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11/01/2018 | El Nafta amenazado

América Economía Staff

No deja de ser irónico que en el Reino Unido algunos esgriman la carta de incorporarse al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Nafta o TLCAN) como alternativa a su salida de la Unión Europea, mientras en México, Canadá y Estados Unidos muchos se preguntan si Nafta estará vivo a fines de este año.

 

Tras cinco rondas de negociación en 2017 y acuerdos en dos capítulos de un total de 30, es imposible que se llegue a un borrador en marzo de 2018, como está programado. Una nueva ronda negociadora de cinco días se inicia el 23 de enero en Canadá, sin que haya ninguna idea de hacer contrapropuestas a algunos de los planteamientos proteccionistas en los que insiste Estados Unidos, como redefinir las reglas de origen para que los productos manufacturados en México o Canadá -principalmente automóviles, pero también teléfonos, computadores, pantallas y artefactos electrodomésticos- puedan entrar a territorio estadounidense sin pagar arancel.

La obstinada posición de Estados Unidos la impone -quién más- el obtuso Donald Trump, quien dijo en 2016 que Nafta era "the worst trade deal ever" (el peor acuerdo comercial de todos los tiempos), y sigue esgrimiendo como único argumento para fundamentar su irreflexiva aseveración el déficit comercial de US$ 70.000 millones de Estados Unidos con México.

Las cifras de intercambio comercial no le dan la razón. El comercio tripartito se ha multiplicado por cuatro en los 24 años que lleva en vigencia el Nafta, llegando actualmente a más de un billón de dólares (millón de millones). Según la Cámara de Comercio Estadounidense, el aumento de la actividad comercial generado por el Nafta ha creado 14 millones de puestos de trabajo en Estados Unidos. Por otro lado, en materia de servicios Estados Unidos tiene un superávit comercial de US$ 7.000 millones con México, que parcialmente alivia el mencionado déficit en intercambio de productos.

Mientras, el saldo comercial consolidado de Estados Unidos con Canadá es superavitario.

Al insistir una y otra vez en que las fábricas de autos y otras plantas manufactureras estadounidenses instaladas en México regresen a su país de origen, Trump busca volver a un pasado que no existe, a una situación que no sólo dañará a México sino también a Estados Unidos. Los precios de automóviles y otros productos subirían y las fábricas usarían más robots y menos obreros, con lo cual el aumento en el empleo sería moderado en el mejor de los casos. Nafta ha permitido que las fábricas se instalen donde más les conviene para producir autos, televisores y otros productos para los consumidores de EE.UU., México y Canadá al precio más bajo posible.

Estados Unidos busca hacer más estrictas las reglas de origen para los productos manufacturados, de modo que tengan un 85% de componentes made in America, en vez del 62,5% que exige Nafta, lo que sería muy difícil de cumplir por las automotoras, por ejemplo, que importan autopartes de Asia.

Otra exigencia inaceptable de Estados Unidos es el establecimiento de una sunset clause o “cláusula de ocaso”, que permitiría a cualquiera de los tres socios retirarse unilateralmente del acuerdo cada cinco años si es que no le gustan sus resultados.

En relación a reglas de origen y esta sunset clause, las conversaciones en serio aún no se han iniciado. Se ha llegado a un principio de acuerdo en telecomunicaciones y estándares de energía renovable, pero hay otros 28 sectores que siguen siendo terra incognita.

Trump ha dicho en más de una oportunidad que si no se llega a un acuerdo que lo satisfaga, se saldrá de Nafta, tal como se salió del Acuerdo de París o lanzó a la basura la Alianza Transpacífico (TPP). Y ya amenazó con un arancel de 25% a 35% para los autos importados de México.

Los propios estatutos del Nafta le permiten salirse del acuerdo dando aviso con seis meses de anticipación. Pero la política comercial de Estados Unidos la dicta el Congreso según la propia Constitución, y no está nada de claro que el establishment republicano esté de acuerdo en esto con el volátil morador de la Casa Blanca.

El empresariado estadounidense ciertamente no lo está. Todos los sectores industriales del país están haciendo lobby para una renegociación realista del Nafta. E incluso si Trump tuviera un arrebato y anunciara mañana que Estados Unidos se sale del acuerdo con México y Canadá, el sector empresarial y el Congreso se apresurarían a establecer acuerdos bilaterales por sector para mantener las cosas más o menos como están.

Tienen mejores argumentos que el presidente. Un estudio reciente de Boston Consulting Group indica que si muriera el Nafta, se perderían 50.000 puestos de trabajo en Estados Unidos sólo en el sector de autopartes.}

Las grandes empresas automotrices del mundo siguen invirtiendo en México. Cuando Trump asumió la presidencia hace un año, Ford y General Motors anunciaron que detendrían proyectos manufactureros en México y los regresarían a EE.UU., pero un año más tarde, otro gallo es el que canta. Kia, Mazda, Mercedes Benz, BMW y Toyota acaban de inaugurar nuevas plantas o lo harán en 2018 y 2020.

A pesar de toda la evidencia a favor del Nafta, hay muchas voces pesimistas en México, Estados Unidos y Canadá. La probabilidad de que Trump mate al Nafta es mayor si Trump no consigue los US$ 18.000 millones que ha pedido al Congreso para construir la muralla prometida con el fin de cerrarle simbólicamente la puerta a su vecino del sur. Si no hay plata para la muralla, la única promesa que el presidente podría cumplir a su base de electores antiinmigración es salirse del acuerdo comercial.

México ha comenzado a prepararse para una eventual muerte del Nafta. El país ya es el más abierto de todas las economías de la OCDE. Ha firmado acuerdos de libre comercio con 46 países, acuerdos de promoción de inversiones con 33 estados y nueve acuerdos adicionales en el marco de la Asociación Latinoamericana de Integración. Este año espera firmar un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea. Dos de las candidaturas presidenciales llevan como plataforma, si muere el Nafta, eliminar los aranceles a las importaciones de todos los países del mundo, convirtiéndose en una especie de Singapur adherido a Estados Unidos. Pero no sería fácil: un estudio de Moody's estima que la economía mexicana se contraería hasta -4% si muere el Nafta, mientras Banco Santander estima la caída en -2,6%.

Suceda lo que suceda, toda esta renegociación trumpiana del Nafta es otro error estratégico de Estados Unidos, exitoso campeón del libre comercio desde fines de la Segunda Guerra Mundial. Cuesta creer que el mercurial presidente estadounidense haga algo tan dañino para su propio país , como destruir el segundo acuerdo de libre comercio e integración económica más grande del mundo después de la Unión Europea. Pero ya ha hecho cosas igualmente nefastas en política exterior y para el medio ambiente global. No hay que subestimar la torpeza intelectual de ese “muy estable genio” que habita la Casa Blanca.

América Economía (Chile)

 



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