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20/03/2017 | Donald contra Trump

Lorenzo Silva

Hay gestos y momentos que lo cuentan todo. En especial, si se trata de un gesto y de un momento que dejan tan a las claras ver la premeditación. Ocurre cuando la mujer que coincide que es la canciller alemana le ofrece al hombre que coincide que es el presidente de los Estados Unidos estrecharse las manos delante de los fotógrafos, en el despacho del segundo, y este la ignora olímpicamente. Muchos significados en un solo segundo.

 

No puede no haber calculado, quien así obra, que está escenificando, en la persona de su primera representante, un desplante a todo un pueblo, con pretensiones de hacerlo en nombre del pueblo que a él le ha elegido, aunque diste de contar con su respaldo unánime. No sólo es un gesto contrario a cualquier forma de diplomacia, sino un acto casi ofensivo, si se tiene en cuenta que el pueblo desairado ha apoyado al suyo en guerras recientes, y ha enviado a ellas a jóvenes saludables que volvieron inertes en ataúdes. Se trata de un nuevo estilo de relaciones internacionales, basado en el escupitajo al aliado, que antes o después ha de tener sus consecuencias, y lo más inquietante es que parece que éstas se buscan a conciencia y de propósito, en aras de un mayor ensimismamiento del propio país.

Tampoco puede haber dejado de calcular, quien la mano rehúsa, con ese gesto de niño cabreado que borda como nadie su imitador Alec Baldwin, la lectura que propiciará en términos de género, ese invento de los liberales antiamericanos contra los que tan bien vive y tanto ha prosperado. El ninguneo lo sufre una mujer, lo que lanza a sus cofrades y partidarios un mensaje subliminal muy esclarecedor: el macho alfa alfa plus menosprecia en público a la fémina que ha pretendido y conseguido ocupar un papel que no le corresponde, el de lideresa de una nación, en el que puede sufrir desplantes de ese calibre ese sin poder replicar a ellos con la virilidad vindicativa que es automática en un varón agraviado por otro varón. Sólo le cabe dibujar una sonrisa embarazosa, en lugar de levantarse y plantarle al ofensor un "ahí te quedas, imbécil, vas a chulearle a tu padre".

Podrían hacerse más lecturas aún, como la que tiene que ver con la hospitalidad y la cortesía de anfitrión, que parecen ser las últimas de las virtudes que adornan al actual ocupante del Despacho Oval, pero sin duda la más interesante, sugerente y perturbadora tiene que ver con el hecho de que el país al que ha elegido vejar, en la persona de su jefa de gobierno, es el mismo del que hace no tantos años vino, para establecerse en Estados Unidos, el Trump (o Drumpf, o cualquiera de sus variantes, a gusto del consumidor) del que desciende el presidente.

Mirado desde este ángulo, el gesto puede hacer las delicias de cualquier aficionado al psicoanálisis. Quizá Merkel, después de todo, no deba darse en exceso por aludida. Quizá lo que hay detrás no es tanto una desconsideración hacia su persona, hacia su país como tal o hacia su condición femenina, aunque algo de eso haya también. Quizá lo principal es que el constructor de muros, el negador del otro, el propiciador del embeleso en la propia mismidad, padece en la raíz de su personalidad una aflicción profunda por saberse insuficientemente él mismo, por estar impregnado en lo más recóndito de sus cromosomas de esa otredad inconveniente contra la que ha erigido su discurso y su éxito. No es una otredad tan engorrosa como la de los morenitos bajitos del sur del Rio Grande, como la de los morenos sarracenos de más allá del levante o como la de los amarillos situados al otro lado del poniente. Pero no deja de estar ahí, insidiosa, molesta, proclamándole más sajón que anglo, como se adivina que sería secretamente su deseo, para mejor afirmarse.

Quizá sea, en definitiva, un gesto de Donald contra Trump.

El Mundo (España)

 



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