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10/07/2018 | Euskera: el lenguaje secreto utilizado por EE.UU. en la IIGM durante el desembarco de Guadalcanal

Manuel P. Villatoro

Ni el extendido inglés, ni el manido francés. Lo que oyeron el 7 de agosto de 1942 los soldados aliados que desembarcaron en la isla de Guadalcanal (así como otras ubicadas en la zona como Tulagi) antes de pisar tierra fueron las siguientes palabras: «Sagarra eragintza zazpi» (o «Sagarra eragintza saspi»).

 

Ni el extendido inglés, ni el manido francés. Lo que oyeron el 7 de agosto de 1942 los soldados aliados que desembarcaron en la isla de Guadalcanal (así como otras ubicadas en la zona como Tulagi) antes de pisar tierra fueron las siguientes palabras: «Sagarra eragintza zazpi» (o «Sagarra eragintza saspi»). Unos términos que, para aquellos poco duchos en el euskera, venían a significar más o menos lo siguiente: «La operación “Manzana” comenzará a las siete». ¿Extraño, verdad? Pues no. Y es que, durante la Segunda Guerra Mundial, el ejército norteamericano usó varios idiomas como el navajo, el cherooke o el vasco como códigos secretos para transmitir sus mensajes en mitad de la contienda. El objetivo estaba claro: intentar que, aunque los japoneses interceptaran sus comunicaciones, no entendieran ni papa de lo que recogían sus auriculares.

Estas lenguas secretas, sumamente famosas gracias a la película «Windtalkers» (interpretada por Nicolas Cage), fueron solo una parte de los códigos que se utilizaron en la Segunda Guerra Mundial para tratar de desconcertar al enemigo. Una época, además, en la que se modernizó el mundo del espionaje gracias a máquinas de cifrado como la Enigma (usada por los U-Boote germanos para coordinar ataques contra convoyes aliados) y en la que, a pesar de todo, se siguieron empleando técnicas más castizas como el envío de mensajes clandestinos a la resistencia a través de cadenas como la BBC.

A la caza

Para entender la importancia de los códigos secretos utilizados durante la Segunda Guerra Mundial es necesario retroceder en el tiempo hasta el 7 de diciembre de 1941. Fue exactamente en esa jornada cuando Japón atacó -totalmente por sorpresa- la base norteamericana de Pearl Harbor, ubicada en Hawái.

El asalto (que incluyó buques, aviones y algún que otro kamikaze) se saldó con casi 4.000 bajas por parte del bando estadounidense y, como no podía ser de otra forma, con una declaración de guerra que cambiaría el devenir de la contienda: la de la tierra de las barras y estrellas al país del sol naciente y a Alemania. A partir de entonces, los americanos comenzaron una carrera en el Pacífico por arrebatar a los nipones sus islas a sangre y fuego, pues conquistar cada una de ellas implicaba estar más cerca de Tokio y de la victoria.

En esa guerra de guerrillas que se daba en cada una de las islas (así como en los continuos vaivenes de flotas que se sucedían a lo largo del Pacífico) una rama de los ejércitos estadounidense y japonés se hizo determinante. Y no fueron los famosos Marines o los Tokubetsu Rikusentai (las fuerzas de desembarco japonesas), sino las unidades de inteligencia.

Y es que, sus miembros eran capaces de desencriptar los mensajes en clave que -día sí y noche también- se enviaban desde los mandos de los respectivos bandos. Órdenes que hablaban -por ejemplo- del lugar exacto en el que se posicionaría una flota o de la zona en la que se llevaría a cabo un bombardeo o un ataque. En definitiva, una información de suma importancia que, en el caso de conocerse, permitía a los mandamases organizar una defensa o una controfensiva con la ventaja de saber de antemano los planes del enemigo.

Un ejemplo de la importancia que tenía en aquellos años la capacidad de desencriptar (y entender) los mensajes enemigos lo ofrece el divulgador histórico Manuel J. Prieto en su obra «Operaciones especiales de la Segunda Guerra Mundial: La lucha tras las líneas enemigas»: «Los criptoanalistas norteamericanos fueron capaces de romper unos 75 códigos navales japoneses. Entre ellos estaba el código usado por los mercantes nipones, el código S, que permitió a partir de 1943 conocer las rutas, los planes de navegación, fechas y días de los convoyes y barcos enemigos. La Unidad de Radio de la Flota del Pacífico, cuyas siglas eran FRUPAC, era la sección que de la marina de los Estados Unidos que se ocupaba de luchar contra los sistemas criptográficos enemigos. Desde su base en Hawái se descodificaban las señales encriptadas de los convoyes japoneses y se transmitía el resultado hacia el centro de mando de los submarinos estadounidenses. En esas señales estaba la información sobre la ruta».

Los nipones tampoco andaban mancos en lo que se refiere al espionaje y a la desencriptación de mensajes. De hecho, lograron descifrar multitud de ellos y dieron no pocos dolores de cabeza a sus contrarios.

El nacimiento de los «code-talkers»

Sabedores de lo importante que era encontrar un código que no entendieran los japoneses, a los altos mandos del Ejército de los Estados Unidos se les ocurrió algo curioso: reclutar a nativos americanos (muchos de los cuales usaban dialectos apenas conocidos fuera de sus aldeas y con siglos de historia a sus espaldas) y usarlos como cifradores y descifradores de mensajes.

La misión de estos operadores de radio sería transmitir y recibir las órdenes en sus idiomas natales y lograr así que -aunque los japoneses interceptaran las comunicaciones- no pudiesen entender ni jota de lo que decían. «El Ejército reclutó soldados entre los comanches, choctaw, hopis, chéroqui y otras tribus para transmitir imágenes en sus idiomas nativos», explica el Instituto Smithsonian en su dossier «Native Word, Native Warrios» (creado para la exposición homónima).

De entre todos los dialectos que se utilizaron, el que más convenció a la Infantería de Marina de los Estados Unidos por su dificultad fue el de los indios navajos, por lo que ese fue el adoptado para llevar a cabo una buena parte de las transmisiones en la Guerra del Pacífico. Y es que, aquella lengua era incluso ininteligible para pueblos emparentados con ellos.

«La idea partió de un ingeniero de Los Ángeles que de niño había crecido rodeado de indios navajos, al ser su padre misionero en una reserva. Tendiendo en cuenta que el idioma que hablan los navajos entraña una enorme dificultad de comprensión y que, aparte de ellos, tan solo unas dos docenas de personas en el mundo tenían alguna noción de este idioma, se decidió que los indios de esta tribu fuesen los encargados de transmitir y recibir las comunicaciones por radio», explica el historiador y periodista Jesús Hernández (especializado en la IIGM) en su obra «Las cien mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial».

Con todo, para hacer que el código fuese todavía más difícil de desencriptar, los mandos ordenaron a los navajos que creasen una clave secreta en base a su idioma. «La Infantería de Marina de los Estados Unidos añadió otra dimensión al proceso, siguiendo la sugerencia del veterano militar Philip Johnston, cuyos padres habían sido misioneros con los navajos. En lugar de solo transmitir órdenes de batalla en idioma nativo, la Infantería de Marina le pidió a los reclutas navajos que crearan un código formal basado en su lengua. Los guerreros que emplearon ese código llegaron a conocerse como “locutores de claves” [code-talkers]», añade el Smithsonian.

Así fue como, en mayo de 1942, 29 nativos navajos fueron reclutados para desarrollar y probar las nuevas claves. Ese solo sería el principio, pues el número de nativos de esta tribu llegó a ascender a 400 durante la Segunda Guerra Mundial.

El código navajo definitivo era prácticamente imposible de entender para los japoneses. Y es que, aprovechando que su idioma carecía de términos para referirse a armamento moderno como los carros de combate o los aviones, los operadores aprovecharon para poner a éstos diferentes nombres en clave. Como ejemplo, en el código navajo el término «atsá» («águila»), hacía referencia a «avión de transporte»; mientras que «paaki» («casa sobre el agua») significaba barco. «Aún si una persona navajo escuchara nuestra comunicación, no hubiese podido descifrar lo que decíamos. Reconocería el idioma navajo, pero no tendría sentido para él», explica Peter Sandoval (un antiguo «code-talker) en el dossier del Smithsonian.

Los términos más útiles en navajo

TÉRMINO ORIGINAL EN NAVAJO: Chay-Da-Gahi.

TRADUCCIÓN LITERAL: Tortuga.

OBJETO AL QUE SE REFIERE: Carro de combate.

TÉRMINO ORIGINAL EN NAVAJO: Lo-Be-Ca.

TRADUCCIÓN LITERAL: Pez con cáscara (marisco).

OBJETO AL QUE SE REFIERE: Torpedo.

TÉRMINO ORIGINAL EN NAVAJO: Be-Al-Doh-Tso-Lani.

TRADUCCIÓN LITERAL: Muchas armas grandes.

OBJETO AL QUE SE REFIERE: Artillería.

TÉRMINO ORIGINAL EN NAVAJO: Tsidi.

TRADUCCIÓN LITERAL: Pájaro.

OBJETO AL QUE SE REFIERE: Avión.

TÉRMINO ORIGINAL EN NAVAJO: A-Ye-Shi-Na-Tah-Ih.

TRADUCCIÓN LITERAL: Huevo volador.

OBJETO AL QUE SE REFIERE: Bomba teledirigida.

TÉRMINO ORIGINAL EN NAVAJO: Beh-Na-Ali-Tsosie.

TRADUCCIÓN LITERAL: Ojos inclinados.

OBJETO AL QUE SE REFIERE: Japonés.

El euskera, otro navajo

Aunque el navajo fue la lengua más utilizada en la Guerra del Pacífico, no fue la única. De hecho, fueron multitud los idiomas que se adoptaron para tratar de desconcertar a los japoneses. «Otros amerindios en las fuerzas armadas usaban sus idiomas nativos no cifrados para enviar mensajes desde el campo de batalla. Entre las tribus representadas estaban los lacota, sioux, crow, choctaw, menomini, maskoki, seminola, chipewa, oneida, kiowas, pawnee, chéroqui, assiniboine, y cree, entre otras», añade el Smithsonian en su dossier.

Precisamente entre este grupo de idiomas (los utilizados sin código para despistar al enemigo) destacó el euskera. Así que sí, aunque pueda parecer increíble, en la Segunda Guerra Mundial los norteamericanos llegaron a transmitir órdenes en esta lengua.

La curiosa historia de cómo el vasco acabó siendo una lengua utilizada en la Segunda Guerra Mundial la narra el escritor y periodista Daniel Arasa en su obra «Los españoles en la Guerra del Pacífico». En ella, este autor afirma que la idea llegó a los altos mandos gracias a un teniente coronel llamado Ernesto D. Carranza. Mexicano hijo de vizcaínos, este militar supo al instante que el vasco era la lengua que estaban buscando los altos cargos del Ejército de los Estados Unidos para crear el desconcierto entre los japoneses. Así lo corrobora Hernández en su obra: «Un oficial de origen mexicano, pero de padres vascos, propuso la idea de emplear el euskera como código secreto». Como Carranza había liderado el 10º Regimiento de Transmisiones años atrás, su opinión fue tenida en cuenta.

A Carranza se le ocurrió usar su idioma paterno cuando se percató de que había unos 60 hijos de vascos (la mayoría pastores que no dominaban bien el inglés) en el cuartel de transmisiones de San Francisco, uno de los que reunía una mayor cantidad de combatientes y que se destacaba por enviar una ingente cantidad de mensajes de importancia hacia otras bases militares.

«Los mandos navales introdujeron el euskera como código secretopara las comunicaciones entre el centro de California y las bases norteamericanas en Australia y Hawái», explica el escritor e historiador Iñaki Egaña en su obra «Mil noticias insólitas del país de los vascos». Esta idea es apoyada por Arasa y por Hernández.

A partir de 1942 comenzaron los controles previos para establecer si esta lengua era descifrada o no por los japoneses. «Empezaron las pruebas transmitiendo en euskera muchas órdenes y comunicados de importancia menor para comprobar si el enemigo los entendía», destaca Arasa. Por suerte, los nipones no entendieron absolutamente nada, así que el euskera empezó a ser usado para enviar determinadas órdenes del cuartel, hacia otras bases militares.

El vasco se empleó, además, junto a otras para evitar que el enemigo pudiese descifrarla. «El euskera fue usado los lunes y viernes, el oswego los martes y domingos, mientras que los miércoles era el iroqués, los jueves el lacota y el sábado un código especial», añade, en este caso, Egaña. Cuando se observó que este curioso código era sumamente efectivo, también fue utilizado para dar las órdenes a los grupos de barcos aliados que atravesaban el Pacífico cargados de mercancías. Fue todo un éxito.

El punto más álgido del uso de este idioma se dio el 7 de agosto de 1942, cuando los americanos desembarcaron en Guadalcanal y varias islas más. Aquella jornada, las órdenes de ataque fueron redactadas y enviadas en euskera porque era uno de los días en que tenía que usarse dicha lengua. «En Guadalcanal se emplearía el vasco para emitir diversas órdenes de combate y en las descripciones que efectuaban los aviones que sobrevolaban la isla. Aun reconociendo la utilidad de este idioma, los norteamericanos prefirieron no utilizarlo de forma habitual, teniendo en cuenta que existía una importante colonia se prefirió potenciar el uso de códigos basados en las lenguas indias, más difíciles de descifrar para los japoneses», determina Hernández.

Órdenes habituales en euskera (extraídas del libro de Daniel Arasa)

EUSKERA - Gabaumba Gudari-Talde Asko 100.000.

TRADUCCIÓN - Las tropas (soldados) japonesas suman 100.000.

EUSKERA - Egon, Arretaz. X Egunari.

TRADUCCIÓN – Atención al día X.

EUSKERA - Sagarra Eragintza Saspi.

TRADUCCIÓN – La operación “Manzana” empezará a las siete.

EXPLICACIÓN – La operación de desembarco en Guadalcanal por parte de los estadounidenses llevó el nombre en clave de «Sagarra» (o manzana).

EUSKERA - Lurrepaira 1darrepairalndartsuak

TRADUCCIÓN – Poseen fuertes trincheras y fortificaciones.

EUSKERA - Aurreta Zugaitzairi.

TRADUCCIÓN – Atención a las copas de los árboles.

EXPLICACIÓN – La Guerra del Pacífico, entre otras muchas cosas, fue conocida como la guerra de las palmeras y los cocoteros debido a que los tiradores japoneses solían esconderse en las copas de los árboles para disparar desde allí a los aliados.

Otros métodos para ocultar un mensaje

Aunque fue en la Primera Guerra Mundial cuando los sistemas de encriptación se modernizaron (y en la Segunda cuando se perfeccionaron y se crearon las máquinas para mecanizar su proceso), los mensajes ocultos se han utilizado desde la antigüedad. Como bien señala Santiago Fernández (Asesor de matemáticas del Berritzegune de Abando) en su dossier «La criptografía clásica», uno de los primeros pueblos en esconder sus mensajes fue el espartano. Estos inventaron para ello un curioso sistema basado en un palo.

«La escitala era un palo o bastón en el cual se enrollaba en espiral una tira de cuero. Sobre esa tira se escribía el mensaje en columnas paralelas al eje del palo. La tira desenrollada mostraba un texto sin relación aparente con el texto inicial, pero que podía leerse volviendo a enrollar la tira sobre un palo del mismo diámetro que el primero», explica Plutarco. Con todo, el problema de este método es que el emisor y el receptor tenían que contar con un palo de dimensiones similares para que la clave funcionase correctamente.

Después de la escitala, uno de los sistemas más famosos de encriptación es el que utilizó Julio César para comunicarse con sus legionarios y dar órdenes a sus oficiales sin temor a que sus mensajes fuesen capturados. Como explica Juan Carlos Galende Díaz (doctor en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y autor de «Criptografía: historia de la escritura cifrada») en declaraciones a ABC, este sistema es de los más sencillos de la Historia y consistía en que cada letra que aparecía en los textos enviados por el militar equivalía a otra ubicada tres posiciones antes en el alfabeto. Es decir, que la «A» se cambiaba por la «D», la «B» por la «E», y así sucesivamente.

Posteriormente nació también uno de los sistemas de cifrado más seguros de la Historia: el de rejillas. «Eran artilugios (planchas) fabricados de forma manual con distintas ventanas numeradas que se abrían. El emisor levantaba varias de ellas y escribía el mensaje», explica Galende en declaraciones a ABC. Una vez que el mensaje estaba creado, la rejilla se levantaba y se rellenaban los huecos en blanco, de forma que el resultado era un texto inofensivo. «El receptor tenía que tener la misma rejilla. Cuando recibía el mensaje la colocaba encima y, sabiendo las casillas o ventanas que debía levantar, podía descifrar el código», añade el experto. Aunque el método requería de tiempo para rellenar el cuerpo del relato falso, era sumamente complicado descubrir lo que se enviaba.

Otro de los sistemas más complejos, pero también más seguros, fue el nomenclator. «Se basa en una tabla cifradora. Consiste en conformar un alfabeto particular que se acompañaba con un pequeño diccionario. La idea era sustituir las palabras más habituales por otras. Podían ser el nombre de un rey, un “para”, un “que” o un símbolo específico. Este sistema apareció por primera vez en el año 1402 y, posteriormente, se propagó por toda Europa y América (esta última región, durante los siglos XVIII y XIX). Si no se tenía la tabla de cifrado (el diccionario) era prácticamente imposible deducir el criptograma, pues solo se veía un número, un objeto figurativo... etc. Hasta el día de hoy era bastante moderno».

La modernización de la encriptación

Los orígenes de los sistemas modernos de cifrado (los que posteriormente se utilizarían en la Segunda Guerra Mundial, tales como las lenguas ya comentadas o las máquinas de cifrado) se encuentran en la Primera Guerra Mundial, una época en la que ya se había empezado a coquetear con multitud de utensilios más propios de las películas que de la vida real y algunas fórmulas para evitar que los mensajes secretos fueran detectados por el bando contrario. Estos procedimientos fueron los orígenes de las llamadas «técnicas de criptografía», cuya finalidad era que el enemigo no pudiese entender aquello que había sido escrito en el caso de hacerse con el mensaje secreto.

«La criptografía es la disciplina que se encarga del estudio de códigos secretos o llamados también códigos cifrados [...]. En origen, su único objetivo era el proteger la confidencialidad de informaciones militares y políticas. Sin embargo, en la actualidad es una ciencia interesante no sólo en esos campos, sino para cualquier otro que esté interesado en la confidencialidad de unos determinados datos. Aunque el objetivo original de la criptografía era mantener en secreto un mensaje, en la actualidad no se persigue únicamente la privacidad o confidencialidad de los datos, sino que se busca además garantizar la autentificación de los mismos (el emisor del mensaje es quien dice ser, y no otro), su integridad [...] y su no repudio [...]», explica Fernández.

En los años de la Primera Guerra Mundial, sin embargo, el sistema de codificación de mensajes más habitual es el de sustitución. Es decir, sustituir letras (o palabras) por otras letras o números. El problema de este era que aquella persona que emitía el mensaje, y la que la recibía, debían contar con un libro de códigos similar en el que se explicara qué carácter se correspondía con qué cifra. Era, en definitiva, una encriptación «de lápiz y papel», como bien señala el «Instituto Nacional de Tecnologías de la Comunicación» en su dossier informativo «La criptografía desde la Antigua Grecia hasta la máquina Enigma».

Con todo, existen multitud de sistemas (los cuales fueron evolucionando con el paso de los años). Otro de ellos, como bien señala Muñoz en su dossier: «Historias de Matemáticas criptología nazi. Los Códigos Secretos de Hitler», es el denominado método de transposición: «Pongamos un ejemplo; imaginemos que tanto el emisor del lenguaje cifrado como el receptor consideran en principio un número menor de nueve dígitos como clave, por ejemplo el 231. Dicha clave ponía de manifiesto que el texto debía ser escrito en tres columnas (en principio sin considerar espacios entre palabras). De este modo el emisor codificaría la frase “DESEMBARCAR AL AMANECER” como “EMRRANE SBCAMER DEAALAC”».

PARA SABER MÁS: Enigma, la perfecta máquina espía de los nazis que fue vencida por un matemático

Estos arcaicos sistemas cambiaron radicalmente con la entrada en el siglo XX, una época en la que la criptografía se modernizó por las bravas gracias a un nuevo invento: las primeras máquinas de cifrado. Unos inventos que lograban modificar de forma automática un mensaje. ¿Cómo? De forma sencilla: convirtiendo un texto en una serie de números y letras aparentemente desordenadas. «Estas máquinas permitían a los criptógrafos mecanizar el proceso de cifrado, pero aumentando enormemente el número de posibilidades de encriptación, haciendo prácticamente inaccesibles las tareas de aquellos que intentaban desentrañar qué se escondía tras los mensajes cifrados con dichos mecanismos», explica el investigador José Manuel Sánchez Muñoz en su dossier «Descifrando Enigma. La epopeya polaca».

A pesar de que el funcionamiento de estas máquinas era mecánico, su objetivo era exactamente el mismo que aquellos primitivos métodos de encriptación utilizados siglos antes: lograr esconder una letra haciéndola pasar por otra o por un número. A su vez, pretendían conseguir que ese carácter fuera cifrado mediante un sistema contra más complejo mejor. Así pues, si -por ejemplo- el sistema de codificación consistía en sumar a cada letra del mensaje tres posiciones dentro del alfabeto («A» equivaldría a «D») estos aparatos eliminaban la necesidad de hacer esta cuenta a mano y la cambiaban automáticamente.

Tres preguntas a Juan Carlos Galende Díaz

1-¿Cómo funcionaban las máquinas de cifrado de mensajes?

Todas de forma similar, aunque algunas eran más complejas, como la Enigma. Esta, a nivel estético era como nuestra máquina de escribir. Se pulsaba una tecla y la máquina imprimía una grafía distinta a la que se había seleccionado en base a unos parámetros. Para descifrar el mensaje, se requería de otra máquina de descifrado. Las máquinas de este estilo se pusieron de moda a partir de la segunda mitad del siglo XIX.

2-¿Qué otros métodos de cifrado se utilizaron en la Segunda Guerra Mundial?

Muchos. Uno de los más curiosos fue la música. A través de ella, y conociendo previamente cuáles eran las claves, se podía llegar a enviar un mensaje cifrado. De hecho, se llegó a crear un criptógrafo basado en las notas musicales. La conclusión era que, para todo aquel que no supiera el código, solo se escuchaba música, pero para alguien entrenado no. También se usaron diccionarios cifradores (que permitían cifrar una clave de forma sumamente compleja), criptofonías...

3-¿Cuál es el sistema de encriptado más seguro según su opinión?

El sistema más seguro era el nomenclator y las tablas cifradoras. Con el resto de sistemas se podía averiguar el código mediante tablas de frecuencia (ir deduciendo poco a poco las letras que aparecen cifradas en cualquier criptograma siguiendo una serie de normas). Era algo lógico: si lo que más se repetía era el símbolo de una cruz, es que eso era una vocal. Con las tablas cifradoras basarse en las frecuencias era muy difícil

ABC (España)

 



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