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18/03/2017 | La diferencia entre un candidato y un presidente

Leo Zuckermann

“Lo que se necesita para llegar a ser Presidente es muy diferente de lo que se necesita para ser Presidente”. Así resume el politólogo británico Richard Rose una de las debilidades estructurales de las democracias presidenciales.

 

Así resume el politólogo británico Richard Rose una de las debilidades estructurales de las democracias presidenciales. Efectivamente, en este tipo de regímenes es posible —y a menudo sucede— que un verdadero desconocido, un novato de la política, llegue al mayor cargo público que existe. No importa que se carezca de experiencia, que se tenga un vago proyecto de gobierno o que de plano no se entiendan los intríngulis gubernamentales. Basta con hacer una buena campaña; prometer lo que está en el ánimo de los electores.

En la película El candidato (1972), el personaje caracterizado por Robert Redford, sigue al pie de la letra todo lo que su consultor político le dice que hay que hacer para ganar. Al final, se levanta con la victoria. En la última y genial escena, el candidato, en lugar de estar alegre y celebrando, está pasmado. Angustiado, le pregunta al consultor: “Y ahora, ¿qué hacemos?”.

Traigo a colación este tema porque se acerca el 2018 cuando los mexicanos tendremos que elegir a un nuevo Presidente. Es posible una vez más que tengamos buenos candidatos en la boleta que quizá resulten presidentes deficientes. No sería la primera vez en México. Ya nos pasó con Vicente Fox: un gran candidato que dejó mucho que desear cuando se sentó en la silla presidencial.

La noche del 2 de julio del 2000, Fox no parecía angustiado como el personaje de la película mencionada. Al revés, no cabía en sí mismo. Había logrado lo impensable: sacar al PRI de Los Pinos. ¿Quién lo podía parar? ¿Qué no podría hacer el que derrotó al más longevo partido político en el poder, a la “dictadura perfecta”? Fox se veía invencible. Muchos así lo creyeron. El que más fue el propio presidente electo. En lugar de bajar las expectativas de lo que se podría hacer en un contexto de gobierno dividido, Fox siguió en campaña —que es lo que mejor sabe hacer— y continuó elevando las expectativas. Todo iba a ser posible. El primero de diciembre tomó posesión con una tasa de aprobación del 80%. Era la gloria.

Sin embargo, pronto se impuso la realidad. Fox no tenía una idea clara de cómo ser presidente. En lugar de preguntar “¿qué hago?”, como el prudente candidato encarnado por Redford, mandó a hacer todo y al mismo tiempo. Sin estrategia, sin prioridades, con un absurdo esquema organizativo, el presidente se fue entrampando. Lentamente el país cayó en la cuenta de que había elegido a un amateur como personaje central del sistema político.

¿Qué se necesita, entonces, para ser un buen Presidente?

La respuesta no es sencilla porque implica muchos atributos. Sin embargo, en el contexto actual de una democracia presidencial con gobierno dividido, hay uno que es fundamental: la capacidad de hacer política. ¿Cómo se hace eso? Siguiendo, por lo menos, tres preceptos: “hay que saber contar”, “hay que siempre ofrecer y cerrar acuerdos” y “hay que llevar registros”.

Esto es lo que recomendaba un personaje que logró establecer una eficaz operación política: Lyndon B. Johnson. El que fue presidente de Estados Unidos entre 1963 y 1969, sabía de la importancia de los números en una democracia. ¿Cuántos votos se necesitan para pasar una ley? ¿Cuántos tenemos asegurados? ¿Cuántos nos faltan? ¿De dónde los podemos sacar? Johnson calculaba. Sabía que, para ganar, sólo se requiere el margen de un voto. El tejano salía a buscar cada uno de ellos. De ahí su segundo precepto: strike a deal. Pedía y ofrecía. Era un mercader de la política. Quid pro quo: yo te doy esto, a cambio de tu apoyo. Persuadía, manipulaba, presionaba y en algunos casos hasta amenazaba dentro del marco de la ley. Y, siempre, llevaba registros de sus maniobras. Keep a book. Anotaba quién había sido quien a la hora de las definiciones. Cuando llegaba el tiempo adecuado, premiaba o castigaba. Era generoso con los aliados e implacable con los adversarios. Eso, por lo menos, es lo que se necesita para ser presidente no para llegar a ser presidente. Inevitable, también, pensar en lo que está pasando hoy en día en Washington con un mandatario amateur como Donald Trump.

Excelsior (México)

 



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