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21/03/2007 | Calentamiento Global

Bjorn Lomborg

La semana pasada, la Unión Europea declaró que prácticamente había salvado el planeta. Al tiempo que el presidente de la Comisión, José Manuel Barroso, afirmaba que Europa encabezaría la lucha contra el cambio climático, la UE ha prometido reducir en 2020 las emisiones de CO2 20% por debajo de los niveles de 1990.

 

Naturalmente, como la UE ya ha prometido una reducción de 8%, el año que viene conforme al Protocolo de Kioto, esa nueva meta parece ligeramente menos ambiciosa. Además, como siguen existiendo los problemas fundamentales que afectan al paralizado Protocolo de Kioto, lo que la UE ha hecho esencialmente ha sido un acuerdo peor.

El cambio climático provocado por el hombre es real y constituye un problema grave. Sin embargo, la postura actual de reducir las emisiones ahora antes de que sea demasiado tarde no tiene en cuenta que el mundo carece de soluciones prácticas a corto plazo.

Esa parece ser la razón por la que nos centramos en planteamientos que nos hacen sentirnos bien, como el Protocolo de Kioto, cuyo problema fundamental ha sido siempre el de que es a un tiempo desmesuradamente ambicioso, medioambientalmente insignificante y excesivamente caro. Exigía reducciones tan importantes que sólo unos pocos países podían cumplirlo.

Algunos países, como Estados Unidos y Australia, decidieron excluirse de sus rigurosos requisitos; otros, como Canadá, Japón y muchos estados europeos, aceptan de boquilla sus requisitos, pero, esencialmente, no alcanzarán sus objetivos. Sin embargo, aun cuando todos hubieran participado y siguiesen ateniéndose a los compromisos cada vez más estrictos de Kioto, los efectos medioambientales habrían sido prácticamente nulos. Los efectos del tratado en la temperatura serían inapreciables a mediados de este siglo y sólo aplazarían el calentamiento cinco años en 2100. Aun así, el costo habría sido cualquier cosa menos trivial: unos 180 mil millones de dólares al año, aproximadamente.

Dada su pomposa retórica, sería comprensible creer que la UE ha dado ahora por su cuenta el mayor paso con vistas a la resolución del problema. Barroso llama "histórico" el acuerdo, Tony Blair alaba sus "innovadoras, audaces y ambiciosas metas", y la canciller alemana Angela Merkel se atrevió incluso a decir que esas promesas "pueden evitar lo que muy bien podría ser una calamidad para la humanidad".

Pero nadie considera oportuno revelar el inconfesable secretito del acuerdo: que no servirá prácticamente de nada y una vez más con un elevado costo. Según un modelo prestigioso y revisado y aprobado por expertos, el efecto de la reducción en 20% de las emisiones por parte de la UE aplazará el calentamiento sólo dos años en 2100, pese a lo cual el costo ascenderá a 90 mmd, aproximadamente, al año. Será costoso, porque Europa es una zona en la que resulta costoso reducir el CO2, y también insignificante, porque en el siglo XXI corresponderá a la UE sólo 6% de todas las emisiones. Así, pues, el nuevo tratado propiciará un uso aún menos eficiente de nuestros recursos que el antiguo Protocolo de Kioto.

Es importante aprender del pasado. Con frecuencia se nos han prometido reducciones espectaculares de las emisiones de CO2 en fechas muy avanzadas del futuro, pero sólo para que viéramos esfumarse las promesas cuando llegábamos a ellas. En 1992, occidente prometió en Río de Janeiro estabilizar las emisiones, pero las superó en 12%. En Kioto se nos prometió una reducción de 7% de las emisiones mundiales, pero probablemente sólo lograremos 0.4%. Quienes hicieron esas promesas fueron políticos que con toda probabilidad no seguirán en su cargo cuando llegue el momento de cumplirlas.

No vamos a poder resolver el calentamiento del planeta a lo largo de los próximos decenios, sino sólo a mediados o al final del siglo próximo. Debemos encontrar una estrategia viable a largo plazo que sea sagaz y equitativa y no exija un desmesurado sacrificio para la obtención de beneficios triviales. Por fortuna, dicha estrategia existe: investigación e innovación. Invertir en investigación e innovación en tecnonologías energéticas que no produzcan emisiones de carbono posibilitaría a las futuras generaciones hacer reducciones importantes y, sin embargo, económicamente viables y ventajosas. Un nuevo tratado sobre el calentamiento del planeta debería obligar a gastar 0.05% del PIB en investigación e innovación en el futuro. Sería mucho más barato y, sin embargo, mucho más beneficioso a largo plazo.

El nuevo acuerdo de la UE sobre el calentamiento del planeta puede ayudar a ganar elecciones a unos dirigentes que afrontan a votantes aterrados ante la perspectiva del cambio climático, pero no servirá prácticamente de nada, pese a su enorme costo, y -como en el caso de otras promesas pomposas de la UE- contará con una gran probabilidad de fracaso. Esperemos que el resto del mundo se mantenga sereno y proponga una solución mejor, más barata y más eficaz para el futuro.

Organizador del Consenso de Copenhague©Project Syndicate

El Universal (México)

 



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