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16/08/2019 | Opinión - El experimento comunista de Rusia

Jaime Rivera Velázquez

Los bolcheviques querían transformar radicalmente la sociedad.

 

En mi colaboración anterior, referida a las izquierdas, expliqué cómo a causa de la Revolución Rusa la izquierda marxista se dividió en dos grandes tendencias: la socialista democrática o socialdemócrata y la comunista.

El régimen revolucionario de Rusia, convertida en Unión Soviética, se convirtió en un poderoso centro de irradiación ideológica que ilusionó a muchos miles de militantes de izquierda en el mundo. El entusiasmo que despertó el régimen bolchevique, autodefinido como un Estado proletario, entre muchos intelectuales y obreros del mundo, se explica por el deseo de hacer realidad la utopía marxista, y también por el aislamiento de la Rusia soviética, que dificultaba ver lo que realmente sucedía en ese imperio multinacional heredado del zarismo. Los bolcheviques encabezados por Lenin querían transformar radicalmente la sociedad: suprimir la explotación capitalista, edificar una economía en manos de los trabajadores y, con el tiempo, abolir las diferencias de clase. Querían, ni más ni menos, superar “el reino de la necesidad” e implantar “el reino de la libertad”, según una fórmula consagrada de Marx.

Pero “construir el socialismo” les resultó a los comunistas rusos mucho más difícil que lo que habían imaginado. De hecho, los textos de Marx hablan de destruir el capitalismo, pero dicen muy poco de cómo organizar a la nueva sociedad. Una de las pocas ideas marxistas para el proyecto poscapitalista, que Lenin aprendió y aplicó muy bien, fue el de la dictadura del proletariado. Así que apenas se hicieron del poder en noviembre de 1917, los bolcheviques emprendieron frenéticamente la hazaña de destruir todo el orden político, económico, social y cultural anterior (no sólo el zarista, sino también el de la efímera república democrática que había nacido en marzo del mismo año): expropiaron latifundios para repartir tierras a los campesinos, nacionalizaron los ferrocarriles, confiscaron todas las industrias, estatizaron el comercio exterior, suprimieron la libertad de prensa, disolvieron la Asamblea Constituyente a sólo un día de haberse integrado, prohibieron a los demás partidos, combatieron el hambre con la confiscación de los productos del campo y con el racionamiento.

Pero el esfuerzo de destrucción del viejo orden era mucho más eficaz que los intentos de reemplazarlo por un orden nuevo. En unos cuantos meses, el hambre se había extendido por toda Rusia como nunca en toda su historia, la industria estaba paralizada, el comercio languidecía, los campesinos se resistían al despojo de sus cosechas; el orden se sostenía a fuerza de represión generalizada: detenciones por millares, fusilamientos sin juicio y deportaciones masivas a campos de concentración. El régimen del zar parecía muy tolerante al compararlo con el terror bolchevique. Era un cambio de régimen, sin duda, porque el viejo era destruido rápidamente, pero el nuevo se parecía más al caos, la violencia y la miseria que a la utopía prometida.

El “comunismo de guerra”, como se le conoció al primer periodo de la dictadura bolchevique, duró sólo tres años, pero paralizó la industria, empobreció al campo y causó millones de muertes. Le siguió un breve respiro de liberalización económica que permitió la recuperación parcial del comercio y la agricultura, y se reanudó la industrialización. Pero pasarían 25 años antes que Rusia recobrase el nivel de producción que tenía en 1914. Lo que nunca recobró fue la breve experiencia de libertad y democracia de marzo a octubre de 1917. Antes bien, se asentó una dictadura totalitaria que nada envidiaba al fascismo. Como suele suceder con los experimentos revolucionarios, fue mucho más fácil destruir que construir.

Excelsior (México)

 



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