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02/07/2017 | Al rescate del hemisferio

Héctor E. Schamis

La deriva autoritaria de medio continente

 

En diciembre de 2004 Cuba y Venezuela fundaron ALBA. La Alianza Bolivariana fue concebida como un acuerdo alternativo al libre comercio promovido por Bush. Fue un gesto simbólico y estratégico de largo alcance: “la tumba del ALCA”, según dijo Chávez en Mar del Plata. Venezuela se presentaba como un poder regional.

 ALBA tuvo su complemento en Petrocaribe, fundado en junio de 2005. Era un ambicioso mecanismo de subsidios petroleros, el cual sigue existiendo aunque más modestamente por la caída de precios. El poder del Estado venezolano en la región se hizo de este modo muy tangible: energía más barata a cambio de apoyo político.

En 2008 se firmó en Brasilia el tratado de Unasur, completado en 2011 al incluir a los 12 países sudamericanos. Su origen se remonta a la primera cumbre de presidentes convocada por F. H. Cardoso en 2000. Cardoso promovía un regionalismo abierto, es decir, construir instituciones destinadas a equilibrar asimetrías estructurales y al mismo tiempo fortalecer el marco normativo democrático.

Con Lula continuaron estos principios, excepto que la idea inicial de contener a la Venezuela de Chávez se fue diluyendo gradualmente. Con Dilma Rousseff en la presidencia, y en buena parte debido a la creciente influencia del Foro de São Paulo, Brasil se acercó al bolivarianismo. Ello se hizo más evidente todavía cuando Samper asumió la secretaría general en 2014.

En 2010 fue creada la CELAC, comenzando a funcionar luego de la cumbre de diciembre de 2011 en Caracas. Sin sede ni demasiado diagrama organizacional, y con propósitos difusos, CELAC se creó sobre la simple idea de oponerse a la influencia de Estados Unidos en América Latina. Canadá también fue excluido, presumiblemente por representar ambas naciones la América anglosajona.

Nunca fue explicada la presencia de las naciones caribeñas que sí son parte del bloque, siendo que—al igual que Canadá, de hecho—el jefe de Estado de muchas de ellas reside en Londres: la reina Isabel II. Pero el caribe anglo es cliente de Petrocaribe, algunos se han enterado recién hoy. En definitiva, CELAC fue pensada para que Cuba baje la línea intelectual, Venezuela financie y juntos retomen la antigua retórica del antiimperialismo.

CELAC también fue concebida como rival y sustituta de la OEA, con frecuencia retratada como cautiva de Washington. Rafael Correa siempre fue el más locuaz sobre este punto, proponiendo una ruptura con la organización y la CIDH, y la creación de un sistema de fiscalización de derechos humanos exclusivamente latinoamericano. Alternativa difícil de poner en práctica desde la CELAC, por cierto, dada la ausencia de cláusula democrática en dicho bloque.

La OEA justamente estaba bajo Insulza entre 2005 y 2015, quien hizo lo posible por convertir a la organización en marioneta de Caracas, en lugar de Washington. Es decir, la debilitó, desfinanció, se apartó de sus principios fundantes—la democracia y los derechos humanos—y obstaculizó el cumplimiento de su misión. Nada más recordar las presiones de Chávez—y luego de Dilma Rousseff—a la CIDH y de qué lado caía el entonces Secretario General durante dichos conflictos.

Es curioso, la literatura sobre regionalismo postula que la densidad institucional es propicia para una integración profunda y con arreglo a normas. A mayor numero de instituciones se refuerza el multilateralismo y, con este, la voz de los mas débiles. O sea, cuantos más jugadores jueguen, más nivelada estará la cancha. A menudo los europeístas ilustran la noción con el diagrama de Euler de la integración continental.

No es esta una proposición válida para el hemisferio americano, sin embargo. La densa sopa de letras de la integración hemisférica en este siglo es producto del petróleo por encima de 100 dólares y, como tal, está diseñada para servir el interés del principal proveedor del mismo, un país con un gobierno perpetuado en el poder. Piénsese en el efecto cascada de esta normatividad no democrática.

Este proceso histórico es esencial para entender las relaciones internacionales de la región y, ergo, el supuesto fracaso—y enfatizo “supuesto”—de la reciente Asamblea General de la OEA en Cancún. Muchos observadores internacionales, la prensa y no pocos cancilleres regresaron frustrados de dicha asamblea. Se sienten engañados—rehenes, dijo alguno—de un puñado de minúsculas islas caribeñas firmemente alineadas con Caracas. Pues es cierto, pero no pueden culparse mas que a sí mismos por no haber hecho la tarea a tiempo.

Tendrían que haber tenido en cuenta la historia de la sopa de letras contada aquí arriba, y al mismo tiempo evitar una estrategia diplomática destinada al fracaso. La reunión de cancilleres no fue parte de la Asamblea, sino la continuación de aquella reunión que se llevó a cabo en mayo a solicitud de la entonces canciller argentina Malcorra. Según se comenta en Buenos Aires, una sobreactuación—a la postre, infructuosa—con el solo objetivo de redimirse frente a un gobierno exasperado por sus idas y vueltas con Caracas.

Los cancilleres aceptaron esta idea de manera acrítica. Pasaron por alto que, usualmente, las reuniones de consulta requieren dos tercios de los votos para aprobar una resolución. Ello mientras que la Asamblea General, la cual también cuenta con la presencia de cancilleres, requiere mayoría simple para el mismo propósito. Se sabía que el umbral era demasiado alto y, además, al llegar a Cancún el canciller de Argentina era otro.

Haga la cuenta el lector: 23 votos o 18. Como resultado, la propia estrategia escogida para censurar a Maduro le entregó a este el mapa de salida: empate técnico. Si fue accidental, solo un verdadero amateurismo diplomático podría explicarlo. Si fue deliberado, mejor no hablar. En cualquier caso, regresar de la cumbre culpando a la OEA es una obvia manera de endosarle a otro la responsabilidad de los fracasos propios.

Vuelva el lector a la aritmética. Durante más de una década se construyó el poder regional del chavismo, cristalizado en una densa red de alianzas y organizaciones. Solo dos años atrás llegó Almagro a la OEA, quien en completa soledad comenzó a hablar de democracia y derechos humanos en una organización, y un hemisferio, que los tenía olvidados. Los cancilleres que decían hace un par de meses que Almagro era demasiado extremo, hoy dicen que la OEA no hace lo suficiente.

Paradójico, pero no es más que un reconocimiento para Almagro, cuyo liderazgo evidentemente les ha abierto los ojos. En hora buena. Ahora solo les resta una dosis de agallas y comenzar a alinear sus palabras con acciones, es decir, con política. Hacen falta más estadistas, pues la tarea es gigantesca y es colectiva: rescatar a medio continente de su deriva autoritaria.

@hectorschamis

El País (Es) (España)

 



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