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01/11/2018 | África - BBW Shell y su intento por limpiar su sucio pasado en Nigeria

Kelly Gilblom

La corrupción, la violencia y el sabotaje han rodeado a Shell en Nigeria durante décadas, una estela que es difícil borrar.

 

Un helicóptero sobrevuela el delta del Níger. Desde allí, la fotógrafa Casey peina la zona en busca de problemas. Y los encuentra, ve unos troncos manchados de crudo. Ese claro en la selva es un grupo de hombres ordeñando un oleoducto, una perforación más en una red de mil 930 kilómetros que alimenta el Royal Dutch Shell Plc en la Isla Bonny. Algunos hombres huyen cuando el helicóptero se acerca, pero la mayoría redobla su esfuerzo cuando Casey apunta su cámara. “He visto que las cosas mejoran”, dijo antes del despegue. “Luego vuelven a empeorar”.

Casey fue contratada por Shell para captar justo ese momento, atraparlos en el acto de ordeñar o sabotear el mosaico de bombas y ductos que han convertido a Nigeria en un importante productor de petróleo. Por ello, la fotógrafa no desea dar su apellido y es comprensible, las operaciones del gigante angloholandés han sido fuente de conflicto desde la década de 1950, cuando perforó el primer pozo comercial. Ello marcó el inicio de una era de derrames que han devastado las comunidades agrícolas y pesqueras, exacerbando la corrupción y el enojo entre las tribus en el delta, una región poco más grande que Jalisco y con unos 30 millones de habitantes.

Ahora, Shell trabaja para reducir en Nigeria sus operaciones en tierra y sacudirse cualquier vínculo con la degradación ambiental y la violencia. Las ventas de petróleo representaron más de la mitad de los ingresos federales captados por el gobierno nigeriano el año pasado, y Shell representó el 7 por ciento de ello. La gente considera que la petrolera es casi tan poderosa como el gobierno y cree que debe resolver más problemas de los que en verdad puede, además de que muchos se sienten con derecho a recibir algo. Un empleado de Shell contó que rechazó ocho peticiones de pagos adicionales e ilegales en un solo trayecto al aeropuerto. Incluso la ONG anticorrupción Global Witness y otros críticos de Shell reconocen que las facciones en pugna dentro del gobierno y los burócratas depredadores hacen que sea prácticamente imposible satisfacer todas las demandas.

Ante los problemas, el CEO Ben van Beurden quiere cambiar el enfoque y alejarse de la explotación tierra adentro. En Nigeria, Shell está centrando su atención en los yacimientos marinos en el Golfo de Guinea, lejos de los lugareños que han demostrado ser problemáticos. También lidera el giro global de las grandes compañías petroleras hacia combustibles más limpios, una exigencia planteada por un creciente coro de accionistas como Legal & General Group Plc, uno de los más grandes de Shell. “Somos más que una mera compañía de exploración y producción”, dijo Van Beurden a los periodistas en abril.

Shell ahora gana más vendiendo energía renovable y gas natural (que tiene una huella de carbono más pequeña que el petróleo) que vendiendo crudo. Van Beurden está apostando el futuro a la capacidad de Shell para completar esa transición. Un elemento fundamental de ese esfuerzo es explotar las enormes reservas de gas natural de Nigeria, lo que requiere al menos cierto apoyo de los lugareños con los que Shell ha estado enfrentada durante generaciones. Van Beurden vuela cada dos meses para tratar de avanzar las cosas, solo para ser confrontado casi en cada paso por el pasado problemático de su compañía y su relación con un gobierno temido por su beligerancia y marcado por su corrupción.

Shell, por ejemplo, había encontrado un comprador para los últimos derechos de exploración en tierra que posee en la parte más conflictiva del delta. Hace una década había iniciado allí trabajos de limpieza para reparar un par de rupturas en el oleoducto próximo a la aldea de Bodo, ganándose algo de simpatía con la comunidad. Pero el potencial comprador, un nigeriano, no pudo obtener el financiamiento de los bancos de Londres que cuestionaron la inversión por preocupaciones en torno a la debida diligencia, según personas familiarizadas con el asunto. “Cuando lidias con nigerianos corruptos, terminas envuelto en algún momento”, dice Abel Agbulu, sacerdote católico e intermediario en la disputa de Bodo.

Y efectivamente, el Departamento de Justicia de Estados Unidos descubrió en 2010 que Shell pagó dos millones de dólares en sobornos para facilitar los envíos a través de las aduanas de Nigeria, pero no quiso sancionarla porque creyó que Shell estaba reforzando las salvaguardias anticorrupción. Los fiscales italianos alegan que un año después de ese arreglo con Estados Unidos, Shell y Eni SpA, su socio en Nigeria, pagaron más de mil millones de dólares para obtener licitaciones offshore, dinero destinado en su mayoría a sobornos. La compañía lo niega, pero en un juicio en curso dos intermediarios involucrados en el cohecho fueron declarados culpables en septiembre. Los accionistas de Shell siguen de cerca el caso en Italia, donde Eni tiene su sede. Si los problemas de Shell siguen escalando, los inversionistas enfrentarán decisiones muy difíciles, opina Iain Pyle, de Aberdeen Standard Investments, una gestora de activos en Londres. “Si estás operando de una manera que involucra sobornos, entonces debería haber multas económicas y eso tiene un impacto en nuestros activos en cartera”, asegura Pyle. “Es todo un riesgo”.

El director de Shell en Nigeria, Osagie Okunbor, comentó en un videochat desde Abuja que la compañía despide a un número indeterminado de trabajadores cada año por conducta antiética, frecuentemente como resultado de denuncias recibidas en una línea telefónica para tal efecto. Según la ley, señaló Okunbor, Shell solo puede denunciar presuntos delitos, como sobornos y robo de petróleo, al regulador de la industria en Nigeria, y así lo hace. Pero él ha visto pocos procesos judiciales.

Tras años de impunidad, quienes se dedican a saquear los ductos de Shell se han vuelto más poderosos. Alrededor del 30 por ciento del petróleo transportado por los oleoductos en el delta es robado, de acuerdo con una estimación de 2017 de Wood Mackenzie Ltd. Existe poca simpatía por una empresa occidental que se beneficia de una región que se encuentra entre las más pobres del mundo.

La confianza se ha erosionado a tal punto que Shell tardó casi diez años en obtener permiso para iniciar la limpieza de Bodo, y algunos la acusaron de intentar establecer una base para reiniciar la exploración. Shell le pagó a la comunidad 80 millones de dólares por orden de la corte, sin embargo, los niños siguen abandonando las escuelas financiadas por Shell para pasar sus días robando combustible.

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Una visita a Bodo de la mano de una científica ambientalista de Shell, Ogonnaya Iroakasi, pone de relieve las complejidades que enfrenta la empresa en un país donde los esfuerzos para corregir errores pasados a menudo se ven obstaculizados por una mezcla de desesperación, venganza, codicia e indiferencia. Unas horas antes, su equipo había descubierto una refinería ilegal que podía divisarse desde una torre de vigilancia del ejército, que se supone lidera el combate contra el robo de combustible. Las barcazas incautadas cargadas con combustible robado se mecían sobre el agua, derramando su carga después de semanas de negligencia.

Los pantanos recién limpiados estaban otra vez manchados con un líquido oscuro y viscoso. Iroakasi suspiraba al ver una espuma sucia con envoltorios de dulces y vasos de poliestireno lamiendo la arena. “Recontaminación”, apuntó.

En 2009, sin admitir culpa alguna, Shell acordó pagar 15 millones y medio de dólares para resolver las acusaciones por su presunta colaboración ​​en las ejecuciones gubernamentales del escritor Ken Saro-Wiwa y otros ocho activistas que lucharon por el medio ambiente y por una distribución más justa de los ingresos petroleros en Nigeria. “Desde entonces, lo único que Shell parece haber mejorado es su retórica, principios proclamados ​​y los gestos de cara a la galería”, señala Ledum Mitee, quien fue encarcelado junto a Saro-Wiwa.

Después de las ejecuciones, las compañías petroleras comenzaron a ofrecer pagos para pacificar a las legiones de jóvenes desempleados, de acuerdo con Mitee. Cuando el dinero dejó de llegar, los beneficiarios, cuyas familias se habían vuelto dependientes de esas dádivas, comenzaron a formar grupos de presión, provocando la represión de la policía. Muchos de esos jóvenes respondieron armándose y formando sus propias guardias comunitarias, lo que llevó a una espiral de violencia que va y viene hasta nuestros días. La animosidad es tan profunda que los intentos de rectificar, como una reciente iniciativa de Shell para brindar atención médica gratuita, son boicoteados por principio.

Algunas cosas, asegura Mitee, nunca serán olvidadas y eso significa que las tensiones en el delta del Níger seguramente continuarán. Es un legado que Shell nunca podrá limpiar.

@KellyGilblom

El Financiero (MX) (México)

 



 
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