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15/08/2013 | Egipto - Tras el golpe, la locura

Luz Gómez García

Los Hermanos Musulmanes no se iban a retirar voluntariamente del escenario, cuando se les ha arrebatado el Gobierno.

 

Quién contase con que los Hermanos Musulmanes se iban a retirar voluntariamente del escenario político, y hasta de la calle misma, cuando se les ha arrebatado la presidencia y el Gobierno de la nación, es que desconoce su capacidad de resistencia. No es el caso del Ejército y la clase política egipcios, que contaban con su aguante y han obrado consecuentemente, echando un órdago. La brutal represión era cuestión de tiempo, y el tiempo era el final de Ramadán. El caos no podía llegar en el mes sagrado pero era inevitable a su conclusión. Y ha ocurrido solo dos días después del fin de las festividades.

Creer que la democracia y la revolución son posibles en un Egipto con los hermanos acallados, es un absurdo ejercicio de posibilismo. Hemos tenido un ejemplo en las buenas intenciones de la mediación internacional. Lo efectivo habría sido condenar el golpe desde el principio y que la comunidad internacional exigiese la reposición de Morsi. El Ejército egipcio no es una fuerza política que se avenga a razones. Y ha pasado lo que tenía que pasar, la tragedia era inevitable.

Los militares, tras el golpe de Estado, se hallaban en un callejón sin salida. Ni podían dar marcha atrás ni tenían posibilidades de ofrecer un futuro democrático a Egipto. Y lo más sangrante es que se han visto aupados por las fuerzas a las que durante años han reprimido: los naseristas, los liberales, el centroizquierda y hasta la izquierda radical, que ahora se asoman al abismo.

Las matanzas, el estado de excepción, el toque de queda y el fin de las libertades parecen el escenario natural tras un golpe de Estado. El proceso del golpe clásico se ha consumado. Desde hace más de cuatro décadas, el pensamiento del Ejército siempre ha sido el mismo: nosotros o el caos. Cada día de presidencia de Morsi dejó claro que el problema no era Mubarak sino el Ejército mismo. Morsi miró para otro lado y lo pagó caro.

En las actuales circunstancias ¿Puede pensarse que la revolución continúa, como pretendía la masa de manifestantes que aclamó la intervención del Ejército? Por paradójico que parezca, son los Hermanos Musulmanes quienes han mantenido el espíritu de la revolución tras el golpe, con sus acampadas y su protesta pacífica. Ahora lo que el Ejército pretende es clausurar la calle, lugar de todo el proceso revolucionario. Pero ello no será posible sin más matanzas, los hermanos no van a esconderse. Su presente y su futuro pasan por la vía política, no la obra social y la piedad religiosa del pasado.

Egipto se adentra en el abismo. Es mucho lo que está en juego. Ha llegado el momento de una presión internacional efectiva y de que las fuerzas políticas que derrocaron a Morsi demuestren su talante democrático reconociendo la represión y exigiendo su fin. Hoy más que nunca está en sus manos el futuro del país. Porque al Ejército solo le queda reprimir y a los hermanos dejarse matar.

Luz Gómez García es profesora de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad Autónoma de Madrid.

El País (Es) (España)

 


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