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07/08/2018 | Una guerra comercial no es imposible (solo sería estúpida y suicida)

Farid Kahhat

Una razón por la que, durante la Guerra Fría, el liberalismo perdió vigencia como perspectiva para entender la política internacional, fue la interpretación que hicieron de él los principales autores realistas. Kenneth Waltz, por ejemplo, sostenía que, en su obra de 1910, titulada "La Gran Ilusión", Norman Angell "resumió los aportes de varias generaciones de economistas clásicos y neoclásicos, a partir de las cuales llegó a la conmovedora conclusión de que ya no habría guerras, pues los conflictos armados habían dejado de ser rentables": cuatro años después estallaba la Primera Guerra Mundial.

 

Pero cuando uno lee a Angell, descubre que jamás dijo que ya no habrían guerras entre potencias militares que además fuesen económicamente interdependientes: dijo que una guerra así sería "una auténtica estupidez y un suicidio comercial". Y en eso no parece haberse equivocado. Lo mismo podría decirse sobre lo que Donald Trump denomina "guerras comerciales": su costo sería tan exorbitante que, aun considerando nuestra capacidad para desplegar comportamientos estúpidos y suicidas, parece altamente improbable.

Consideremos, por ejemplo, el objetivo de la Administración Trump de reducir el déficit comercial de su país. Las políticas adoptadas con el fin de reducir las importaciones (y, fundamentalmente, la elevación de aranceles), tendrían como efecto colateral la reducción de las exportaciones de los Estados Unidos. En primer lugar, porque provocarían la pérdida de competitividad de algunas empresas estadounidenses (30% del valor de un avión fabricado por Boeing en los Estados Unidos se explica por componentes importados). En segundo lugar, porque las importaciones industriales estadounidenses suelen contener insumos exportados por los Estados Unidos (40% del valor de cada auto exportado por México hacia los Estados Unidos, se explica por partes que México importó de los Estados Unidos). En tercer lugar, porque los países afectados por esas políticas están elevando como represalia sus propios aranceles a las exportaciones estadounidenses. Como consecuencia de ello se reducirán las exportaciones tanto de los productores que dejen de ser competitivos con el nuevo arancel como las de aquellos que trasladarán parte de su producción hacia los países que solían ser el mercado de destino para sus exportaciones (como planea hacer Harley Davidson, con el fin sortear los efectos de los nuevos aranceles).

Esos no son los únicos costos para la economía estadounidense generados por los nuevos aranceles. De un lado, estos afectarán también a bienes importados desde China que, sin embargo, son fabricados en ese país por empresas estadounidenses. De otro, los nuevos aranceles a las importaciones de acero benefician a una industria que genera unos 150,000 puestos de trabajo, pero eleva los costos de producción para las empresas que emplean el acero como insumo, las cuales generan unos 6.5 millones de puestos de trabajo. También afecta en forma adversa a los millones de consumidores de bienes fabricados con acero, que tendrán que pagar precios más altos como consecuencia del nuevo arancel.

Y, aún bajo el supuesto improbable de que Trump ignore todo lo anterior, existen razones para creer que será sensible a las señales que ya comienza a generar la economía de su país. Por ejemplo, en más de una ocasión se refirió al crecimiento en los índices bursátiles como criterio para juzgar el desempeño de la economía bajo su gestión. Cabría esperar que haga lo mismo cuando esos índices comiencen a mostrar una perspectiva menos halagüeña.

América Economía (Chile)

 



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