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30/08/2019 | Opinión Editorial: La dimensión global de la Amazonia

Redacción La Vanguardia (España)

El presidente francés, Emmanuel Macron, ha calificado la devastadora ola de incendios que sufre la Amazonia de “crisis internacional” y ha anunciado su intención de convertirla en uno de los temas de la reunión del G-7, este fin de semana en Biarritz.

 

En lo que va de año, la región amazónica ha registrado más de la mitad de los 71.497 focos de incendio detectados en Brasil. El número de fuegos ha aumentado un 83% con respecto al año anterior. Casi 6.000 kilómetros cuadrados de bosque se han perdido en doce meses. La preocupación de Macron y de otros líderes mundiales es comprensible. La Amazonia es la mayor selva tropical del planeta, y se extiende por la mitad superior de Sudamérica, a lo largo y ancho de 5,5 millones de kilómetros cuadrados. El 20% del oxígeno del planeta se produce allí.

La reacción del presidente brasileño, Jair Bolsonaro, ha sido desabrida. Ha acusado a Macron de querer instrumentalizar una cuestión brasileña en beneficio propio y con mentalidad colonial. Políticos como la canciller alemana, Angela Merkel, o como António Guterres, secretario general de la ONU, coinciden con Macron, que contestó a Bolsonaro diciéndole que bloquearía los acuerdos con Mercosur si no rectificaba.

En un mundo en crisis climática, donde los polos se derriten, las temperaturas y los niveles del mar suben y la deforestación avanza, los problemas de la Amazonia no son sólo de Brasil (un 60% de la selva amazónica le pertenece), Perú, Bolivia, Colombia y demás países sobre los que se extiende este gran manto verde, sino de todo el planeta. Si algo no le hace falta a la Tierra, ya aquejada de diversas dolencias medioambientales, es ver como su principal pulmón pierde fuelle.

El debate sobre la Amazonia no debe enmarcarse en el ámbito poscolonial, tan querencioso para agentes sociales de diverso perfil, sino en los de la política medioambiental y la económica. En la escena global, la preocupación medioambiental por lo que ocurra en la Amazonia está justificada. Y en la brasileña se dan las claves económicas que explican su progresiva deforestación.

Bolsonaro asumió el poder en enero, apoyado por los lobbies agrícolas y ganaderos, responsables de un 25% del PIB brasileño. Dichos lobbies son firmes partidarios de talar grandes extensiones de selva para, por ejemplo, plantar soja o sembrar pastos con los que alimentar la cabaña vacuna brasileña, base de su poderosa industria cárnica. A escala local, los hacendados de regiones amazónicas han llegado a convocar “días del fuego”, en los que los focos de incendio se multiplican para acabar con áreas selváticas, luego cultivadas.

La política de Bolsonaro respecto al Amazonas es, cuando menos, de lasitud y laissez faire. En lo que lleva en el cargo, ha debilitado el Ministerio de Medio Ambiente, ha relajado un 70% los controles económicos sobre la explotación de la Amazonia y ha frenado la protección de reservas indígenas. Esta política puede sin duda complacer a determinados agentes económicos y al propio presidente Bolsonaro, un militar ultraderechista aparentemente ignorante de los riesgos de la crisis climática. Pero constituye también un ataque al medio ambiente global que, sencillamente, sería insensato permitir. La Amazonia está, en buena parte, en territorio brasileño. Pero es también un elemento indispensable para la salud, la estabilidad y el futuro del planeta. Y hay que salvaguardarla mucho más de lo que la preserva Bolsonaro.

La Vanguardia (España)

 



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