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22/02/2019 | La ‘tercera dimensión’ de la democracia

Luciana Castellina

Los consejos propuestos por Rosa Luxemburgo deberían poder actuar hoy como una red complementaria de la democracia delegada. Ayudarían a los partidos políticos a corregir su alejamiento de la sociedad

 

Aunque nunca falta quien diga: “Otro más, esto no hay quien lo aguante”, celebrar los aniversarios como se hace cada vez más a menudo no es mala cosa: permite avivar recuerdos que, de lo contrario, corren el riesgo de perderse por falta de atención. Especialmente interesantes han sido los de estos últimos tres años, 1967, 1968 y 1969, que han propiciado sugestivas intersecciones: entre la Revolución rusa y la cubana, entre el nacimiento de Marx y el asesinato de Rosa Luxemburgo. Todo ello, de una manera u otra, entrelazado con el fantástico 68 estudiantil (cuyos 50 años acabamos de celebrar), una insurrección impulsada por la búsqueda de una manera diferente de pensar acerca de cómo construir “otro mundo posible”. Y que consiguió romper los estrechos confines de las ortodoxias imperantes entonces.

En particular, Rosa Luxemburgo, ampliamente recordada por EL PAÍS, tuvo una estrecha relación con el 68 italiano, pues, para un gran parte de este movimiento, la herética heroína espartaquista se convirtió en un valioso punto de referencia. Por muchas razones, pero sobre todo por una esencial: con sus precoces críticas al grupo bolchevique por haber reprimido de forma demasiado expeditiva la libertad de opinión con la idea de que lo que no estaba de acuerdo con las decisiones del partido era solo una expresión del enemigo de clase, no relanzaba de manera plana la alternativa del parlamentarismo liberal, sino que señalaba una hipótesis nueva y sugestiva: la de los consejos. Es decir, dar vida a una tercera dimensión dentro de la cual cobrara cuerpo la dialéctica Estado-partido-sociedad: los consejos, no como sóviets insurreccionales, ni como titulares de un exclusivo poder deliberativo, sino como formas permanentes de democracia directa, ejercicio desde abajo de un poder capaz de dar expresión a la sociedad civil, en explícita y abierta dialéctica con las demás instituciones.

¿Puede resultar útil hoy esta tesis de Rosa Luxemburgo, no solo para quienes siguen considerándose comunistas, sino para todos aquellos que, en número cada vez mayor, asisten alarmados al creciente deterioro, por todas partes, pero en Italia en particular, del modelo de democracia representativa del que hemos disfrutado durante muchas décadas? Yo creo que sí. Ese modelo basó su fuerza, de hecho, en los grandes partidos de masas que caracterizaron la vida política de posguerra. Porque esas organizaciones han sido el indispensable canal de comunicación entre ciudadanos e instituciones, han permitido una participación política incisiva (si bien a través de la representación parlamentaria), han sido núcleos de crecimiento cultural, de experiencia cívica, fuente de conciencia y de un hábito de razonar en clave de “nosotros” y no con el mezquino “yo” umbilical.

Esos partidos ya no existen, o están en declive, y, en cualquier caso, se han vuelto terriblemente impopulares, porque por todas partes han consumado su divorcio de la sociedad, sin capacidad ya de relacionarse con sus respectivos territorios. Como alternativa, se nos presenta hoy, a cargo de nuestros 5 Estrellas,la multiplicación de referendos, ya no solo abrogativos como hasta ahora en Italia, sino también propositivos; la democracia digital, es decir, el recurso al sí o al no del ordenador, a los automatismos de los algoritmos de las plataformas. Todas ellas formas con las que se corre el riesgo de asesinar a la democracia por “exceso de democracia”, como he visto que dicen en Francia aquellos que se oponen a los chalecos amarillos, quienes invocan también, al igual que en Italia los seguidores de Beppe Grillo, la democracia directa. Todos, en efecto, exaltan el ombligo hasta alturas estelares, porque esa opinión que llega con un clic, o mediante un plebiscito referendario, carece de una confrontación colectiva, de una asunción común de responsabilidad hacia la propia comunidad, a la que la confusión de los medios sociales no aporta, desde luego, correctivos; todo lo contrario.

Otra cosa son los “consejos” sugeridos por Rosa Luxemburgo, una hipótesis que por lo demás recuperó y en la que profundizó nuestro Antonio Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel. Y que hoy podría representar una valiosa sugerencia para responder de manera razonable a una exigencia de participación que no encuentra ya canales de expresión en nuestro reseco ordenamiento político.

A pesar de la crisis de los partidos y de la desconfianza en las instituciones, sigue habiendo en Italia (y no solo allí) movimientos de notable vivacidad que luchan por temas específicos, pero importantes, y tal vez cabría intentar proporcionarles un cauce a través de formas consolidadas, articulaciones de la democracia al nivel de la sociedad, capaces de asumir la responsabilidad de la gestión de ciertos segmentos de la vida colectiva. De consejos, en definitiva, como una red complementaria de la democracia delegada.

En Italia, los Consejos de Fábrica y más tarde de Zona, nacidos de los movimientos de lucha pos-68, representaron una experiencia muy positiva. Podrían haber sido una importante herramienta para reducir el autorreferencialismo de los partidos y ayudarlos a corregir, antes de que fuera demasiado tarde, su involución burocrática y su alejamiento de la sociedad. Desafortunadamente, a los partidos de la izquierda les despertaban temor y los movimientos eran demasiado débiles para apoyarlos. Hoy tal vez fuera posible, y no solo en Italia, relanzar esa hipótesis, para garantizar esa famosa “tercera dimensión” a la que aludía Rosa Luxemburgo, útil para revivir a los partidos, que incluso ella consideraba instrumentos indispensables para la unificación y construcción de una visión del mundo.

También la atención prestada por mucha gente en el ámbito municipal de la democracia, hoy muy fuerte en Italia (las “redes de alcaldes” se extienden por doquier), pero, también en este caso, no solo en nuestro país, tiene aspectos positivos y peligrosos a la vez. Es cierto que las ciudades se han convertido en la única ágora que aún sobrevive entre el desinterés generalizado por la política, pero sería útil recordar a quienes tanto entusiasmo muestran por este modelo, que, así como los “soberanismos” desean regresar a los Estados nacionales deshaciéndose de entidades institucionales superiores, el municipalismo se arriesga aún más a reforzar la ilusión de poder volver al modelo de ciudad Estado de los siglos XV y XVI. A diferencia de entonces, nos guste o no, incluso las decisiones tomadas a escala municipal están condicionadas en gran medida por las que se toman en el ámbito mundial, y renunciar a construir instrumentos democráticos en ese terreno para poder controlarlos supondría el suicidio de la democracia.

Sea cual sea la opinión que nos despierte cuanto Rosa Luxemburgo nos ha legado, creo que a quienes vivimos 100 años después de su muerte nos toca comprender que la crisis de nuestro modelo tradicional de democracia es grave. Y que se necesitan nuevas soluciones, y urgentes, para que no prevalezca un peligroso plebiscitarismo, o la muerte de toda participación democrática, reemplazada por un Ejecutivo fuerte que no responda ante nadie.

Luciana Castellina es periodista y escritora.
Traducción de Carlos Gumpert.

El País (Es) (España)

 



 
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