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28/04/2018 | Nicaragua, todo por la revolución

Deutsche Welle

Nicaragua fue una cuestión de corazón para mi generación. Una cuestión ya casi olvidada, junto con la lucha contra la energía nuclear, la carrera armamentística o la ocupación de casas en las ciudades universitarias.

 

La revolución de 1979 en Nicaragua fue la perfecta oportunidad para todos aquellos que en 1968 y durante la guerra de Vietnam todavía estaban en pañales. Pues en Nicaragua las cosas parecían tan claras: de un lado estaban los sandinistas con su visión de un socialismo más allá del comunismo soviético de cuya triste realidad ya nos habíamos despedido. Del otro lado estaba Estados Unidos que había apoyado al exdictador Somoza hasta el final y que ahora financiaba a los Contras que llevaban la guerra a este pobre país que soñaba con la libertad. Jamás hubo una mejor oportunidad de expresar un antiamericanismo abierto encontrándose al mismo tiempo bajo el paraguas protector de las armas nucleares estadounidenses.

Café amargo desde las cooperativas

En casi todas las ciudades alemanas hubo un comité de solidaridad con Nicaragua, especialmente en el entorno de las universidades, del partido socialdemócrata SPD o las iglesias. Tomando el café desagradablemente amargo de las cooperativas nicaragüenses, se celebraron en los encuentros de esos grupos los éxitos de la revolución (la rápida caída del analfabetismo), la animosidad hacia Ronald Reagan y se adoptaron resoluciones y planes de acción.

La ayuda que recibieron los sandinistas desde Alemania fue considerable: más de 15.000 jóvenes se fueron a Nicaragua para trabajar como maestros, artesanos, cosechadores o médicos y vivieron ahí bajo condiciones primitivas, sin sueldo, principalmente en las plantaciones de algodón o de café. En honor de la Guerra Civil Española se habló oficialmente de las "Brigadas Internacionales". Los lugareños simplemente los llamaban "sandalistas", aludiendo a su calzado favorito.

En la Iglesia, especialmente en el servicio juvenil católico, en el que yo estuve involucrado en ese momento, la revolución sandinista fue introducida por Ernesto Cardenal, el sacerdote católico que los sandinistas nombraron ministro de Educación en 1979. En los años ochenta no había una jornada ecuménica en Alemania sin Ernesto Cardenal. Así fue que nosotros, los jóvenes católicos de mi ciudad natal, empezamos a recolectar papel usado para poder transferir cientos de marcos alemanes a Nicaragua. Financiamos dos vacas lecheras y media para una cooperativa agrícola de la que jamás en mi vida había oído hablar.

En el lado equivocado de la historia

Nunca escuchamos (o no queríamos escuchar) que los sandinistas bajo Daniel Ortega (sí, el mismo que hoy ordena disparar contra manifestantes) ya gobernaba de manera bastante autoritaria en los años ochenta. Pero las atrocidades de los Contras de Reagan también parecían justificar muchas cosas.

Mientras nosotros nos reuníamos en el sótano de nuestro centro católico para discutir sobre la política en Centroamérica, se juntaban en el piso superior las damas de la Asociación de Mujeres Católicas, la mayoría de ellas mayores de 60 años. Ellas llenaron paquetes de solidaridad con café, azúcar y salchichas enlatadas para los polacos que sufrían bajo la ley marcial. A nosotros nos parecía ridículo en comparación con nuestro compromiso con Nicaragua.

Es una sensación bastante amarga tener que reconocer haber estado en el lado equivocado de la historia.

Deutsche Welle (Alemania)

 



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