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10/09/2018 | Opinión - Tecnólogos políticos

Máriam Martínez-Bascuñán

La cuestión central es si el pluralismo de nuestras democracias debe ser o no ilimitado.

 

Advertía Beatrice Webb que la democracia no consiste “en que se multipliquen las opiniones ignorantes”. Al contrario, es un proyecto destinado a que el individuo desarrolle sus potencialidades. Ahora que el debate sobre la libertad de expresión está de moda, puede ser conveniente recordarlo, pues es frecuente defender este derecho en nombre del pluralismo o arguyendo estar en contra de la opresión. Quizás sea porque todos funcionamos ya en código binario (me gusta/no me gusta), pero erramos sobre el marco adecuado en el que situar la cuestión: en realidad, el debate sobre la libertad de expresión es el debate sobre sus límites.

No es ahí donde se ha situado la polémica sobre la idoneidad de la presencia del neofascista Bannon en los foros de discusión de las prestigiosas revistas The New Yorker y The Economist. Suspender la invitación, como ha hecho la primera, parecería paternalista con los lectores; aceptarla, como ha hecho la segunda, supondría un brindis al pluralismo de las opiniones en consonancia con nuestros valores democráticos. Y aunque ambos argumentos pueden ser razonables, siguen sin abordar la cuestión central: si el pluralismo de nuestras democracias debe ser o no ilimitado. Demasiado a menudo, esa aparente neutralidad tiende a confundirse con una suerte de “todo vale”, un relativismo que va mermando nuestra capacidad para argumentar en contra, para valorar las opciones en términos de lo que es o no deseable desde un punto de vista democrático; para decir abiertamente que, aunque todas las opciones son legítimas, en democracia algunas son mejores que otras. En el fondo, aceptar la participación de Bannon en un foro de debate implica normalizar su discurso xenófobo.

Hace tiempo que los voceros de la alt-right, cachorros de Bannon, reaccionaron contra lo que percibían como un izquierdismo moralista cuyo consenso sobre lo políticamente correcto les impedía expresarse abiertamente. Lo que vino después, ya lo sabemos: sus siniestras posiciones, ese racismo disfrazado de sátira, ocuparon la centralidad del discurso público, recibiendo la máxima cobertura en los medios mainstream. Fue así como quebraron los límites del debate público que permitían discernir entre verdad y falsedad, entre opresión y justicia, entre respeto y acoso. Así hasta encumbrar a Trump.

El resultado de este delirio, dice Peter Pomerantsev en La nueva Rusia, es “una curiosa sensación de ingravidez”. Porque esto no va sobre la libertad de expresión, sino sobre la colonización del espacio público por los tecnólogos políticos, aquellos que, como Bannon, dominan “el arte de fusionar la televisión realista con el autoritarismo” para mantenernos a todos entretenidos. ¿Les suena? @MariamMartinezB

https://elpais.com/elpais/2018/09/07/opinion/1536341507_804191.html

El País (Es) (España)

 



 
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