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17/01/2018 | Opinión - Steve Bannon y el futuro del ¨Bannonismo¨

Rafael L. Bardají

Tengo que “confesar” que yo conocía a Bannon a través de un amigo común del mundo financiero, donde Bannon pasó importantes años de su vida.

 

El rifirrafe entre el presidente Trump y su antiguo asesor estratégico, Steve Bannon, provocado por unos comentarios de éste en el polémico libro, Fire and Fury del periodista Michael Wolff, no sólo ha puesto punto y final a la relación entre la casa Blanca y Bannon, sino que ha acabado con la presencia de éste en el medio conservador más influyente actualmente, Breitbart news. Muchos en Washington han celebrado esta ruptura entre el inquilino de la Casa Blanca y a quien todos consideraban la conciencia ideológica del trumpismo, Steve Bannon, en quien personalizaban los peores instintos políticos de la nueva administración americana. Muerto Bannon (políticamente, se entiende), se acabó la rabia y Donald Trump podrá convertirse en un presidente normal. Esa es la esperanza.

Pero el conspiratorio establishment washingtoniano y los líderes europeos que con él comulgan pueden que se equivoquen. Por dos razones básicas: Porque, como antes se decía en el márketing de los ordenadores, “what you get is what you see”, y el Trump que vemos es el que es. Para las elites sofisticadas, un patán, para muchos americanos golpeados por la globalización y la emigración ilegal, su única esperanza, pero, sobre todo, para el orden político de las cosas, un rompedor.  Cuando Donald Trump aparezca en Davos este año, dentro de unos pocos días, no lo hará como parte de un club de privilegiados globalistas – a quien desdeña mortalmente- sino como el defensor de un nuevo orden internacional basado en America First (esto es, la supremacía de la soberanía nacional), la defensa de las fronteras nacionales y la responsabilidad individual (o en el caso de las naciones, que cada cual se trabaje su bienestar y su seguridad). Trump es Trump y más vale que nuestros dirigentes se hagan a la idea de que no va a evolucionar hacia una presidencia más del decadente gusto de los europeos. Al fin y al cabo, nosotros no le hemos elegido.

La segunda razón tiene que ver con la ideología de Steve Bannon. El “bannonismo”, especialmente bien articulado por su padre putativo es, en realidad, un movimiento más instintivo y básico, muy extendido entre los americanos y, también, en crecientes capas de la población europea. Bannon le dio coherencia, redondez, profundidad, así como capacidad de plasmar una visión y unos sentimientos en políticas concretas una vez que fue nombrado un cargo relevante en la Casa Blanca. Precisamente por eso, para todos quienes arremetían contra el populismo de Trump, Bannon pasó a ser el Darth Vader de la nueva política americana.

Tengo que “confesar” que yo conocía a Bannon a través de un amigo común del mundo financiero, donde Bannon pasó importantes años de su vida. Y tuve la oportunidad de visitarle en diversas ocasiones durante su efímera estadía en la Casa Blanca. Es más, trabajamos juntos, mano a mano, en su pequeño y abarrotado despacho del Ala Oeste, bajo las dos famosas pizarras vileda en las que llevaba la cuenta de las promesas electorales y las realizaciones de la presidencia, lo que debía ser el mensaje de Trump en su primera visita a Europa. Con su capacidad para no dormir y su fiebre devoradora de libros y noticias, hasta me preguntó en sucesivas ocasiones por Vox y sus expectativas electorales en España. Lo cuento para intentar expresar la ingente cantidad de datos que podía llegar a barajar en su cabeza.

¿Pero qué es el bannonismo? Que uno de los libros que siempre tenía a mano fuese la obra de Plutarco, Consejos a los políticos para gobernar bien, es indicativo de su pensamiento, aunque, sin duda, lo mejor para comprender la visión que proyectaba Bannon sean las películas que produjo desde mediados de la pasada década. En 2004, en el documental In the Face of Evil: Reagan’s war in Word and deed, el difunto presidente americano era el mejor instrumento para probar que, libres de miedos, uno podía engrentarse a una ideología totalitaria y radical y ganar. Que el acomodo, la coexistencia y el apaciguamiento eran falsas alternativas del statuquoismo y que los grandes cambios pueden llegar a producirse para bien con la suficiente dedicación, energía y perseverancia. Así como Ronald Reagan contribuyó decisivamente a la caída del imperio soviético, si nos lo planteáramos de verdad, nosotros podríamos vencer al nuevo imperio del mal, el islamismo radical. Fe, claridad moral y liderazgo es lo que se necesita. Años más tarde, Bannon encontraría a su nuevo líder en la persona de Donald Trump.

El bannonismo es una toma de conciencia de la necesidad de defender la civilización occidental, amenazada desde fuera y, preocupantemente, debilitada hasta extremos vitales desde dentro. Los enemigos externos son bien reconocibles desde el 11 de septiembre, los internos han pasado más desapercibidos. En la película Generation Zero, de 2010 (y quien no la haya visto todavía, que corra a hacerlo en Youtube), es el narcisismo de lasa actuales élites políticas y económicas lo que se pone en entredicho y a quien se culpa de las desgracias morales, institucionales y económicas de nuestros días. La crisis financiera no es el producto de un mal cálculo económico, sino la culminación de una generación educada en la indulgencia y la autosatisfacción inmediata, irresponsable hacia los demás y con el futuro. La contracultura, la izquierda y unas elites económicas extractivas, sólo preocupadas por maximizar sus ganancias a corto plazo, habrían transformado el capitalismo en eso que se ha llamado “capitalismo de amiguetes” y que en España tan bien conocemos por desgracia. Emprendedores del pelotazo sin responsabilidad social alguna. Bannon legaría a firmar en una de sus apariciones en televisión, que en América convivían dos sistemas: “tenemos socialismo para los pobres y socialismo para los muy ricos. Y tenemos capitalismo salvaje para las clases medias”. Es decir, subsidios financiados con dinero público para los de abajo y privilegios regulatorios para los de arriba. Y en medio, una población trabajadora, exprimida hasta el máximo por un Estado que sólo beneficiaba a unos pocos. De ahí la rabia de muchos americanos que ya no veían en su país la tierra de oportunidades. Su sueño hecho pesadilla. Y de ahí también la ira de muchos otros, en todas partes del mundo incluida Europa, hacia unas elites que no les representan, han dejado de defenderles y que parecen solo interesadas en sostener el sistema que mejor les beneficia a ellos.

Aún peor, para poder asegurarse sus privilegios, los actuales dirigentes nacionales han dejado de ser eso, nacionales, para convertirse en un club mundial de globalistas en el que las reglas las dictan instituciones impersonales y antidemocráticas. Sería, pues, el “Davos huminidus” quien, desde su torre de marfil, estaría poniendo en peligro la cohesión social, los valores de un capitalismo humano y la noción misma de identidad nacional. Justo lo que necesitan nuestros enemigos para infligirnos el último golpe mortal. Sin aspavientos como el terrorismo jihadista, sino con la suavidad de las olas migratorias. De eso algo vamos sabiendo ya en la Europa de Angela Merkel.

Bannon no es Trump, quien le acaba de defenestrar. Pero el trumpismo se nutre –y mucho- del bannonismo. Y con o sin Stephen K. Bannon, el bannonismo seguirá vivito y coleando, mal que les pese a algunos.  Vivo para quienes creen que la democracia occidental está en peligro, pero no por los mal llamados populismos, sino por la traición sostenida de nuestras élites; vivo entre quienes ven en la emigración masiva un peligro para nuestra seguridad y bienestar; vivo para aquellos que ven en el islamismo radical una amenaza a nuestro sistema de vida; vivo entre quienes creen que nuestra civilización es superior moral y materialmente ante cualquier otra y que merece la pena ser defendida; vivo para quienes los modelos alternativos a nuestras sociedades, sea chino, musulmán o bolivariano, no garantizan ni los niveles de libertad ni de desarrollo y responsabilidad individual que tanto amamos; vivo entre quienes ven en las actuales instituciones un sistema de corrupción orientado a salvaguardar los privilegios de unos pocos; vivo, en fin, para quienes se revuelven contra un sistema político esencialmente corrupto, nada ilusionante y que amenaza con dinamitar nuestra existencia antes que ponerse al servicio de las naciones y sus ciudadanos.

La Historia, según Straus y Howe en su libro The Fourth Turn, otro preferido de BAnnon y que yo aconsejo leer encarecidamente, es estacional. Que lo que venga sea el invierno o la primavera dependerá de quien gana el pulso actual, si el bannonismo sin Bannon, o el establishment de los Rajoy, Merkel y ese largo etcétera que nos inunda con sus discursos grandilocuentes, hueros y cada vez más falsos.

 

La Gaceta (España)

 



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