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06/01/2020 | Opinión - Las claves del éxito de la fórmula de Putin

Pilar Bonet

El régimen diseñado en torno al presidente ruso, Vladímir Putin, está pensado para sobrevivir al líder. El Kremlin construye y actualiza una narrativa épica al margen de la realidad económica y social. “El putinismo es un fenómeno con códigos del mundo delictivo”, afirma Eggert, periodista. Gánnushkina, de la ONG Ayuda Cívica: “Las autoridades crean una atmósfera de miedo”. Las funciones militares y policiales “son las más decisivas” del Estado ruso, según uno de sus ideólogos. El régimen “durará lo que duren las materias primas; su mayor enemigo es Greta Thunberg”, dice un filósofo.

El modelo es un “método eficaz no solo para los próximos años, sino para décadas, y seguramente para todo el siglo”, según su ideólogo, Vladislav Surkov.

 

Veinte años lleva en el poder Vladímir Putin y esa larga permanencia permite hablar de putinismo para designar un sistema presidencialista, cuya práctica entronca con la autocracia. El término surgió en la oposición y su uso coloquial, al modo de gaullismo, thatcherismo o estalinismo, ha sido elevado a nueva categoría por Vladislav Surkov. Este asesor presidencial conocido por sus alambicados artículos filosófico-políticos decidió dar relieve al concepto con una narrativa idealizada al margen de las realidades actuales, más prosaicas. Según Surkov, se trata de una “ideología del futuro”, de un sistema político fabricado en Rusia y apto para la exportación, pues en el mundo existe una demanda del putinismo en su conjunto y de sus componentes por separado. En la filosofía de sus seguidores, Putin es el fundador de la Rusia actual tras el periodo de bandazos desorientados de Borís Yeltsin.

Desde que tienen uso de razón, los casi 31 millones de rusos menores de 25 años contabilizados el pasado enero (entre 146,8 millones de habitantes) no han conocido a otro líder distinto de Putin, si se acepta que era él quien dirigía el Estado como primer ministro mientras Dmitri Medvédev lo sustituyó como presidente (2008-2012).

presidente (2008-2012).

Vladímir Putin (67 años) llegó a la presidencia el 31 de diciembre de 1999. De no cambiar la Constitución, su actual mandato concluye en 2024 y será el último. Por eso, sus allegados buscan el modo de cruzar el puente generacional y prolongar la vida de este sistema que ha encontrado su misión en recuperar para Rusia el rango de superpotencia que tuvo la URSS y restablecer en lo posible el control sobre los territorios que formaron aquel imperio. Putin ha insistido en que considera a los rusos, los ucranios y los bielorrusos como un solo pueblo y, para desmayo de sus vecinos, en Crimea y el este de Ucrania, dejó ya de percibir las fronteras internacionales que dividen a ese pueblo del que se ha erigido en defensor.

La élite rusa entiende la misión restauradora a su manera, pues, a diferencia de la élite de la URSS, carece de una ideología social afirmativa de carácter global, rezuma orgullo nacional herido, no admite las propias responsabilidades y se ha sentido humillada por Occidente en los noventa.

Formalmente, Rusia es una democracia con separación de poderes. En realidad, constituye “un régimen político autoritario, con un capitalismo de Estado del que se benefician una élite política que reúne propiedad y poder”, según Andréi Kalésnikov, analista del centro Carnegie de Moscú.

“El putinismo no es una ideología, sino un fenómeno marcado por el resentimiento, el predominio del Estado sobre la persona y por códigos de comportamiento del mundo delictivo”, afirma el veterano periodista Konstantín Eggert. Para Svetlana Gánnushkina, directora de la organización humanitaria Ayuda Cívica, el sistema se caracteriza por la inmoralidad, la falta de principios y de coherencia, así como por la subordinación total al criterio de conveniencia en provecho de quienes administran el Estado.

“Las autoridades crean una atmósfera de miedo porque les parece que eso las defiende de las protestas y ese miedo que tratan de infundir es consecuencia del miedo que ellas mismas sienten ante la sociedad, frente a la que toman medidas preventivas para mantener el statu quo”, sentencia Gán-nushkina.

En la gestión del Estado, Putin proyecta, tal vez de forma hipertrofiada, su experiencia vital, como agente de los servicios de seguridad y también como ducho maestro en artes marciales orientales. El presidente es desconfiado, está siempre en guardia frente a lo que no controla, aprovecha los errores de los demás y no admite los propios. Su capacidad de desafío al interlocutor se refleja sobre todo en su capacidad para mezclar mentiras, verdades y sobreentendidos, procurando siempre no quedarse acorralado.

Rusia es hoy un Estado de instituciones débiles, con una estructura piramidal y patriarcal en cuyo vértice está el jefe y donde una súplica personal (a integrantes de la llamada “vertical del poder”) suele ser más efectiva que una exigencia legal (canalizada en las instituciones formalmente pertinentes). Las leyes promulgadas por el Parlamento contienen conceptos elásticos que pueden ser interpretados a discreción en contra de quienes protestan o se oponen al régimen. Se utilizan, pero sobre todo se pueden utilizar, para castigar, disuadir, impedir el acceso a elecciones, para acusar de extremismo o para convertir infracciones administrativas reiteradas en delitos penales. Este es un sistema donde los jueces se negaron a examinar pruebas concluyentes de inocencia en los procesos a quienes protestaron el pasado verano contra las irregularidades en las elecciones al Parlamento de Moscú. Por aquellas protestas han sido condenadas un total de 33 personas, entre ellas 15 a penas de cárcel.

En el sistema presidido por Putin, los cuerpos militares, policiales y de seguridad tienen un lugar privilegiado. Una y otra vez la idea de seguridad, acuñada en las tradiciones históricas de “fortaleza acosada”, se impone a las necesidades de apertura o de inmigración de la economía. En Rusia, en el dilema entre la seguridad y el desarrollo económico vence normalmente la seguridad y, por lo tanto, el país está mejor preparado para la guerra y para situaciones extremas que otros europeos, afirma Eduard Ponarin, director del laboratorio de Investigación Social Comparada de la Escuela Superior de Economía.

Los antiguos colegas de los cuerpos de seguridad y los compañeros de artes marciales de Putin han hecho carrera y sus hijos se sitúan en posiciones de responsabilidad al frente del Estado y la economía. Al gran empresariado de la época de Borís Yeltsin, Putin le planteó la disyuntiva de obedecer o esfumarse. Quienes no se sometieron, tuvieron que exiliarse o fueron encarcelados. Los oligarcas que se quedaron saben que la prosperidad de su negocio en Rusia pasa por apoyar con la chequera los proyectos, benéficos, políticos e incluso familiares, que el Kremlin les adjudica sin concurso y sin recibo.

Putin no es un personaje simple y ejerce (aunque no siempre) como regulador entre los diversos grupos que promueven sus intereses a su alrededor, según me decía en 2011 el general Víctor Cherkésov, que fue vicejefe del Servicio Federal de Seguridad bajo el mandato de Putin y también representante del presidente en el distrito del Noroeste de Rusia.

Opinaba Cherkésov que Putin veía los órganos de seguridad como estructuras fundamentales y no quería debilitarlas. Desmantelar este sistema feudal e ineficaz, explicaba, resulta muy peligroso, pues habría que cambiar sus elementos como si de un reactor atómico se tratara, sustituyendo paulatinamente los que no funcionan, procurando que no hagan explosión, y sin tocar el núcleo.

El oficial advertía contra la transformación de la élite en casta dispuesta a utilizar con fines personales el monopolio de la fuerza y la represión. “Cuando los funcionarios corrientes tienen coches de lujo y los generales poseen paquetes de acciones de las grandes compañías controladas por sus hijos, ¿acaso podemos confiar en su objetividad? Eso ya es una casta”, exclamaba.

El putinismo no es estalinismo, aunque algunos experimenten cierta aprensión. Comentando sus sentimientos al visitar el polígono de Bútovo, donde eran ejecutadas las víctimas de la represión estalinista en Moscú, el filósofo Maxim Goryunov contaba que hace unos años asociaba el lema “nunca jamás” a aquel entorno siniestro, pero ahora, cuando va, piensa en “lo que podría pasar”. “Los rusos en general no entienden que todo el país está construido sobre la violencia. Así que la principal tarea de Putin es contener la modernización, dejar todo como está”, dice. La modernización, añade, amenaza este espacio basado en una lógica colonial, que transfiere a Moscú las riquezas del país. “Las repúblicas que forman Rusia se irían si se les diera más competencias”, opina.

Uno de los debates abiertos es si Putin es un fundador o un continuador del sistema que dirige o combina ambos papeles en un modelo híbrido. Goryunov cree que este sistema existía antes de Putin y continuará después de él, y cualquiera que llegue al poder en Rusia tendrá que mantenerse en estas coordenadas si quiere conservar el Estado y no desea que le pase como a Gorbachov con la Unión Soviética. “El putinismo durará lo que duren las materias primas. Su principal enemigo es Greta Thunberg”, bromeaba.

En un artículo publicado en febrero, Surkov parecía dar la razón a quienes piensan que el Estado ruso en sus límites geográficos actuales es incompatible con una transformación democrática liberalizadora. El funcionario reconocía que las funciones militares y policiales son “las más importantes y decisivas” del Estado “debido a la alta tensión interna” relacionada con el control de grandes espacios diversos y la lucha geopolítica.

Excepto tal vez en la industria de armamento, Rusia no se ha configurado como una economía moderna capaz de aprovechar las ventajas de la integración global. Cuenta el economista Alexéi Portianski que, de la incorporación de Rusia a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2011, se esperaba un alto crecimiento económico. Pero este crecimiento no se ha producido porque Rusia no ha realizado una transformación estructural de su economía, dependiente hoy como ayer de los hidrocarburos y las materias primas.

En 2005, siendo vicejefe de la Administración de Vladímir Putin, Surkov formuló la teoría de la “democracia soberana” cuyo fin, según explicaba entonces, era asegurar el bienestar material, la libertad y la justicia de todos los ciudadanos, grupos sociales y pueblos que forman Rusia. En 2019, cinco años después de la anexión de Crimea, el funcionario parecía haber perdido el interés por la misma existencia de la democracia. En cambio, parecía más cautivado por el putinismo como ideología del futuro. Rusia es un Estado que actuará “a su manera” en la “primera liga de la lucha geopolítica”, y los que exigen que Rusia cambie de comportamiento deberán reconciliarse con ello, sentenciaba.

Los atributos e instituciones de corte occidental que formalmente configuran el sistema ruso se han creado para que las diferencias de su cultura política “no resulten tan llamativas para nuestros vecinos, no les irriten y no les asusten”, decía Surkov. El ideólogo comparaba esas instituciones de importación con la ropa de salir que cada uno se pone para ir a visitar a otro, pero “en casa se viste de otra manera”.

Surkov opina que la desintegración del país se ha frenado en firme, aunque con retraso. Rusia se derrumbó desde el nivel de la Unión Soviética al de la Federación Rusa, pero ha vuelto a su “estado natural y único posible” de gran comunidad de pueblos que se amplía y reúne tierras. Este país nuevo y poco estudiado ha superado las “pruebas de resistencia”. Eso supone, según el ideólogo, que el modelo dirigido por Putin es un “método eficaz para la supervivencia y renacimiento de la nación rusa no solo para los próximos años, sino para décadas, y seguramente para todo el siglo”.

Como en otros tiempos Iván III, Pedro I y Vladímir Lenin, Putin imprime su marca a Rusia hoy y su maquinaria política se acelera y se orienta hacia una tarea de larga duración. Rusia seguirá siendo el Estado de Putin dentro de muchos años, porque aún falta mucho para que funcione a pleno rendimiento, vaticinaba Surkov.

Según esta doctrina, el principal mérito de Putin es su capacidad de escuchar y comprender al pueblo en toda su profundidad y de actuar en consecuencia, y el modelo moderno del Estado ruso se basa en la confianza, a diferencia del modelo occidental, que cultiva la desconfianza y la crítica. La conexión directa entre Putin y la ciudadanía se ha convertido en un ritual. Una vez al año, Putin protagoniza una gigantesca rueda de prensa y una “línea directa” con la población. En ambos casos, se trata de espec-táculos de corte infantil inspirados en los cuentos donde el rey sale a la plaza a satisfacer los deseos particulares de los ciudadanos.

La conexión más intensa que se ha dado entre Putin y sus compatriotas ocurrió sin duda durante la anexión de Crimea, que fue vivida como un desquite, una venganza, un triunfo nacional por la mayoría de los ciudadanos. El efecto Crimea sin embargo se ha ido debilitando con el tiempo debido a las dificultades económicas y sociales que ha causado a los rusos. El personaje épico y cuasi religioso modelado por los ideólogos del Kremlin no resuelve los problemas concretos cotidianos de los rusos, que necesitan reformas en la sanidad, el sistema de salarios y pensiones y la educación. Putin, sin embargo, se sigue planteando caras e impopulares tareas exteriores en Oriente Próximo, en África y en el mundo entero. Ninguno de esos escenarios despierta las pasiones que provocó Crimea, cuya anexión fue “un acto sagrado” para los rusos, en opinión del historiador Vladímir Pastujov.

Para mantener su rumbo, Putin emplea una retórica intimidante, donde la verdad y mentira se funden en unas proporciones que sólo él conoce. En marzo de 2015, el líder ruso dijo haber estado preparado para usar el arma atómica un año antes, durante la anexión de Crimea. No era la primera vez que se jactaba de la potencia nuclear de Rusia y de sus nuevas y mortíferas armas. El mundo exterior no quiere poner a prueba sus palabras. En opinión del profesor Pastujov, Rusia no cambiará el “rumbo en contradirección” por el que la conduce su líder mientras este siga en el poder. Putin no quiere cambiar ese rumbo, no puede, porque ha convertido a Rusia en un rehén de su política.

El País (Es) (España)

 



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