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14/05/2017 | Huérfano sin nombre en la guerra de Sudán del Sur

Amador Guallar

La tribu de los Kakwa está siendo exterminada a manos de las tropas del Gobierno de Sudán del Sur

 

Tiene unos dos años y lo encontraron en una cuneta llorando, solo y desamparado bajo el abrasador sol africano, deshidratado y al borde de la muerte. "No sé cómo se llama", explica Yaya mientras consuela al pequeño frotándole el pelo. Ella es una de las miles de mujeres que han escapado a la guerra en Sudán del Sur y ahora están en el Centro de Acogida y Registro para refugiados en Kerua, al norte de Uganda. "Desde que lo recogí no ha dicho ni una palabra, sólo llora. ¿Quién sabe lo que habrá visto?", se pregunta.

"Me dio mucha pena y no pude dejarlo atrás en la cuneta de la carretera que cruza la frontera de Saliamusala", entre Sudán del Sur y Uganda. "Llevamos aquí una semana tras pasar cinco días caminando, sin comida y sin agua, escapando de los soldados". Yaya y el niño huérfano pertenecen a la etnia Kakwa y han huido de la limpieza étnica en Yei a manos de las tropas gubernamentales lideradas, desde Juba, por el presidente sursudanés, Salva Kiir Mayardit.

El centro de Kerua es sólo uno entre más de una docena esparcidos por todo el norte ugandés, situados alrededor de los campos y asentamientos para refugiados en Bidi Bidi, Rhino, Tikka, Pagirinya, Adjumani o Mvepi, donde la desesperación y la masificación está sobrepasando a las organizaciones internacionales y al Gobierno de Kampala. La guerra civil en Sudán del Sur está devastando al país más joven del mundo y a su población mientras Uganda, ya casi al límite de su capacidad, sigue acogiendo a los que huyen de la barbarie y el conflicto.

"He venido sola, sólo quedo yo. Los han matado a todos. A mi marido, a mis dos hijos y mi hija, que fue violada hasta la muerte por un grupo de milicianos". Tenía dieciséis años. A Yaya también la violaron y consiguió escapar porque pensaron que estaba muerta. Las atrocidades que cuentan los refugiados van más allá de lo imaginable. Fuego, hambre y acero para los civiles. Torturas y ejecuciones para los que sean sospechosos de ayudar a los rebeldes pro nuer cuyas tácticas no distan mucho de las utilizadas por el Gobierno de Juba. Y entre los dos fuegos, cientos de miles de civiles.

Yaya trata al pequeño como a un hijo. El niño es sólo otro de los muchos menores sin nombre en este oasis humanitario donde agua, comida en forma de galletas nutrientes y un número de refugiado les da la bienvenida a su nuevo país de acogida. A pesar de ello, todavía tiene esperanza. "Voy a comenzar una nueva familia, los dos lo haremos".

Como los otros cientos de miles de desamparados que han cruzado la frontera, ambos están ahora a la espera de ser llevados a un campo de registro biométrico a cargo de la Oficina del Primer Ministro ugandés y, desde allí, a un pequeño trozo de tierra de 30x30 metros en el recién abierto asentamiento de Mvepi, donde podrán construir una barraca e intentarán cultivar la tierra árida, que según la ONU ya ha llegado al límite de su capacidad con más de 40.000 personas.

La limpieza étnica y el hambre han llevado a más de 650.000 personas a escapar y ahora están hacinadas en los distritos de Koboko, Arua, Amuru, Adjumani, Lamwo o Gulu, entre otros. Sin futuro, sin pasado y sin perspectivas de que la situación vaya a mejorar próximamente. Según cifras de la ONU, "una media de 2.500 refugiados al día cruzan la frontera en busca de refugio".

El Gobierno de Uganda no cree en los campos de refugiados. Y éste, quizás, es el único golpe de la fortuna a la que los desplazados se agarran para sobrevivir. "Aquí no hay sistema de campos, el Gobierno registra a los recién llegados y si adquieren el estatus de refugiados les otorga un trozo de tierra para que construyan un refugio y puedan cultivarla", explica el representante del American Resucee Comitte, Mahmud Gaznabie. "Además, tienen derecho a la educación, pueden acceder a los servicios sociales y pueden moverse libremente por el país", añade en su oficina de Kampala.

El problema es que muchas de esas tierras son áridas, secas e incultivables, por lo que los refugiados dependen casi exclusivamente de la ayuda internacional que, debido a las múltiples crisis en Oriente Próximo "está llegando a cuentagotas y nunca es suficiente", según explica el director regional en Arua de la ONG danesa Danish Refugee Council, Pamatheesan Kopalapillai. Una entre las muchas organizaciones cuya frustración y sensación de olvido por parte del mundo se juntan con el testimonio del drama humano que presencian a diario.

Un crisis sin apenas presencia mediática

Las crisis humanitarias y de refugiados en Siria e Irak ocupan las portadas y las ondas de la mayoría de medios de comunicación. Premios a los informadores, conferencias y campañas en las redes sociales han garantizado que el llamado primer mundo sea consciente y se movilice ante esa injusticia. Pero, ¿qué pasa con los 1.8 millones de refugiados que hay en Uganda, entre los venidos desde la República Democrática del Congo y Sudán del Sur?

"¿Por qué nos han olvidado?", se pregunta Solomon, otro de los refugiados en Kerua que escapó al genocidio en Yei."¿Por qué la gente que cruza el mar europeo -añade refiriéndose al Mediterráneo- vale más que nosotros?" Solomon tiene una pierna con una herida de machete mal curada y todavía abierta, infectada y con un terrible olor a queso podrido. Gangrena. Se apoya con una rama de árbol y su cara de dolor expresa cómo cada paso que da es un auténtico infierno.

"Mi madre murió cuando era niño. Hace unos días los soldados llegaron a nuestra casa", situada a las afueras de Yei, "le prendieron fuego, mataron a todos los animales y se llevaron a mi padre en una furgoneta", explica. Desde entonces no ha sabido nada de él. "Seguro que está muerto. Ahora soy huérfano, estoy sólo en este mundo y a nadie le importa", añade mientras las lágrimas se mezclan con el barro y la arena roja en sus mejillas. "Ahora pienso en que quizás no debería haber venido... qué más da morir aquí o allá", concluye mientras apoyándose con el bastón se aleja lentamente hacia el puesto de socorro en Kerua.

El Mundo (España)

 



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