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30/03/2018 | El bastión cristiano que se rinde a Al Sisi

Francisco Carrión

Los habitantes de la ciudad de la basura, una comunidad cristiana marginal a las afueras de El Cairo, rinden pleitesía al militar en busca de seguridad

 

En las faldas de la árida colina de Moqattam, al este de El Cairo, toneladas de desechos se amontonan entre callejuelas sin asfaltar y bloques de apartamentos. Un barrio que la mayoría de los cairotas jamás pisaría y donde decenas de miles de cristianos viven procesando la basura de la megalópolis egipcia. "La vida en el barrio es buena aunque Al Sisi debería arreglar las calles", balbucea Rushdi Anis, un vecino de 73 años sentado a las puertas de su vivienda.

En el bajo del edificio, sus descendientes se ganan el pan removiendo los desperdicios de la urbe. "He votado por el presidente porque ha lanzado grandes proyectos y no hace distinción entre cristianos y musulmanes", arguye el anciano. A unos metros calle arriba, se ubica el colegio del barrio, convertido en centro electoral de los comicios presidenciales que concluyeron ayer tras tres jornadas que -apartados todos los rivales de enjundia- servirán al ex jefe del ejército para lograr cómodamente su segundo mandato.

"Al Sisi nos protege", dice escuetamente Nawal Munib en el patio del centro. La minoría copta, que representa alrededor del 8% de los 100 millones de egipcios, abrazó la irrupción de Al Sisi. Su líder espiritual, el patriarca de la Iglesia Ortodoxa Copta Teodoro II, fue uno de los firmantes del golpe de Estado que en julio de 2013 desalojó de poder al islamista Mohamed Mursi y, desde entonces, no ha perdido oportunidad para renovar en público su lealtad al mariscal de campo.

Su entusiasta respaldo, no obstante, situó a su comunidad en el blanco de los ataques terroristas. El pasado año dos kamikazes se inmolaron en sendos templos de Alejandría y Tanta, en el delta del Nilo, durante la misa del domingo de Ramos. La filial local del autodenominado Estado Islámico reivindicó su autoría. "Atentados como esos suceden en cualquier lugar del mundo, desde Estados Unidos a España. Los terroristas son unas ratas", replica Eissa Azmi, un conductor de 40 años tras depositar su voto.

De hecho, los primeros recuentos de votos parciales de las elecciones presidenciales en Egipto, que concluyeron ayer, conceden una victoria aplastante a Al Sisi. La agencia de noticias oficial, Mena, indicó que en los recuentos en varias provincias, ciudades y también en barrios de El Cairo, Al Sisi saca una gran ventaja, por lo general superior al 90% de los sufragios, sobre su único contrincante, Musa Mustafa Musa.

Apoyo de los salafistas

El fervor de Azmi por Al Sisi resiste incluso la constatación de que el 'rais' ha recibido el apoyo cerrado de Al Nur, un partido salafista (rigorista musulmán) tolerado por el régimen y emplazado ideológicamente a la derecha de los proscritos Hermanos Musulmanes. "Los salafistas se dieron cuenta de que se habían equivocado al apoyar a la Hermandad y han vuelto al redil. Lo celebro", zanja.

A su lado, el electricista Ayad Hakim enumera como una letanía las bondades del presidente. "Después de la revolución [las revueltas de 2011] todo estaba perdido. Ahora vivimos seguros y ya no sufrimos cortes de luz", comenta. A pesar de la pasión que suscita el militar entre la parroquia de los 'zabalin' (basureros, en árabe), el colegio electoral no registra aglomeraciones. Extramuros, los vecinos se fotografían con los soldados que, parapetados en montañas de costales, guardan las aulas.

Una barahúnda de 'tok tok' -motocicletas a tres ruedas- y furgonetas cargadas de fardos de basura cruzan la arteria contigua. La chiquillería corretea por el páramo bajo el runrún de los sones patrióticos que despiden los altavoces de la carpa instalada con el propósito de alentar la participación. "Es una campaña sufragada por dos parlamentarios de la zona. Uno de ellos pertenece a una formación que es el nuevo Partido Nacional Democrática [la formación del depuesto Hosni Mubarakque controló durante décadas la vida política del país a golpe de corrupción]", explica Ezzat Naeim, fundador de una ONG local que proporciona asistencia a los habitantes del gueto de Manshiyet Nasr.

"Es que aquí los servicios sociales, la asistencia sanitaria o las clases de alfabetización, dependen de la labor de las asociaciones. El Gobierno nunca se ha preocupado de nosotros", murmura el trajeado, uno de los organizadores del despliegue festivo.

Una orfandad que ha acostumbrado a sus protagonistas a la mísera existencia del barrio, invadido por el olor a putrefacto que desprende la basura. "Me basta con la seguridad", repite como un mantra Seif Butros, un comerciante de 33 años en el camino de regreso del centro de votación.

En marzo de 2011, semanas después del triunfo de las revueltas contra Mubarak, el vecindario sufrió durante horas un ataque que dejó una decena de muertos. "En Egipto tenemos el refrán: 'mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer'", masculla Osama Nabil, un treinteañero que sirve como voluntario a pie de urnas mientras un microbús descarga a una ráfaga de nuevos votantes. "Al Sisi ha permitido que se puedan construir nuevas iglesias", arguye.

La ley aprobada durante su mandato, sin embargo, ha sido censurada por las organizaciones de derechos humanos porque deja en manos del gobernador provincial el plácet a la edificación de templos y fija varios condicionantes como "la preservación de la seguridad y el orden público" o el número de vecinos cristianos.

La disidencia en el distrito habita a unas calles de la escuela. "Los cristianos somos víctimas del juego político. Al Sisi comercia con nosotros como ya lo hicieron los anteriores presidentes. En realidad, nadie nos protege", opina un veinteañero que dirige una pequeña factoría de reciclaje. "Hay una brecha generacional. Los mayores tienen sus ideas y los jóvenes tenemos las nuestras. Yo no pienso ir a votar. Al Sisi es un dictador brutal que ha acabado con la democracia y nosotros pertenecemos a una sociedad invisible", concluye.

El Mundo (España)

 



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