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25/06/2019 | Opiniòn - Valor y límites de la resistencia europea

Miguel Angel Iribarne

En los meses previos a las recientes elecciones al Parlamento de la Unión Europea, grandes fueron las expectativas sobre una desempeño fulgurante del conjunto de fuerzas políticas que algunos denominan "soberanistas", otros "eurocríticos" y a las que Daniel Pipes ha clasificado con el curioso neologismo de "civilizacionistas", en cuanto su nota distintiva sería la afirmación de los rasgos definitorios de la civilización histórica del Viejo Continente; de allí, coincidentemente, nuestra preferencia, ya expresada en anteriores notas, por la contraseña de "derechas identitarias".

 

Pero, más allá de esta variedad terminológica, es indiscutible que existen lazos, en algunos casos implícitos, en muchos ya explícitos, entre la Lega italiana, el Rassemblement National de Francia, el Brexit Party del Reino Unido, Alternative fur Deutschland, el Fidesz de Hungría, Vox de España y formaciones análogas de Austria, Holanda, Suecia, Finlandia, etc. Y bien, es un hecho que la performance electoral de estas corrientes, mejorando -sin duda- las precedentes, no alcanzó las dimensiones necesarias para desbancar a la nomenklatura europea, formada desde hace décadas por los "populares" de centroderecha y los socialdemócratas, aunque la colocó en una situación más frágil, que la obliga a componer con liberales y verdes para subsistir.

BALANCE APROXIMATIVO


Es el momento, quizás, de intentar un primer balance aproximativo respecto del significado raigal de este conjunto de partidos así como de sus perspectivas en el mediano y largo plazo, balance que -eventualmente- puede inducirnos a proponer algunas reflexiones sobre el futuro del proyecto de integración continental y, más audazmente, de Europa como sujeto político.
¿Porqué hablamos de una resistencia europea canalizada por las fuerzas de referencia? Podríamos hablar también de reacción, si por tal entendiésemos no una ideología de tipo contrarrevolucionario, sino una realidad cuasibiológica, analogable al instinto de supervivencia de los pueblos, o al "residuo de persistencia de los agregados" en el vocabulario de Vilfredo Pareto. No se trata de otra cosa que de un fenómeno de "ecología humana" por el cual se expresa el derecho de la gente a un entorno sociocultural previsible, el cual incluye, no una ilusoria y anacrónica autarquía, sino el intento de moderar razonablemente la porosidad de las fronteras.

Esta resistencia proviene -dice el periodista irlandés John Waters- no de una ideología, sino de "una revolución desde el centro concreto, desde los lugares donde la gente vive y trabaja para construir, pintar y limpiar el mundo como lo hicieron sus antepasados por milenios. Es, fundamentalmente -agrega- una reacción contra las mentiras, la intimidación, la estupidez oficial y la corrección política (...) Puede no ser un movimiento "intelectual" pero es un movimiento enraizado en una inteligencia profunda y antigua -la inteligencia del corazón humano- que ha latido por algunos miles de años en el centro de la mayor civilización que el mundo jamás ha conocido".

Sociológicamente la resistencia arranca en las clases medias trabajadoras, el elemento menos "móvil", menos "relocalizable", menos "líquido" dentro del proceso de globalización tecnoeconómica. Se agita contra la mutación drástica del paisaje demográfico, pero también contra las pulsiones masoquistas de una civilización que parece empeñada en renegar de sí misma y de todo lo que históricamente la constituyó. 

Pero al tocar este punto nos estamos acercando a los límites intrínsecos de tal resistencia. ¿Puede un movimiento reactivo llegar a triunfar sin haberse convertido previamente en un movimiento proactivo? Y aquí se plantean desafíos no menores. En el orden de la economía, ¿cuáles son los caminos para orientarse hacia una "globalización con rostro humano", que conjugue razonablemente las exigencias de la eficacia y de la pertenencia? En lo político, ¿cómo constituir a Europa en un sujeto histórico reconocible si sus miembros no pueden coincidir en un enemigo común? El hecho es que, desde 1945, Europa es objeto y no sujeto de la política mundial, y que las fuerzas identitarias en algunos países privilegian el enfrentamiento con Rusia, en otros con China y en otros con el Islam.

Y yendo al plano más profundo, basta que Mateo Salvini se exhiba con un rosario en los actos públicos de la Lega -con gran escándalo de ciertas jerarquías católicas- para reenganchar a Europa con las fuentes de su sentido de la vida. Dicho de otro modo: ¿es posible la revivificación de una cultura independientemente de la experiencia real del culto?
Creemos que los interrogantes planteados, que de ningún modo están resueltos, forman parte de la concepción metapolítica del tema bajo análisis. Un tema que de ninguna manera creemos que vaya a desvanecerse en el futuro próximo. Antes bien, sospechamos que los issues más significativos de las fuerzas aquí aludidas se van a propagar, "contagiándose", o quizás contribuyendo a redimensionar, a las fuerzas partidarias preexistentes en el Viejo Mundo. Pero en el mediano y largo plazo el abordaje de los tópicos a los que venimos de aludir se hará insoslayable.


* Miguel Angel Iribarne - Profesor emérito, Universidad Católica Argentina. Fue decano de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Católica de La Plata.

La Prensa (AR) (Argentina)

 



 
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