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01/08/2019 | México - Opinión: La crisis detrás de la violencia

Santiago García Álvarez

Se habla de muchas causas detrás de la violencia. El desempleo, la pobreza, los cárteles de las drogas y, sin duda, la impunidad.

 

En fechas recientes, el mundo universitario ha sido sacudido por la violencia. Muy conocido fue el caso de Norberto de la Universidad del Pedregal. Poco después se conoció el incidente de un estudiante de la UIC. Hace unos días, un alumno de Medicina de la Universidad Panamericana fue privado de la vida en Satélite, Estado de México, cerca de su hogar.

Y esta lamentable situación no se limita al ámbito universitario. Ha sido muy sonado el trágico incidente en Plaza Artz, al que se suman otros ejemplos que han ocupado los titulares noticiosos: “Huachicoleros queman autos y asaltan a la Guardia Nacional”, “Asaltan a Julio César Chávez”, “Hallan a 4 ejecutados en el Ajusco”.

Estas noticias, ampliamente difundidas en los medios de comunicación y en las redes sociales, son sólo y desgraciadamente la punta del iceberg. En muchos sitios de condición socio–económica baja, las acciones violentas son comunes y los asesinatos frecuentes. Son, por supuesto, menos susceptibles de resonancia en medios y redes, pero no por ello menos importantes.

Se habla de muchas causas detrás de la violencia. El desempleo, la pobreza, los cárteles de las drogas y, sin duda, la impunidad. Si ante la comisión de un ilícito no se hace valer la ley de manera ejemplar, su proliferación es una consecuencia lógica.

Nos hemos acostumbrado a escuchar noticias violentas, al grado que da la impresión de que han dejado de sorprendernos y, peor aún, es probable que estén anestesiado nuestra sensibilidad.

Frente a este costumbrismo conviene detenerse un momento a reflexionar. Es realmente escalofriante que un ser humano, no sin cierta displicencia, prive de la vida a uno de sus iguales sea cual fuere el motivo, pues esto nos deja ver que algo profundo se ha pervertido en su interior. El hecho de que haya muchos asesinatos es preocupante desde la perspectiva de la seguridad pública, pero más aún desde el punto de vista social y moral.

Hace muchos años, Pío XII comentó que el principal pecado de la época era “la falta de sentido del pecado”. Más allá de nuestra posición en relación con el concepto de pecado, la aseveración es muy aguda. Nuestra sociedad ha perdido el sentido de las acciones objetivamente malas y destructivas. El espectador vive con una especie de anestesia auditiva al escucharlas. Los agresores parecen perder la dimensión de la gravedad de sus acciones, su sentido, su significado y sus causas. Como si matar fuera equivalente a pasarse un semáforo.

Por momentos, lo ligero parece pesado y lo pesado ligero, lo trivial parece grave y lo grave parece trivial. Existe una nebulosa moral, una confusión que a veces parece hacernos perder la dimensión de nuestros actos. Las familias que han sido afectadas con acciones de esta envergadura han sido profundamente lastimadas. Perder un hijo, un hermano, un padre, un amigo, bajo estas circunstancias no sólo es triste, sino también indignante.

Pero más allá de la ineficiencia de los resortes legales, es desgarradora la ausencia de resortes morales en nuestra sociedad. Sin perder de vista las necesarias batallas jurídicas, habría que reflexionar sobre qué ha ocurrido en nuestra sociedad que ha permitido que se trivialicen acciones tan tremendas; no sólo que sucedan —grave sin duda—, sino que se pierda su sentido de maldad, de tal modo que no pocas personas lo cometen sin apariencia de remordimiento de conciencia.

Más allá de las crisis económicas, sociales, de seguridad, nos encontramos inmersos en una grave crisis moral. Desde hace varias décadas, la decadencia moral en México es notable y se manifiesta en numerosas ramificaciones, que otras nebulosas nos han ocultado y que, si no atacamos de fondo, tendrá consecuencias devastadoras.

Excelsior (México)

 



 
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