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12/09/2017 | El reparto de culpas en torno a Corea

Farid Kahhat

En días recientes el ex presidente Alan García publicó el siguiente mensaje en su cuenta de Twitter: “Bomba de hidrógeno y misiles en Corea del Norte. Obama debió detenerlo pero escogió no tener problemas. Facilismo irresponsable”.

 

Si quiso implicar con ello que hubiese sido preferible una política firme y decidida, sin concesiones hacia la dictadura norcoreana, creo que se equivoca. Porque los problemas que Obama habría escogido evitar son el producto de esa política: Corea del Norte detonó su primera bomba atómica en 2006, cuando el presidente de los Estados Unidos era George W. Bush, no Barack Obama.

Concedo que el de Bush era un gobierno que jamás habría escogido evitarse problemas. Hasta tal punto que cuando no los encontraba, los creaba o de plano los inventaba. Por ejemplo, contribuyó a crear el problema de una Corea del Norte dotada de armas nucleares. Cuando Bush llegó al gobierno existía un Acuerdo Marco entre Corea del Norte y los Estados Unidos. Ese acuerdo siempre fue problemático, y las partes solían acusarse por presuntos incumplimientos. Pero mientras estuvo vigente, Corea del Norte recibió inspectores de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) y detuvo durante 8 años la producción de plutonio en el complejo de Yongbyon (entre 1994 y 2002). Tal vez esos logros fueron insuficientes, pero eran bastante mejores que lo que vino después.

En enero de 2002, Bush pronuncia el discurso sobre el Estado de la Unión en el que coloca a Corea del Norte dentro de un presunto “Eje del Mal”, junto con Irán e Iraq. Los unía, según el discurso, dos características: el fomento del terrorismo y la búsqueda de armas de destrucción masiva. En 2003 Bush se retira del Acuerdo Marco e invade Iraq en busca de sus arsenales de armas de destrucción masiva. Pero la investigación oficial que encomendó tras la invasión (el Reporte Duelfer), concluyó que esos arsenales no existían. El régimen comunista ya estuvo una vez a punto de desaparecer de la faz de la tierra tras la intervención estadounidense en la guerra de Corea, durante la cual su capital (Pyongyang) fue destruida por completo. ¿Qué conducta cabía esperar bajo esas circunstancias del régimen norcoreano?

Se trata por supuesto de una pregunta retórica. No sólo porque la respuesta parece obvia, sino además porque sabemos qué ocurrió: en 2003 (poco antes de la invasión de Iraq) Corea del Norte se retiró del Tratado de No Proliferación Nuclear, y reinició su programa nuclear con fines militares.

En su momento, voceros de la Administración Bush alegaron que su propósito no era intercambiar el Acuerdo Marco por una guerra preventiva, sino por un mejor acuerdo. Es decir, el mismo argumento que hoy esgrime Donald Trump sobre el acuerdo nuclear con Irán: dado que ese sería “el peor acuerdo jamás firmado” (sic), buscaría reemplazarlo por otro mejor. Tal vez un mejor acuerdo era posible en 2003 (ver el artículo de Nicholas Kristof, Iran’s Proposal for a “Grand Bargain”), pero en 2017 las alternativas al acuerdo con Irán parecen ser las mismas que al Acuerdo Marco en 2003: una guerra preventiva de proporciones dantescas, o un régimen hostil dotado de armas nucleares.

A propósito, nuestro país mantiene relaciones diplomáticas a nivel de embajador con la dictadura de Corea del Norte desde 1988, ¿recuerda quién era entonces presidente del Perú?

América Economía (Chile)

 



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