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26/08/2019 | G -7 : Biarritz - Europa pide a Trump una tregua en la guerra comercial con China

Eusebio Val

Macron, Johnson y Tusk alertan del riesgo de las escaladas de aranceles Las guerras comerciales en curso, que amenazan con arrastrar al mundo hacia una peligrosa recesión, se han colocado en el centro de las discusiones de la cumbre del G-7 que se celebra en Biarritz.

 

El anfitrión del encuentro de las siete potencias económicas democráticas, Emmanuel Macron, trató ayer de apaciguar los ánimos, en especial los de su homólogo estadounidense, Donald Trump, e instó al resto de líderes a buscar soluciones en un espíritu de cooperación. También el primer ministro británico, Boris Johnson, se dijo dispuesto a interceder ante Trump para que rebaje su presión sobre China .

Alérgico al multilateralismo y a los formatos diplomáticos que constriñen a la superpotencia norteamericana, Trump abandonó Washington, la noche del viernes, con una de sus habituales provocaciones y usando un lenguaje desabrido. En sus breves palabras antes de subir al helicóptero en la Casa Blanca, el presidente advirtió a Francia de que si persiste en su empeño de imponer un impuesto –equivalente al 3% de su facturación en el país– a los gigantes de la economía digital, como Google, Estados Unidos impondrá en represalia fuertes aranceles, “como nunca han visto antes”, a los vinos franceses.

Macron reaccionó con elegancia al desafío de Trump. Tras aterrizar este primero en Burdeos, a bordo del Air Force One, y luego en Biarritz –tras cambiar a un avión más pequeño–, Macron y Trump almorzaron juntos, sin consejeros ni intérpretes, en una mesa adornada por un bouquet de rosas de la terraza del Hôtel du Palais, el histórico albergue de lujo, frente a la bahía, donde pernoctan los líderes. Según el Elíseo, la comida fue “improvisada”, aunque hubo interés en que tuviera repercusión mediática. Se permitió que se acercara un pequeño grupo de reporteros, que grabaron las declaraciones a distancia, con una calidad sonora discreta. A unos metros, en otra mesa, compartieron mantel altos cargos de los dos gobiernos como el consejo de Seguridad Nacional norteamericano, John Bolton, y el ministro galo de Asuntos Exteriores, Jean-Yves Le Drian.

Al presidente francés, que habló en su idioma y también en un fluido inglés, se le vio mucho más cómodo que a Trump en la distancia corta. Macron resumió los objetivos de la cumbre y enumeró las crisis internacionales que serían tratadas, como las de Siria, Ucrania e Irán. “Hablaremos también de las cuestiones económicas para que las cosas puedan apaciguarse”, dejó caer el inquilino del Elíseo, sin especificar. Macron admitió que entre ambos mandatarios subsisten importantes divergencias, por ejemplo sobre el cambio climático. Trump solía asentir con la cabeza, con semblante un poco aburrido, y cuando le llegó su turno dijo vaguedades, con cierta desgana. “Nos entendemos bien”, subrayó, y recordó el primer encuentro que tuvieron, en el restaurante de la torre Eiffel, hace dos años. El líder norteamericano elogió el buen tiempo en Biarritz y la belleza del lugar, y recordó que a Estados Unidos le corresponde organizar el G-7 el próximo año.

Antes de la comida con Trump, Macron había remachado ya, en una alocución televisada dirigida al pueblo francés, el mensaje de que la reunión de Biarritz debería servir para frenar la actual dialéctica de enfrentamiento en el ámbito comercial. El anfitrión expresó su deseo de querer “convencer de que las tensiones comerciales con malas para todos” y de que lo que deberían hacer sería tomar medidas para fortalecer el crecimiento.

También se refirió a las guerras comerciales el británico Johnson. Abordará el asunto con Trump en la entrevista bilateral que mantendrán esta mañana. El premier británico se mostró “muy preocupado sobre cómo va el crecimiento del proteccionismo y de los aranceles”. “No olviden que el Reino Unido está en riesgo de verse implicado en esto”, dijo Johnson al llegar a Biarritz, y alertó de que quienes esgrimen los aranceles son los culpables del brusco deterioro de la economía mundial. “Quiero ver una apertura del comercio mundial –insistió Johnson–, quiero ver una disminución de las tensiones, quiero ver los aranceles desaparecer”.

Sobre las guerras comerciales también ofreció su opinión el presidente saliente del Consejo Europeo, el polaco Donald Tusk, invitado fijo en estas cumbres. A su juicio, este G-7 es “un difícil test de unidad y de solidaridad”. Tusk alertó del riesgo que supone para la economía europea y mundial el hecho de que Trump pueda estar empleando los aranceles “como herramienta política”. Dejó entender con ello que gran parte de la polémica podría atribuirse a intereses electoralistas de cara a la campaña de la reelección en el 2020. Tusk sí reconoció que la agresividad económica china supone un problema. “Es el mayor reto para todos nosotros, por muchas razones”.

El dirigente europeo aprovechó una pregunta de la prensa para dar un toque a Londres y a su flamante primer ministro. Dejó muy claro que la UE sólo escuchará, a propósito del Brexit, “ideas operativas, realistas y aceptables”. Tusk lanzó el aviso al flamante premier Johnson para que “no pase a la historia como Míster No Deal (No Acuerdo)”.

Los asuntos calientes a nivel planetario son tantos, y los criterios sobre cómo encararlos tan diversos, que el formato del G-7 (integrado por Estados Unidos, Canadá, Japón, Alemania, Gran Bretaña, Francia e Italia) aparece hoy a todas luces insuficiente. Hay tres invitados invisibles de los que todos hablan: China (por las guerras comerciales y su influencia global), Rusia (por su condición de superpotencia nuclear y su papel en las crisis de Ucrania, Siria e Irán) y Brasil (por el cambio climático y la imparable deforestación de la Amazonia).

Sabedor de que el G-7 es un foro cuestionado, y de las molestias que su organización está causando a los habitantes y comerciantes de Biarritz, Macron trató de justificar la cumbre en su mensaje televisado. Prometió “una reunión útil e importante” y resaltó que sus participantes “comparten los mismos valores democráticos” a pesar de sus discrepancias puntuales. Según el presidente, uno de los objetivos del encuentro es “proteger la paz en el mundo”, trabajando para buscar una solución a situaciones como la de Siria, Ucrania o Libia, o al menos para evitar que se deterioren aún más.

Macron querría que esta cumbre dejara huella en el terreno del medio ambiente. Anunció, por sorpresa, dos iniciativas tendentes a reducir la contaminación y a eliminar los desechos en los océanos. La primera sería el compromiso de los grandes buques cargueros a aminorar la velocidad para emitir menos gases de efecto invernadero y a evitar la ruta del Polo Norte. La otra concierne a la industria textil, a la que responsabilizó de contaminar más que el transporte aéreo y de una parte muy significativa de los desechos en los océanos.

Sobre la rápida deforestación de la Amazonia, Macron enfatizó que ese pulmón verde del planeta “es nuestro bien común” y que Francia se ve directamente afectada y es muy sensible al problema porque uno de sus departamentos de ultramar, la Guayana francesa, comparte selva amazónica y es fronteriza con Brasil. “Somos amazónicos”, afirmó el presidente, en una intervención al aire libre, con el océano atlántico y los elegantes edificios de la bahía de Biarritz a sus espaldas.

Cena en el faro y playa vacía de surfistas

Emmanuel Macron es muy detallista a la hora de cumplir con el protocolo y de organizar actos internacionales. Para la cena informal de bienvenida de los líderes del G-7, ayer, escogió el faro de Biarritz, situado en un promontorio rocoso, en la punta de Saint-Martin, que domina la ciudad. El faro, en servicio desde 1834, tiene una altura de 47 metros. Su haz luminoso puede verse a una distancia de 48 kilómetros. Algunos han visto la elección del faro como simbolismo sobre la necesidad de que los mandatarios encuentren la luz ante las múltiples crisis mundiales que acechan. La cena de hoy sábado, con los cónyuges y otros invitados –entre ellos Pedro Sánchez– tendrá lugar en el Hôtel du Palais, el albergue de lujo donde se alojan, un edificio muy suntuoso, en el que acaban de hacerse unas obras de rehabilitación. El edificio fue levantado en la época de Napoleón III para su esposa, Eugenia de Montijo. Se rumoreó que Donald Trump no quería pernoctar allí y prefería hacerlo en un portaaviones, pero resultó ser falso. El presidente estadounidense durmió en una de las suites más bellas, en el ala sur, con vistas a la playa, estos días totalmente vacía de bañistas y surfistas, una imagen inédita, forzada por la extrema seguridad.

La Vanguardia (España)

 



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