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21/10/2017 | La revolución tranquila de la Unión Europea

Pablo Rodriguez Suanzes

La victoria de Emmanuel Macron y la caída de los populistas dan alas a la resurrección política de la Unión

 

Más política, más decisión y muchas más Cumbres. Durante muchos meses, la UE ha estado grogui. Aturdida y deambulando tras el golpe del Brexit y los palos de movimientos euroescépticos y eurófobos de norte a sur y de este a oeste. Llena de dudas, de peleas, de crisis internas. Tras el referéndum británico los países se dieron un tiempo para pensar, como en las relaciones sentimentales en apuros, para reflexionar hacia dónde ir y pisar el freno, pues su temor era que seguir acelerando sin rumbo sólo sirviera para dar munición a los que quieren destruir la Unión.

Pero la situación ha cambiado. Se pregunte a quien se pregunte en las instituciones europeas y la mayoría de las capitales, todos hablan igual. Hay optimismo, entusiasmo, quizás demasiado. Todas las fuentes apuntan repetitivamente a dos factores; la derrota de los populismos en las elecciones holandesas, franceses o alemanas y al "impulso reformados y la energía" de Emmanuel Macron. Son dos buenos motivos, tan buenos como cualquier otro. Había en Europa un deseo reprimido y cualquier excusa es apta para justificar las acciones.

Septiembre fue el mes de los discursos en la UE. Juncker en el Estado de la Unión. Macron en la Sorbona. Theresa May en Florencia. En la cumbre del mes pasado en Estonia, el presidente del Consejo, Donald Tusk, recibió un mandato: poner todas esas ideas en común, algunas muy opuestas, y proponer una "Agenda de Líderes", una revolución en el método para tratar de convertir las ganas en medidas y avances políticos. Y esta semana en la Cumbre de Bruselas el ex primer ministro polaco la ha presentado y ha sido aplaudida prácticamente de forma unánime. "Ha vuelto el apetito por el riesgo", dicen fuentes europeas.

La idea es muy simple: los jefes de Estado y de Gobierno se tienen que ver las caras mucho más e implicarse. Ya no basta un Consejo Europeo cada dos meses. Tusk quiere que se vean al menos una vez por mes, y más si es posible. En los Consejos y en Cumbres informales en cada país que ostente la presidencia temporal.Ocurrió en septiembre del año pasado en Bratislava, en mayo de éste en Roma y de nuevo hace unos días en Tallin. Y Bruselas cree que el sistema funciona.

En su propuesta escrita a los líderes, el polaco explica que "hay dos grandes razones por las que algunos asuntos se enquistan: la primera que en vez de lidiar con ellos los líderes permiten que se pierden en algún lugar entre capas de colaboradores y la maquinaria de decisión. La segunda, conflictos de intereses y opiniones entre los Gobiernos". Y es verdad, pues muchísimos elementos se duermen y olvidan por pequeños detalles y falta de arrojo. La carta remitida a las 28 capitales habla de acabar de una vez con la "inercia burocrática", algo a lo que es casi imposible oponerse. Y con esos bloqueos en los consejos de ministros que retrasan años medidas que la ciudadanía reclama o de las que se beneficiaría inmediatamente.

El Consejo lo tiene muy claro: hay que forzar, apretar. La ciudadanía se ha alejado a pasos agigantados con la crisis y ve Bruselas como un enemigo. Algún primer ministro todavía reconoce que para ellos es "algo tóxico". Y eso debe acabar. Tusk cree que si los ciudadanos perciben que sus representantes elegidos están al frente de la maquinaria perderán parte del recelo actual. "Debemos centrarlos en dar soluciones prácticas a los problemas reales de los ciudadanos. Eso quiere decir cambios, pero no sólo por el placer de cambiar, sino para devolver la sensación de estabilidad, seguridad y predictibilidad a la vida de la gente y fe en el futuro. La innovación institucional puede en algunos casos ser un medio para un fin, pero debemos ser cuidados y no perderos en debates teóricos e institucionales innecesarios".

Merkel, Rajoy, Macron. Todos apoyaron y aplaudieron ayer la idea y el cambio metodológico aprobado para acelerar procesos e implicar de verdad a las Gobiernos. Pero no es oro todo lo que reluce. El jueves Tusk se presentó como "el guardián de la unidad". Podría parecer una frase más, pero no lo es. Lo dijo delante de Jean-Claude Juncker, el presidente de la Comisión europea, conocida como "el guardián de los Tratados". La pulla del polaco estaba bien cargada.

En su discurso sobre el Estado de la UE, Juncker abogó por fusionar las dos presidencias, la del Consejo y la Comisión. Y Tusk ha respondido a su manera diciendo: muy bien, pero si sólo queda uno, seré yo. En su mano juega el hecho de que su propuesta es la enésima batalla en la perpetua pugna entre Bruselas y las capitales, entre los partidarios de la vía institucional, comunitaria y en último caso federal, y los defensores del método intergubernamental, de que sean los primeros ministros los que marquen siempre el ritmo. Bruselas puede ser su capital, pero sin trono.

La Agenda de Líderes llevaría a más de una docena de encuentros por lo menos de aquí a que finalice la negociación del Brexit, aprovechando un encuentro de corte social en Suecia a finales de este año, la cumbre de los Balcanes en Sofia en mayo o un evento de seguridad en Austria el próximo septiembre. Y aunque sobre eso no hay problemas, los países del Este, el Grupo de Visegrado sobre todo, sigue siendo muy escéptico. Porque la idea del Consejo es intentar avances a 27 o a 28 en todo. Pero si no hay consenso, en vez de renunciar, usar las cooperaciones reforzadas; esto es, que si hay más de nueve países de acuerdo, tiren hacia adelante. Eso corre el riesgo de dividir Europa, de hacer un puzle imposible. Pero el Eje franco-alemán está bastante seguro de que si el 85% de ellos van a por algo, el resto acabarán sumándose ante el miedo a quedar marginados.

El Parlamento y la Comisión no se han pronunciado ni se espera que lo hagan como tal sobre esta revolución tranquila. La miran con cierto escepticismo, porque saben que supondrá un intento de 'robarles' competencias y terreno ganado durante décadas con mucho esfuerzo . Pero al mismo tiempo se abre una posibilidad: si los jefes se remangan, se ponen las botas y se ensucian, ya no podrán culpar de todos los males a la siempre lejana Bruselas. Sin un chivo expiatorio, y ante la desnudez de sus contradicciones, quizás pueda encontrar la forma de que Europa avance y se integre sin necesidad de una crisis brutal, sin jugarse cada semana su existencia. Sin que millones de ciudadanos tengan que pagar en sus vidas diarias por la falta de verdaderos líderes europeos.

El Mundo (España)

 



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