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17/05/2017 | El otro rapto de Europa

Antonio Navalón

El continente que sueña Macron solo es posible si logra convencer a Berlín y Bruselas de la necesidad del cambio.

 

Desde ayer, Emmanuel Macron es el nuevo presidente de Francia. Sus oídos han escuchado los ecos del Himno a la Alegría, banda sonora oficial de la Unión Europea, y con la misma fuerza han sonado los acordes de La Marsellesa, anunciando su irrupción en la vida política francesa.

Toda la Europa comunitaria, es decir, los funcionarios y los que no son escépticos, han aplaudido con furor la llegada de un joven presidente al palacio del Elíseo que trae consigo dos claros mensajes para el resto del continente. El primero, la contención de los populismos, aunque siga cumpliéndose el designio de que gran parte de los viejos partidos que gobernaron el mundo ahora están en peligro o en vías de extinción. Y el segundo, que Macron viene a reafirmar la vigencia del pensamiento europeísta.

Pero, ¿qué clase de pensamiento europeísta? ¿El del rapto de Europa? Recordemos que el célebre cuadro de Rembrandt plasma el momento en el que Zeus, en forma de toro blanco, se lleva no un ideal, sino a una hermosa princesa que, según la leyenda, nunca volvió a aparecer. Europa está secuestrada por la misma gente y por los mismos protagonistas que están detrás de la grave crisis que atraviesa el proyecto europeo.

Un día después de que Macron ganase la elección presidencial, la canciller alemana, Angela Merkel, por una parte, y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, por otra, mostraron cuál era realmente el problema para la posible regeneración europea: no hay interpretación distinta a la de Alemania.

Desde Napoleón, quien domina Alemania, domina Europa. Sin embargo, la historia posterior ha puesto de manifiesto que, cada vez que Europa ha estado en manos alemanas, el Viejo Continente se ha enfrentado a graves peligros y múltiples guerras, lo cual solo lleva a la conclusión de que una Europa alemana es menos conveniente que una Alemania europea.

En ese sentido, me sigue asombrando la desfachatez de Juncker y su política intervencionista en los asuntos internos de los países miembros de la Unión Europea y en la negociación previa al referéndum suicida de David Cameron sobre el Brexit, que solo sirvió para cargar los cartuchos de los euroescépticos británicos. Merkel y Juncker le han dicho a Macron que no puede mover ni una coma y que la Europa que él sueña —la misma que soñaron los grandes forjadores del pensamiento europeo— sólo es posible siempre y cuando se ajuste a lo que piensa Berlín y a las necesidades de los burócratas de Bruselas.

Macron ganó con la idea de Europa, sin embargo, la Europa que gobierna, a la que se ha impuesto, no acepta las ideas de Macron. A partir de aquí está clara la disyuntiva del inexperto presidente al que comparan con Napoleón porque o inventa con los restos de la Europa del Sur una visión alternativa a Alemania o sigue los tristes pasos de su antecesor, François Hollande, y se dedica a usar el puente aéreo entre París y Berlín para secundar lo que ordene Merkel y lo que imponga Juncker.

Mientras tanto, las calles de París serán las que ardan, las huelgas se producirán en Francia y el fenómeno del populismo irá subiendo frente a quienes quieren destruirlo. Vivimos tiempos en los que la especulación política se concentra en las redes sociales y en los que los pilares de las sociedades se van disolviendo uno tras otro. Todo está por inventarse. Se puede construir, como en el caso de Macron, o destruir, como en el caso de Le Pen.

Pero, a partir de este momento, el nuevo inquilino del Elíseo, el que quiere ganar las elecciones legislativas de junio, tiene que tener claro que si venció invocando el nombre de Europa, ahora Europa tiene que abrir la puerta para que quepan países como Francia, algo que, a tenor de los recientes movimientos de los líderes europeos, no parece posible.

Así que la única posibilidad de éxito para Macron será liderar el movimiento de reivindicación europeo que, inevitablemente, deberá pasar por la redefinición de los modelos y los ideales del continente, por la limitación de los poderes de los funcionarios de Bruselas y, finalmente, por la comprensión de que cuando Alemania dirige Europa e impone su hegemonía, inmediatamente se vuelve autista, y piensa que todo lo que Berlín cree, todo lo que hace y todo lo que piensa, es lo que el resto debe creer, hacer y pensar.

El País (Es) (España)

 



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