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27/04/2008 | Un obispo con vocación militar

Jorge Marirrodriga

Ni religioso, y de ninguna manera obispo; ni político, y mucho menos presidente de la República. Lo que de verdad quería Fernando Lugo, de 56 años, cuando era joven era ser militar.

 

Poco podía imaginar aquel muchacho que cuando acabó la mili a finales de los años sesenta vio frustrado su sueño de continuar en la milicia -por no pertenecer al omnipresente Partido Colorado- que casi 40 años después los paraguayos le iban a elegir para presidir el país. Desde el día que tuvo que dejar el uniforme en el armario, Lugo recorrió varias etapas cada una de las cuales cinceló el pensamiento político del nuevo presidente paraguayo.

Desde muy pequeño, Lugo ya conocía el sabor agridulce de la política. En el lado bueno, como sobrino por parte de madre de Epifanio Mendez Fleitas -escritor, músico y líder histórico colorado- había vivido en su casa de San Solano, en el distrito paraguayo de San Pedro, sus discusiones, intercambio de ideas y ambiente de ideales. "Mi familia lo lleva en la sangre", ha señalado en repetidas ocasiones.

Pero en el reverso amargo también había sufrido lo que es estar en la oposición. Porque la dictadura de Alfredo Stroessner (1954-1989) no perdonaba a ninguna voz disidente, ni aunque fuera dentro de su propio partido. Sus padres fueron encarcelados al menos en una veintena de ocasiones y varios de sus hermanos fueron torturados y se exiliaron.

Pero cuando se es el menor de seis hermanos de una familia humilde no hay mucho tiempo para perderlo en lamentaciones. Con su revés vocacional militar a cuestas, Lugo no tardó en encaminar sus pasos en otra dirección y solicitó la admisión en el noviciado de los Misioneros del Verbo Divino, una comunidad religiosa caracterizada por su pluralidad cultural y étnica. En parte, un reflejo mismo de Paraguay, un país mestizo donde el 90% de la población además del castellano habla el guaraní, idioma que Lugo conoce perfectamente.

Ordenado sacerdote en 1977, su primer destino fue la provincia ecuatoriana andina de Bolívar, donde conoció a un hombre que le marcó profundamente. Se trata de Leónidas Proaño, conocido como el obispo de los pobres. Lugo siempre ha llamado a Proaño "mi maestro".

A las órdenes de Proaño trabajó con indígenas, comunidades cristianas de base y entró en contacto con la teología de la liberación, de la que no obstante ya consideraba equivocado que en la "opción por los pobres" se admitiera la incursión política de religiosos en activo. Un punto de vista que hizo aparecer a los ojos de la jerarquía católica a este sacerdote de pelo largo y barba descuidada, con un cierto aire a Che Guevara que se movía en moto y a caballo por los caminos de tierra como alguien a quien había que seguirle la pista.

En Ecuador, Lugo hizo de la igualdad de oportunidades uno de los ejes de su ideario. Él mismo daba clases en un colegio particular donde puso su empeño en que fueran admitidos niños de bajos recursos económicos.

Su personalidad no había pasado desapercibida en la curia local, pero en vez de colocarlo en la casilla de los sospechosos -bastante ocupada a principios de los ochenta-, el Vaticano consideró a Lugo un candidato interesante a puestos de mayor relevancia en la jerarquía. Es enviado a Roma en 1983, donde se especializa en la Universidad Gregoriana en Doctrina Social de la Iglesia. En el mundo desarrollado el sacerdote aprendió otra lección. Quedó impresionado por el poder de convocatoria y organización de los sindicatos italianos y descubrió que así "es posible hacer lo que la gente cree imposible", una máxima que figurará en cabeza de su ideario político.

Tras cuatro años en Italia, regresó a Paraguay e integró las comisiones más importantes de la jerarquía local. Y así en 1997 fue ordenado obispo de su San Pedro natal. Lugo puso entonces en marcha muchas de las cosas que había aprendido. Los pobres y los indígenas fueron su prioridad. Se convirtió en un líder natural de miles de personas para las que el poder político era incapaz de escuchar y mucho menos solucionar nada.

A estas alturas, sabía ya que era inevitable ignorar la llamada de la sangre política. En 2005, Lugo pidió a Juan Pablo II que le hiciera obispo emérito y comenzó a barruntar la caída del Partido Colorado.

Un año después, organizó el movimiento Resistencia Ciudadana y se lanzó a la arena política liderando una marcha de miles de personas contra el Gobierno. Y de ahí al domingo pasado, cuando Paraguay, aunque perdió un oficial y un obispo, ganó un presidente.

El País (Es) (España)

 


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