas bondades de teologías políticas como el comunismo, son pasos que vale la pena dar para contribuir a acerca a la libertad a esos 3,97 mil millones de personas que, según HRF, están sometidos a tiranías de diversa índole en diferentes partes del mundo, que no a “populistas” únicamente interesados en robar fondos públicos usando falacias ad populum para burlarse de sus conciudadanos.

El Nacional (Ve) (Venezuela)

 



 
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