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04/07/2018 | Colombia, ¿un país plural o partido en dos?

Jorge Galindo

Los bloques que apoyaron a Duque y Petro pueden desmontarse en otros dos a la luz de las legislativas de marzo

 

¿Qué ha sucedido en Colombia en los últimos tres meses? Políticamente, se entiende. Rápido se ha olvidado el debate público de aquellas elecciones legislativas del 11 de marzo que arrojaron una imagen de país plural, ideológicamente fragmentado en un interesante mosaico. En su lugar se ha instalado la foto que nos dejó la segunda vuelta: dos propuestas contrastadas, situadas en sendos extremos del espectro ideológico. La sentencia: Colombia es un país condenado a la polarización.

Pero eso es como pensar que la meta define todo el camino recorrido hasta ella, confundiendo un punto determinado con el mapa que lo contiene. No. La pregunta inicial sigue sin respuesta. ¿Es la Colombia de 2018 un país más plural, o por el contrario se trata de una nación más polarizada que nunca? Mi hipótesis, por el momento, es; las dos cosas al mismo tiempo.

Lo que, después de los resultados del pasado 17 de junio, podríamos denominar como “bloque de Gobierno” y “bloque de oposición”, quedó representado en la foto final por Iván Duque (es decir, por el uribismo) y por Gustavo Petro (esto es, el primer candidato de izquierda en tener opciones de llegar a la presidencia de Colombia). Pero, como si de un Lego se tratase, estos dos bloques pueden desmontarse a su vez en otros dos una vez analizamos los datos de la primera vuelta y de las legislativas del 11 de marzo. Contando, además, con un espacio bisagra, intermedio.

Empecemos por la derecha, que fue la ganadora final de la contienda. El número de votos totales de Iván Duque en segunda vuelta es llamativamente similar a la suma obtenida por su partido, el Centro Democrático (CD), y las formaciones del establecimiento que acabarían por apoyarle una vez Vargas Lleras y Humberto de la Calle quedasen eliminados: Conservadores, Cambio Radical, la U, Liberales. Sin embargo, sería un error considerar que la transferencia ha sido completa. Por elecciones pasadas sabemos que hay un contingente mediano de votantes que acuden a las urnas en presidenciales pero no en legislativas, y viceversa. Es decir: hay transfusiones desde y hacia la abstención. Pero lo que sí nos dicen estos datos es que (1) el uribismo tiene una base ‘dura’ de dos millones y medio de votos; (2) Iván Duque fue un candidato creíble y atractivo para el votante de centro-derecha, como para romper esa barrera con mucho desde primera vuelta; (3) Vargas Lleras probó por el contrario que sin credibilidad en el plano de opinión, como la que sí tenía Duque, la promesa teórica de mies de votos de partidos en las legislativas no sirve de nada. No es ya que no recibiese los cuatro millones de CR y la U, es que ni siquiera cogió los dos de la U. Se le perdieron setecientos mil votos de su propio partido por el camino. En otras palabras: en este primer tramo del camino Iván Duque demostró que él podía construir desde el núcleo del uribismo.

Mientras tanto, tanto Petro como Fajardo hacían exactamente lo mismo en el otro bloque, construyendo sus propias piezas. Si Duque multiplicó la votación de su partido por tres, Fajardo hizo lo mismo (si sumamos la Alianza Verde y los 220.000 apoyos que Robledo recibió a su nombre). Nadie debe, por otra parte, entender la suma de Fajardo y De La Calle como una confirmación de la hipótesis de que su unión habría sido suficiente para superar al candidato de izquierda. Sólo es una forma de representar el tamaño de la pieza más moderada en el bloque. En realidad, es probable que una hipotética unión verdirroja habría dispersado los 400.000 de Humberto en varias direcciones: lo que estaba en juego aquí era la construcción de un candidato alternativo creíble en las urnas. En ese sentido, el trabajo de Petro fue notorio. Incluso si imputamos a la facción izquierdista los votos del Polo Democrático Alternativo que no son de Fajardo, resulta que Petro convierte un millón de sufragios en casi cinco en un periodo de dos meses y medio. Si en la derecha la batalla de la credibilidad fue vencida nítidamente por Duque, en el lado progresista la cuestión estuvo considerablemente más igualada. Pero sin duda fue Gustavo Petro quien recorrió más trecho.

De esta manera, llegamos a las tres semanas finales con unas cuentas que dejaban por delante al bloque alternativo: en concreto, ochocientos mil votos por delante. Así, hay dos maneras de ver los resultados de Petro en segunda vuelta. Sus fieles prefieren subrayar que casi duplicó su base intermedia, tras haberla multiplicado por cuatro con respecto a las legislativas. Otros, más críticos, hacen hincapié en que 1.8 millones de votos se quedaron en algún lugar entre primera y segunda vuelta.

Aunque no podemos saberlo a ciencia cierta, es probable que una parte de los votantes de Fajardo (sobre todo en las zonas interiores del país: Antioquia, Eje Cafetero) se trasladasen a Duque dejando entrever que esos 9.8 millones no son capitalizables por una propuesta de izquierda. Tal es la bisagra que decidió esta elección. Votos que, en realidad, la coalición establecimiento-uribismo no puede considerar como propios. Como tampoco podía el bloque alternativo.  

Así, Colombia ha quedado como un país de, aproximadamente, 45%-45%-10%, si se me permite la simplificación. Pero en realidad los bloques de 45% se subdividen en núcleos extremos (uribismo, izquierda) y moderados (centro-derecha conservador, centro progresista). Es muy probable que todos y cada uno de los actores políticos que protagonizarán el próximo ciclo político colombiano tenga perfectamente clara esta doble división, entre bloques y dentro de cada bloque. Por eso, el futuro será de quien logre mantener el propio bloque unido o, por el contrario, construir uno alternativo en el centro.

En el mejor escenario para la derecha, la oposición se rompe pero Iván Duque consigue mantener ‘atado’ al uribismo con el (resto del) establecimiento. Alternativamente, podría suceder que López, Petro, Wolff y demás consigan consolidar una oposición unida mientras que el presidente electo no es capaz de reunir lo que en realidad fue una división de ocho años entre Uribe y Santos. En este caso, Duque podría optar por el famoso ‘volteo’, lo cual a su vez le requeriría perforar la oposición por el centro. La clave es que nadie puede descuidar su espalda mientras mira al mismo tiempo al frente. Todos están, y ahí permanecerán, en una doble guerra. Bienvenidos a la fragmentación polarizada.

El País (Es) (España)

 



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