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27/09/2018 | Opinion - El mito de la diversidad

Pat Buchanan

"La diversidad es nuestra mayor fortaleza". Después de poner en el aire varios fragmentos en los que políticos demócratas recitaban esa verdad del progresismo moderno, Tucker Carlson preguntó: "¿Y cómo, exactamente, es la diversidad nuestra fortaleza? Ya que hicieron de esto nuestro nuevo lema nacional, tengan la gentileza de ser más específicos."

 

Las reacciones que produjo la pregunta de Carlson, algunas de las cuales lo calificaban de racista sólo por haberla planteado, sugieren que no estamos frente a una verdad demostrable sino ante un credo no sometido a debate.

Y la pregunta sigue siendo válida: ¿Dónde están las pruebas científicas, históricas o empíricas de que cuanto mayor sea la diversidad racial, étnica, cultural de una nación, mayor será su fortaleza? A juzgar por lo visto en las últimas décadas, parece más acertado afirmar lo contrario: cuanto más diversa es una nación, mayor peligro corre de desintegrarse.

La diversidad étnica, al fin y al cabo, quebró a nuestro poderoso rival en la Guerra Fría, partiendo a la Unión Soviética en 15 naciones, tres de las cuales -Moldavia, Ucrania, Georgia- se fragmentaron posteriormente en términos étnicos. Rusia tuvo que librar dos guerras para no perder a Chechenia e impedir que los diversos pueblos del norte del Cáucaso se dividieran étnicamente, como había ocurrido en Georgia, Armenia y Azerbaiyán.

La diversidad étnica también dividió a Yugoslavia en siete naciones separadas.
Y mientras nosotros, estadounidenses, proclamamos que la diversidad es nuestra mayor fortaleza, naciones de todos los confines procuran evitarla.

LA REACCION

El surgimiento del populismo y el nacionalismo en toda Europa es una reacción a la nueva diversidad representada por los millones de árabes, asiáticos y africanos que ingresaron últimamente y por las decenas de millones que están desesperados por hacerlo. Los partidos de centroizquierda y centroderecha pierden terreno en las elecciones europeas porque se los considera ineficaces para enfrentar lo que cada vez más europeos nativos consideran como una amenaza existencial: la inmigración masiva a través del Mediterráneo.

La población de Japón ha dejado de crecer, y cada año ingresan menos infantes a sus escuelas. Sin embargo, Tokio se resiste a la diversidad racial y étnica que traería aparejada una mayor inmigración. ¿Por qué lo hace, si la diversidad es una fortaleza?
Los surcoreanos sueñan con reunificarse con los 22 millones de miembros alejados de su familia nacional, que viven en el norte pero comparten la misma historia y la misma sangre.
Hace poco, en una nueva ley básica, Israel se declaró estado nacional del pueblo judío. Los inmigrantes africanos que atraviesan el Sinaí para buscar refugio en Israel no son bienvenidos.
Pensemos en China, que se propone superar en este siglo a los Estados Unidos como primera potencia de la tierra. ¿Acaso Xi Yinpin propicia para su país una mayor diversidad racial, étnica y cultural como, digamos, Obama lo hace para el nuestro? En la provincia oriental de Xinyián, Xi ha instalado un archipiélago de campos de detención. Su propósito: reeducar a los uigures y kasajos de su país, depurarlos de sus identidades religiosas y tribales, y asemejarlos, a ellos y sus hijos, a la etnia han en su lealtad al Partido Comunista y a la nación china. Xi teme que los diez millones de uigures de Xinyián, una minoría étnica y religiosa, predominantemente musulmana, intenten separarse y establecer un Turkestán oriental, una nación propia, apartada de China. Y tiene razón.

Lo que hace China es brutal. Pero lo que China dice con su política despiadada es que la diversidad -religiosa, racial, cultural- puede llegar a fragmentarla como pasó con la URSS. Y que no va a permitir que ello ocurra. ¿Acaso los budistas de Birmania aprecian la diversidad religiosa que los musulmanes rohinyá del estado de Rakain aportaron al país?

Los Estados Unidos siempre han sido algo más que una idea, una ideología o una nación articulada en torno de proposiciones. Son un país que pertenece a un pueblo distinto e identificable, con su propia historia, sus héroes, sus festividades, símbolos, canciones, mitos, costumbres: su propia cultura.

Una vez más, ¿dónde están las pruebas de que cuantos más norteamericanos puedan remontar sus raíces al tercer mundo y no a Europa vamos a ser más fuertes? ¿Acaso la Gran Bretaña de Theresa May, con su nueva diversidad racial, religiosa y étnica, es una nación más fuerte que el Reino Unido de Lloyd George, que en la década de 1920 gobernaba la cuarta parte del mundo? ¿No fue la unidad forjada por Bismarck entre los diversos pueblos germanos, consolidados en 1871 en una sola nación conducida por el Kaiser, lo que hizo de Alemania una potencia más fuerte y formidable en Europa?

Los imperios, las confederaciones y las alianzas son multiétnicas y multiculturales. E, inevitablemente, es su diversidad lo que las desintegra. El Imperio Británico fue el mayor de la historia moderna. ¿Qué fue lo que lo desintegró? El tribalismo, la exigencia de los pueblos diversos, arraigada en la sangre y la tierra, de librarse del dominio extranjero y tener su propio lugar bajo el sol.

Si el establishment resulta estar equivocado en cuanto a que una mayor diversidad comporta una mayor fortaleza, no habrá vuelta atrás posible para los Estados Unidos.

*Pat Buchanan,  Ex asesor de los presidentes Richard Nixon, Gerald Ford y Ronald Reagan, aspirante a la presidencia de los Estados Unidos en 1992 y 1996. Su último libro es "Nixon"s White House wars: The battles that made and broke a president and divided America forever"

 

La Prensa (AR) (Argentina)

 



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